Hace cincuenta años, el cielo sobre la Gran Xia se resquebrajó.
De las grietas surgieron monstruos. Devoraron ciudades, bloquearon las comunicaciones y, en pocos meses, obligaron a la humanidad a refugiarse tras los muros de las últimas zonas fortificadas. Las armas convencionales apenas les hacían daño. Parecía que la guerra terminaría antes de que la humanidad comprendiera a qué se enfrentaba.
Pero entonces aparecieron los primeros despiertos.
Las mujeres adquirieron la capacidad de transformarse en máquinas de combate vivientes. Sus cuerpos se cubrían de blindaje, y en su interior se formaban reactores y módulos de armamento. Los hombres despertaban el poder psíquico de los comandantes. Este vinculaba la mente humana con una guerrera mecha, aceleraba sus reflejos y le permitía emplear una potencia que no habría podido soportar sola.
Así nació un nuevo orden.
Las guerreras mecha y los comandantes se clasificaban en rangos del F al SSS. Los más fuertes recibían vivienda, medicamentos y educación en la Ciudad Alta. Los débiles se quedaban abajo, bajo el esmog perpetuo de las fábricas. Oficialmente, aquello se llamaba selección natural. En la Ciudad Baja usaban otra palabra: condena.
El día de su despertar, Fang Yuan estaba de pie ante todo el instituto, con la vista fija en la letra gris que flotaba sobre el cristal de medición.
La ceremonia se retransmitía en una pantalla gigante instalada en el patio. A los padres de la Ciudad Baja no les permitieron entrar: los guardias alegaron que faltaba espacio, aunque la mitad de la fila de honor seguía vacía, reservada para los invitados de arriba. La madre de Chi Yuan esperaba detrás de la verja con una bolsa de papel llena de empanadillas. Las había preparado para ambas familias, convencida de que aquel día comenzaría una vida nueva.
Cada despertar de rango elevado se recibía con música. Sobre el escenario aparecían ofertas de corporaciones, becas y opciones de alojamiento. Tras un rango D sonaban unos breves aplausos. Tras un E, la pantalla se limitaba a pasar al siguiente alumno.
Fang Yuan veía cómo tasaban a los jóvenes en cuestión de segundos. Un chico obtuvo un A, y un representante de la Ciudad Alta se lo llevó de inmediato, apartándolo de sus padres para que firmara un contrato. Una chica con un E bajó sola del escenario: los profesores ya preparaban el equipo para la siguiente prueba.
Cuando pronunciaron el nombre de Fang Yuan, hasta el director se puso en pie. El mejor alumno de la Ciudad Baja debía convertirse en la prueba de que el sistema era justo.
Por eso la letra gris los asustó más que un fracaso corriente.
F.
La sala quedó tan silenciosa que pudo oír el zumbido de la vieja ventilación.
El profesor fue el primero en apartar la mirada. Aquella misma mañana había dicho que el mejor alumno del instituto obtendría sin duda una plaza en la Primera Academia. Ahora no tenía delante a un futuro héroe, sino a un comandante inútil en quien el Estado no gastaría ni una solución nutritiva básica.
Alguien soltó una risita en las últimas filas.
«Ahí tenéis al mejor alumno».
«Tantos años dándoselas de genio y ha despertado un rango F».
«Con ese talento, como mucho podrá contar cargadores en el frente».
Fang Yuan no se volvió. En sus dieciocho años de vida se había acostumbrado a los inviernos de hambre, al agua racionada y a que examinaran dos veces a los niños de la Ciudad Baja antes de dar por válido su resultado. Pero aun así sintió un vacío por dentro.
Le había prometido a su madre que llegaría arriba.
Antes de morir, ella le tenía cogida la mano y le decía que la pobreza no era ninguna vergüenza. La vergüenza era permitir que otros decidieran quién podías llegar a ser. Fang Yuan recordaba aquellas palabras mejor que su rostro. Ahora resultaba que una promesa no bastaba. El sistema ya lo había marcado.
Hasta su despertar, había creído que podía vencer al sistema a base de esfuerzo. Se levantaba antes del amanecer, corría junto a los canales de depuración y después trabajaba en el taller del instituto hasta que comenzaban las clases. Reparaba los módulos de entrenamiento de otros a cambio del derecho a usar el simulador educativo. Mientras los jóvenes de la Ciudad Alta compraban potenciadores de memoria, él copiaba a mano manuales viejos porque la pantalla del terminal de casa estaba rajada.
Siempre era el primero en terminar los exámenes.
Todos los instructores repetían lo mismo: el talento no entendía de orígenes. Si Fang Yuan demostraba ser lo bastante bueno, la Gran Xia le abriría las puertas.
Ahora una sola letra acababa de cerrar aquella puerta de golpe.
Recordó a un alumno de la promoción anterior. Había despertado un rango E, pero pertenecía a la familia de un funcionario. El instituto le consiguió un estabilizador poco común, revisó el resultado y elevó su calificación a C. La madre de Fang Yuan había muerto porque la clínica de la Ciudad Baja no recibió una partida de ese mismo medicamento.
Así que no faltaban recursos. Tan solo los distribuían de forma que nadie de arriba notase la escasez.
«No te quedes en medio», soltó un empleado del instituto. «El siguiente».
Fang Yuan bajó de la plataforma. En el cristal contiguo apareció una D, y la familia del alumno rompió a llorar de alegría. Un rango D significaba una beca modesta, una residencia y la posibilidad de llegar a viejo. Un F no concedía ni siquiera eso.
Aun así, Fang Yuan se obligó a felicitar al chaval. Se negaba a convertirse en alguien que odiase a otros pobres por haber tenido un golpe de suerte.
Liu Ruyan se detuvo a su lado. Apenas una semana antes lo había llamado la persona más fiable del instituto y le había asegurado que afrontarían juntos cualquier rango. Sobre su muñeca brillaba una B. Era suficiente para recibir una invitación de la corporación Han.
«Fang Yuan, será mejor que lo dejemos», dijo ella, procurando no mirarlo a los ojos. «Ahora pertenecemos a mundos distintos».
«¿A mundos distintos?»
«No me obligues a repetirlo. No puedo vincular mi futuro al de un comandante de rango F».
Han Qinting, heredero de una de las familias de la Ciudad Alta, se acercó enseguida a ella. Su uniforme no tenía ni una sola mancha, como si el esmog y el polvo se apartaran ante el emblema familiar.
«Ruyan ha sido bastante clara», observó. «Una persona inteligente debería saber cuál es su lugar».
Fang Yuan miró sus manos entrelazadas y, de pronto, en vez de dolor sintió alivio.
«Gracias», dijo.
Liu Ruyan se quedó desconcertada.
«¿Por qué?»
«Por no seguir fingiendo».
Abandonó el recinto entre las risas de los alumnos. El director lo alcanzó junto a la salida y le comunicó con frialdad que debía dejar libre su plaza en la residencia antes de que anocheciera. Por ley, un alumno con talento de rango F no tenía derecho a los recursos del instituto. Si Fang Yuan no encontraba un comandante mentor antes de que terminara la semana, lo destinarían a trabajos obligatorios.
Los trabajos en la Ciudad Baja rara vez duraban más de tres años. Después, los pulmones cedían por el polvo metálico.
Fang Yuan salió al patio, donde una lluvia fría golpeaba el hormigón. Cerró los puños y, por primera vez en muchos años, admitió que no temía a la muerte, sino a una vida sin sentido.
En ese instante, unas líneas doradas destellaron ante sus ojos.
«Detectada una voluntad incompatible con el destino asignado».
«Comprobación del núcleo psíquico completada».
«Legado SSS: Dios Eterno de la Guerra».
Fang Yuan parpadeó. Los mensajes no desaparecieron.
El sistema le informó de que la letra F no valoraba su fuerza, sino que indicaba la presencia de un canal sellado. Su núcleo quedaba fuera de la escala del cristal del instituto. Un comandante corriente solo podía celebrar un contrato permanente. El Dios Eterno de la Guerra no sufría esa limitación. Podía detectar los linajes ocultos de las guerreras mecha, restaurar núcleos dañados y crear la Legión Eterna.
«Habilidad inicial: Visión Verdadera».
«Tarea inicial: demuestre su derecho a mandar».
Al mismo tiempo, las luces se apagaron en el Cuartel General Militar de la Gran Xia. En la pared del despacho del comandante Huangfu cobró vida un antiguo emblema que llevaba casi cien años inerte.
El dragón, rodeado por un anillo dorado, abrió los ojos.
«El legado ha elegido dueño», susurró el viejo comandante.
Los oficiales creyeron haber oído mal.
Huangfu ya estaba dando órdenes: revisar los archivos de todos los que habían despertado aquel día, localizar a la persona con un resultado anómalo y activar el plan «Protección del Dragón». Fuera del despacho, nadie debía enterarse de que en la Gran Xia había aparecido un comandante con el título supremo.
Mientras tanto, en el instituto había comenzado la prueba abierta de las guerreras mecha. Nalan Qingxin, heredera del mayor conglomerado industrial, exhibía su «Zorro de Nueve Colas». Nueve colas de energía cortaban el aire y dejaban estelas blancas. Los drones de entrenamiento ni siquiera tenían tiempo de apuntar.
El director vio que Fang Yuan había regresado y frunció el ceño.
«Deberías estar recogiendo tus cosas».
«Primero haré la prueba práctica».
«¿Con quién? Ninguna guerrera mecha celebrará un contrato con un comandante de rango F».
Fang Yuan dirigió la mirada hacia Nalan Qingxin. Visión Verdadera le mostró su rango, los módulos ocultos y un punto débil en la protección de la cabina. El «Zorro de Nueve Colas» poseía una gran velocidad y señuelos ilusorios. Sus únicos lastres eran el exceso de confianza de su dueña y una sincronización profunda inestable.
Nalan Qingxin notó su mirada.
«¿Qué miras?»
«Quiero hacer la prueba con tu forma mecha».
Esta vez, las risas resonaron con más fuerza.
«Ni siquiera eres capaz de celebrar un contrato», dijo ella. «¿O el rango F te ha estropeado la cabeza?»
«¿Tienes miedo?»
Eso bastó.
Nalan Qingxin saltó de la plataforma y se detuvo pegada a él.
«Muy bien. Si consigues conectarte a mi cabina, admitiré mi derrota y cumpliré una exigencia tuya. Si no, te arrodillarás y dirás en voz alta que los habitantes de la Ciudad Baja nacieron para servirnos».
«No».
«¿Ya te has echado atrás?»
«El perdedor reconocerá al vencedor como amo de la prueba. Sin humillar a toda la Ciudad Baja. Cada cual responde por sus propias palabras».
Nalan Qingxin sonrió con suficiencia y le tendió la mano.
«Trato hecho».
Su forma mecha se cerró alrededor de Fang Yuan. El circuito de protección de la cabina intentó expulsar de inmediato aquel poder psíquico ajeno. Para cualquier novato corriente, la prueba habría terminado ahí. Pero la corriente dorada atravesó la barrera como si estuviera hecha de niebla.
Fang Yuan vio el mundo a través de sus ojos.
Sintió las nueve colas como prolongaciones de sus propios brazos. Oyó cómo se alteraba la respiración de Nalan Qingxin.
«Es imposible», susurró ella. «No estás registrado en mi núcleo».
«Entonces tu núcleo puede hacer más de lo que te han contado».
Elevó la potencia un solo nivel.
El «Zorro de Nueve Colas» desapareció del lugar y reapareció a la espalda del último dron de entrenamiento. Los nueve objetivos fueron alcanzados con un único movimiento circular. Una luz blanca inundó el campo de pruebas.
Nalan Qingxin intentó recuperar el control, pero su orden se disolvió en el campo psíquico de Fang Yuan. Él no le hacía daño. Solo le mostraba la diferencia entre la fuerza que ella consideraba su límite y aquello de lo que su forma mecha era capaz en realidad.
Treinta segundos después, cortó el enlace.
Nalan Qingxin se desplomó sobre una rodilla. No por una orden. Las piernas dejaron de sostenerla tras la sobrecarga.
«Dilo», le recordó Fang Yuan.
Ella levantó la cabeza. La rabia y el desconcierto se reflejaban en sus ojos.
«Has ganado… amo de la prueba».
En la galería superior se encendieron las luces de emergencia. Los técnicos llamaron al equipo médico, y el director exigió que los resultados quedaran sellados de inmediato. En su opinión, el cristal del instituto no podía equivocarse. Por tanto, Fang Yuan debía de haber pirateado de algún modo el equipo de Nalan Qingxin.
«Repitan la medición», exigió Fang Yuan.
Lo llevaron de nuevo a la plataforma. El nuevo cristal mostró la misma F gris. El director ya estaba saboreando su victoria cuando el dispositivo se cubrió de grietas y se apagó.
Al tercer cristal le ocurrió lo mismo.
«Basta», dijo Nalan Qingxin mientras se levantaba sin ayuda de los sanitarios. «No ha pirateado mi forma mecha».
«Señorita Nalan, la sobrecarga podría haber afectado a sus recuerdos».
«Recuerdo perfectamente cada segundo. Entró por el circuito psíquico y controló el “Zorro de Nueve Colas” mejor que yo. Si sus aparatos son incapaces de medirlo, el problema está en los aparatos».
Admitirlo le resultaba más difícil que perder. Los alumnos de la Ciudad Alta aún podían acusar a Fang Yuan de ser un impostor, pero no se atrevían a llevarle la contraria a la heredera del conglomerado.
Han Qinting se acercó a la plataforma destrozada.
«Un truco afortunado no cambia nada. Sin un contrato permanente, no eres nadie».
Fang Yuan activó Visión Verdadera. Sobre Han Qinting aparecieron sus parámetros: comandante de rango C, núcleo reforzado con dos implantes prohibidos, compatibilidad con su propia guerrera mecha inferior al cuarenta por ciento.
«¿Quieres comprobarlo?»
Han Qinting retrocedió sin querer y solo después se recompuso.
«No lucho contra basura».
«Una norma muy práctica. Sobre todo cuando la basura te propone luchar delante de testigos».
Liu Ruyan agarró de la manga a su nuevo acompañante y se lo llevó. Antes de salir, volvió la mirada hacia Fang Yuan. Por primera vez asomó una duda en sus ojos, pero él ya se había dado la vuelta.
El sistema mostró el informe de la primera victoria. Por revelar el potencial del «Zorro de Nueve Colas», Fang Yuan obtuvo una ampliación del campo psíquico y un módulo de reparación de emergencia. La siguiente línea lo hizo fruncir el ceño.
«Grado de sometimiento de Nalan Qingxin: doce por ciento».
«Borra ese indicador».
«Orden no reconocida».
«Ella no es un trofeo».
«Se recomienda incorporar al miembro compatible a la legión».
Fang Yuan cerró la interfaz con un esfuerzo de voluntad. Por antiguo y poderoso que fuera aquel legado, eso no lo hacía infalible.
Más adelante, Fang Yuan recordaría muchas veces aquella primera discusión con el sistema. Ya entonces, entre cristales rotos y gritos entusiasmados, comprendió el precio que podía exigir el poder absoluto.
Las risas desaparecieron del recinto.
El director ya había recibido una llamada reservada del Cuartel General Militar. Un minuto después, su expresión cambió. A Fang Yuan le devolvieron la plaza en la residencia, el acceso a los exámenes y una ración completa para un mes. Nadie explicó por qué una ley que parecía inamovible había dejado de aplicarse de repente.
Diez minutos más tarde, el comandante Huangfu entró en el patio.
No organizó ninguna ceremonia. Examinó las dianas partidas, detuvo la mirada en Fang Yuan y le propuso dar un paseo.
«El ejército está dispuesto a proporcionarte una guerrera mecha de rango S, un grado de oficial y una vivienda en la Ciudad Alta», dijo sin preámbulos. «A cambio, quedarás bajo mi mando».
«¿Por qué tanta generosidad con un rango F?»
«Los dos sabemos que el cristal se equivocó».
Fang Yuan no respondió.
«El país está en guerra», continuó Huangfu. «La gente necesita un símbolo».
«La Ciudad Baja no necesita otro símbolo que viva arriba. Necesita medicamentos, agua limpia y derecho a estudiar».
«Para eso hace falta poder».
«Por eso no voy a entregarle el mío».
Huangfu lo observó durante largo rato y, de pronto, se echó a reír.
«Bien. Rechaza la oferta. Pero recuerda que el poder sin aliados convierte a una persona en un blanco fácil».
Antes de marcharse, el comandante le tendió una fina tarjeta metálica.
«No es una orden ni un soborno. Contiene las coordenadas de un archivo militar reservado. Si quieres saber por qué llaman título a tu legado, ven solo».
«¿Y si no quiero?»
«Entonces, al menos, no muestres todo tu poder ante gente en la que no confías».
Fang Yuan hizo girar la tarjeta entre los dedos.
«Usted tampoco lo ha visto todo. Ni de lejos».
La sonrisa de Huangfu se ensanchó.
«Buena respuesta».
Aquella noche, Fang Yuan acabó yendo al archivo. No por los militares. No podía dejar de pensar en el nombre del legado que había aparecido ante sus ojos. El archivo se encontraba bajo el antiguo monumento a los defensores de la Gran Xia. El terminal reconoció la tarjeta metálica y abrió un único registro desclasificado.
En la grabación, decenas de guerreras mecha rodeaban a un comandante desconocido. Unos hilos dorados las conectaban. Ninguna llevaba un emblema familiar, pero en todas las armaduras se distinguía la insignia de un dragón dentro de un anillo.
«Última formación de la Legión Eterna. Duodécimo año después de la Grieta», indicaba el rótulo.
El archivo siguiente había sido borrado. En el registro de acceso solo quedaba una advertencia: proyecto clausurado por orden del Consejo de Fundadores; toda la información sobre sincronización múltiple ha sido declarada una amenaza para el orden estatal.
Fang Yuan leyó dos veces la frase.
No una amenaza para la seguridad. Para el orden.
Extrajo la tarjeta y oyó la voz del sistema.
«El archivo contiene información incompleta. Amplíe la legión para restaurar el legado».
«¿Quién borró el resto?»
No hubo respuesta.
«¿Y por qué llamas miembros de la legión a personas que aún no han dado su consentimiento?»
El sistema volvió a guardar silencio.
Aquel silencio inquietó a Fang Yuan más que cualquier advertencia.
Al día siguiente, Fang Yuan descubrió a quién consideraba el sistema su primera aliada.
Chi Yuan esperaba ante las puertas del instituto con una caja de cartón en las manos. Dentro había dos mudas, un libro de texto y una fotografía de su madre. En el despertar también le habían asignado un rango F. El director ya había firmado su expulsión.
Chi Yuan sonrió al ver a Fang Yuan, pero tenía los ojos enrojecidos.
«No pasa nada. Encontraré trabajo».
«¿En la planta de reciclaje?»
«Allí contratan sin importar el rango».
«Y dentro de dos años no podrás respirar».
«Pero mamá recibirá mis prestaciones».
Su madre había compartido comida con Fang Yuan en otros tiempos, aunque en su propia casa tampoco tuvieran nada que comer. Solo por eso, él jamás habría abandonado a Chi Yuan en un momento así. Pero Visión Verdadera le mostró mucho más.
Bajo la envoltura gris del núcleo de Chi Yuan dormía un dragón dorado. Nueve sellos encadenaban su cuerpo y, a su lado, centelleaba la marca SSS.
«Detectado el linaje del Emperador de los Dragones».
«Se recomienda celebrar un contrato de inmediato».
Fang Yuan le quitó la caja y la dejó en el suelo.
«No vas a ninguna parte».
«Pero la orden ya…»
«Celebra un contrato conmigo».
Chi Yuan se quedó inmóvil.
«Te ofrecen a las mejores guerreras mecha del país. ¿Para qué quieres un rango F?»
«Porque te veo a ti. No la letra que flota sobre tu cabeza».
Ella no regateó ni puso condiciones. Cuando sus palmas se tocaron, el primer sello se quebró.
El patio tembló.
A la espalda de Chi Yuan se desplegaron unas alas acorazadas. Unas placas blancas y doradas le cubrieron los brazos y los hombros, mientras la energía oscura se arremolinaba en torno a sus piernas. Sobre el instituto apareció un dragón espectral tan enorme que pudieron verlo incluso desde la Ciudad Alta.
El sistema llamó «Abismo del Dragón» a la forma mecha.
Fang Yuan nombró a Chi Yuan primera combatiente de la Legión Eterna.
Aquella misma tarde salieron a un campo de entrenamiento restringido. Chi Yuan temía cada movimiento, como si aquel nuevo poder pudiera desaparecer si confiaba demasiado en él. Fang Yuan no le metió prisa. Primero le enseñó a sentir el peso del blindaje; después liberó el uno por ciento de su corriente psíquica.
La silueta del dragón cruzó el campo en un latido.
Chi Yuan se detuvo ante el muro y vio una decena de dianas destruidas a su espalda.
«¿Lo he hecho yo?»
«Nosotros».
«Entonces ¿ya no soy inútil?»
«Nunca lo has sido».
El sistema desbloqueó la habilidad conjunta «Sombra Centelleante del Dragón». Su compatibilidad aumentaba más deprisa que en cualquier caso registrado por el ejército. Pero Fang Yuan también percibió el peligro: cuanto más poder vertía, más fácil resultaba olvidar dónde terminaba la orden y dónde empezaba la voluntad ajena.
Nalan Qingxin apareció en el extremo del campo. Traía datos confidenciales de su conglomerado sobre núcleos mecha poco comunes y propuso un intercambio: la información a cambio de participar en el entrenamiento.
«Quiero entender cómo sorteaste mis defensas», dijo.
«Y tu familia quiere saber si puede convertirme en tecnología».
Nalan Qingxin no lo negó.
«Es posible. Pero los datos son auténticos».
Fang Yuan aceptó. Él necesitaba conocimientos y ella, la oportunidad de descubrir sus propios límites.
La sincronización triple duró menos de un minuto. Chi Yuan resistió la corriente gracias al contrato. Nalan Qingxin aguantó doce segundos y luego exigió ella misma que se detuvieran. Cuando la cabina se abrió, respiraba con dificultad, pero por primera vez no había desprecio en sus ojos.
«Ahora lo entiendo», dijo. «No potencias a la guerrera mecha. Obligas al núcleo a recordar aquello en lo que debería haberse convertido».
«Pues recuerda otra cosa. No pienso obligar a nadie».
Nalan Qingxin se sentó en el borde de la plataforma y se miró las palmas. Tras el enlace, unas finas líneas doradas habían quedado grabadas en su piel. Se apagaban lentamente.
«En mi familia dicen que de la Ciudad Baja solo salen obreros y soldados baratos», dijo. «Nunca había comprobado si era verdad».
«Porque nunca lo has necesitado».
«¿Siempre respondes de una forma tan desagradable?»
«Solo cuando alguien hace una pregunta cuya respuesta conoce desde hace mucho».
Chi Yuan intervino antes de que volvieran a discutir. Abrió el archivo de Nalan Qingxin. Contenía los resultados de miles de despertares de los últimos diez años. Casi todos los habitantes de la Ciudad Baja tenían un código de recalibración, pero los informes oficiales no mencionaban nada al respecto.
«¿Qué significa esta marca?», preguntó Chi Yuan.
Nalan Qingxin palideció.
«Es un protocolo reservado. Si un núcleo muestra un crecimiento atípico, lo examinan con el equipo del conglomerado».
«¿Me examinaron a mí?»
Encontró el nombre de Chi Yuan. Junto a él constaba: «anomalía suprimida; no se requiere una nueva evaluación».
Bajo el registro figuraba el número de un laboratorio, pero el acceso estaba bloqueado.
Fang Yuan notó que Chi Yuan se ponía tensa.
«Entonces mi rango F no fue un error», dijo ella. «Vieron algo y lo ocultaron a propósito».
Nalan Qingxin cerró el archivo.
«No lo sabía».
«Te creo», respondió Fang Yuan. «Pero ahora sí».
Copió los datos. Un solo archivo no bastaba para formular una acusación. Pero ahora Fang Yuan sabía que las pruebas del instituto, los archivos militares y las antiguas familias estaban conectados de algún modo.
Continuaron el entrenamiento sin un enlace profundo. Fang Yuan hizo que Chi Yuan repitiera los movimientos básicos hasta que aprendió a ejecutarlos sola, sin sus indicaciones. Nalan Qingxin los observaba y acabó por no poder contenerse:
«Con tu poder podrías limitarte a tomar el control».
«Podría».
«Entonces ¿para qué perder el tiempo?»
«Porque algún día no estaré a su lado».
Chi Yuan falló el objetivo, regresó a la posición inicial y repitió el golpe. En el séptimo intento, la aguja acorazada acertó justo en el centro.
Fang Yuan sonrió.
Nalan Qingxin no dijo nada, pero en el siguiente ejercicio desactivó el sistema de puntería automática de su «Zorro».
Al amanecer llegó una invitación para el examen entre institutos. El vencedor obtendría una plaza en la Primera Academia, acceso a recursos militares y el derecho a entrar en el Campo de Batalla Estelar.
Vierlia, la célebre Emperatriz del Viento, fue nombrada examinadora principal. Recibía a los participantes en la entrada de la zona de monstruos y comprobaba personalmente su documentación. Cuando veía la marca de la Ciudad Baja, les aconsejaba que dieran media vuelta.
«Aquí mueren hasta los hijos de buenas familias», dijo. «Es mejor que no arriesguéis la vida por un sueño imposible».
«¿A eso lo llama preocuparse por nosotros?», preguntó Fang Yuan.
«Lo llamo experiencia».
«Entonces comprobemos cuánto vale su experiencia».
Ante todos los participantes, prometió batir el récord de monstruos destruidos que Vierlia había establecido tres años atrás. Si perdía, renunciaría a su plaza en la academia y nunca volvería a controlar a una guerrera mecha. Si vencía, Vierlia cumpliría cualquier exigencia suya.
Vierlia aceptó la apuesta.
Estaba convencida de que salvaba a un chaval presuntuoso de cometer un error todavía mayor.
El contador de Fang Yuan subía más deprisa de lo que los examinadores podían actualizar sus pronósticos.
Chi Yuan centelleaba entre los monstruos como un relámpago blanco. Tras cada embestida de la «Sombra Centelleante del Dragón», quedaban caparazones seccionados en el suelo. Su nivel aumentaba y el dragón dorado espectral se volvía cada vez más nítido. Por primera vez, Fang Yuan no vio ante sí a una sola combatiente, sino a un futuro ejército en el que ninguna chica de la Ciudad Baja sería descartada por culpa de una prueba falsificada.
Los primeros cien objetivos eran carroñeros cornudos. Atacaban en manada e intentaban rodear a la guerrera mecha para alcanzar las articulaciones del blindaje. Al principio, Chi Yuan retrocedía después de cada golpe. Fang Yuan percibía su miedo, pero no lo sofocaba con su poder psíquico.
«No los mires a todos a la vez», dijo. «Elige el primer objetivo».
Ella eligió al líder.
«Ahora el segundo».
Las cuchillas del dragón cortaron el caparazón.
«El tercero».
Un minuto después, no quedaba nada de la manada.
A continuación llegaron unas rayas voladoras que lanzaban redes eléctricas. La propia Chi Yuan propuso utilizar las paredes del cañón. Obligó a las rayas a perder altura, entró en la «Sombra Centelleante» y derrumbó sobre ellas una capa de roca. Fang Yuan se limitó a sostener el reactor durante la sobrecarga.
«Ciento setenta y ocho», anunció el sistema.
«El récord de Vierlia es de trescientos veinte», recordó Chi Yuan.
«Entonces aún no hemos terminado».
Los observadores de arriba habían dejado de reír. Algunos exigían que se revisaran los contadores; otros afirmaban que el comandante de rango F empleaba un potenciador prohibido. Vierlia se conectó personalmente a la telemetría. No había ni una sola infracción. Solo una distribución de energía de una precisión increíble y una guerrera mecha que ganaba confianza después de cada combate.
Cuando el contador llegó a trescientos, Chi Yuan alcanzó el décimo nivel. El segundo sello de su núcleo tembló, pero no se abrió. El sistema advirtió de que forzarlo sería peligroso.
«¿Puedes abrirlo?», preguntó Chi Yuan.
«Puedo intentarlo».
«Entonces ¿por qué no lo haces?»
«Porque tu núcleo no es una puerta con la que practicar. Esperaremos hasta que estés preparada».
Chi Yuan sonrió.
«De acuerdo, comandante».
Batieron el récord a los cuarenta y siete minutos. Fang Yuan podría haberse detenido, pero se dio cuenta de que los monstruos no corrían hacia ellos, sino que huían del límite norte del campo. El suelo vibraba de forma casi imperceptible bajo sus pies. Visión Verdadera detectó en el aire partículas de un supresor industrial que no debería encontrarse en un examen práctico.
«Atrás», ordenó.
Chi Yuan no discutió. Cambiaron de rumbo unos segundos antes de que el puesto de observación septentrional saltara por los aires.
Entonces se cortaron las comunicaciones.
Una cúpula roja de interferencias se alzó sobre el campo. En la pantalla aparecieron emblemas de escorpiones. Unas máquinas de combate sin distintivos rodearon a los participantes.
Los Escorpiones Rojos no habían venido por los resultados del examen. Su objetivo era Vierlia, que varios años atrás había destruido la red de laboratorios clandestinos de la organización.
Fang Yuan la encontró junto a una torre de observación destrozada. La armadura de la Emperatriz del Viento estaba perforada en tres puntos, y el módulo principal apenas funcionaba. Ella le ordenó marcharse y llevar a Chi Yuan hasta la ciudad.
«No hay comunicaciones», objetó él. «El perímetro exterior está bloqueado».
«Entonces escondeos mientras los contengo».
«En ese estado no podrá contener a nadie».
Alrededor de la torre yacían los restos de cuatro máquinas enemigas. Vierlia las había destruido sola, pero los atacantes conocían de antemano la frecuencia de su campo protector. Disparaban justo durante las fracciones de segundo en que el escudo se recargaba. Un quinto enemigo ya estaba tomando posiciones en la ladera.
Fang Yuan empujó a Chi Yuan detrás de un bloque de hormigón. Un rayo pasó por encima de sus cabezas y fundió el borde del muro.
«Lleva a los participantes a la trinchera sur», dijo. «No permitas que nadie encienda un transmisor. La cúpula de interferencias se guía por las señales».
«¿Y tú?»
«Iré a por la examinadora».
Chi Yuan quiso protestar. Entonces recordó el entrenamiento, asintió y corrió hacia los demás. Era la primera orden que debía cumplir sin él.
Vierlia disparó contra la máquina de la ladera y falló. La mira se desviaba debido a un estabilizador averiado.
«Cubriré la retirada», repitió. «Es mi responsabilidad».
«La responsabilidad no exige morir después del primer error».
«No sabes nada de la guerra».
«Pero veo un módulo de refrigeración perforado, un actuador atascado y a un francotirador que terminará de recargar dentro de ocho segundos».
Por primera vez, Vierlia no lo miró como a un niño.
Fang Yuan recogió del suelo un fragmento de blindaje reflectante y lo alzó por encima del refugio. El francotirador disparó. El destello reflejado delató su posición durante un instante. Vierlia apuntó el cañón de forma manual y destruyó la ladera junto con la máquina.
«Siete segundos», observó Fang Yuan.
«¿Qué?»
«Ha sido más rápido de lo que pensaba».
Otras dos señales se acercaban desde el este. Ya no quedaba tiempo para discutir.
Vierlia levantó el arma.
«No permitiré que un habitante de la Ciudad Baja entre en mi cabina».
Una nueva tarea apareció ante los ojos de Fang Yuan.
«Someta a la Emperatriz del Viento».
Hizo una mueca ante la palabra elegida por el sistema.
«No necesito someterla», dijo Fang Yuan. «Necesito que deje de impedirme salvarla».
Apoyó la palma sobre el blindaje dañado. Una luz dorada recorrió las grietas. Las placas deformadas se enderezaron, los conductos seccionados volvieron a unirse y el reactor vacío se llenó de energía.
Vierlia apenas alcanzó a decir:
«¿Qué has hecho?»
Fang Yuan ya estaba entrando en la cabina restaurada.
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