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EL HEREDERO DEL BORRADOR

Capítulo 22. Los nombres en el respaldo del trono

Cuando la superposición de los Borradores se deshizo, la sala se hizo más pequeña.

Aquello sorprendió a todos.

Cuando desaparecieron las hermosas versiones del mundo, los escalones ensangrentados, las estanterías del archivo empotradas en las paredes y el jardín de Ceniza bajo el techo, la sala del trono resultó ser una vieja estancia corriente, con una ventana alta, muros de piedra agrietados y un enorme asiento que la gente llevaba muchos años temiendo.

El Trono Vacío seguía en su sitio, pero ya no parecía hambriento.

En el respaldo estaba tallada la primera línea –irregular, demasiado profunda en algunos puntos y apenas visible en otros–. Shani Venn. No era una inscripción en el registro ni una prueba de derecho. Aquel nombre indicaba por quién comenzar la búsqueda.

El Consejo de Sangre guardaba silencio.

Los príncipes esperaban de Elián el gesto habitual. Debía sentarse, declarar auténtica una de las versiones de Astern y dar al Consejo una nueva ley que librara a todos de la necesidad de entender lo ocurrido.

Savern fue el primero en romper el silencio.

«El país no puede vivir con una puerta en lugar de un trono».

En su voz ya no quedaba el hierro de antes, pero, por costumbre, aún se comportaba como un gobernante.

Elián miró la puerta detrás del trono.

Era estrecha. La luz gris al otro lado no parecía la del paraíso. Podía haber un páramo. Podía haber personas a las que ya fuera demasiado tarde para traer de vuelta. Podía haber otro Borrador que solo fingiera ser una salida.

«El país ha vivido con un trono en lugar de conciencia –dijo–. Y no ha salido nada bueno de ello».

Vestra soltó un leve bufido.

«Es un mal discurso de coronación».

«No voy a coronarme».

Fue entonces cuando la sala se llenó de murmullos. No muy altos: a la nobleza no le gustaba mostrar miedo. Pero la inquietud recorrió las filas más deprisa que cualquier orden.

«Usted es el heredero», dijo uno de los príncipes.

«No –respondió Elián–. Solo he demostrado una cosa: que esta herencia era una trampa».

«¿Quién gobernará?»

El propio Savern quería formular esa pregunta, pero no llegó a tiempo.

Lissa dio un paso al frente.

Aún había muchas cosas que no recordaba. No recordaba cómo Elián, de pequeño, le enseñaba a esconder cartas. No recordaba cómo Maira cantaba junto a su hijo enfermo y llamaba a su hija su cabezota luminosa. No recordaba las muertes tras las que su hermano regresaba a su lado con la mirada de alguien mucho mayor.

Pero recordaba la habitación con el cuchillo sobre la mesa.

Recordaba a Shani, a quien se podía borrar en favor de un recuerdo conveniente.

Recordaba que Elián había dicho el precio en voz alta, aunque le habría resultado más fácil recuperar su confianza con una mentira.

«El Consejo no gobernará por derecho de sangre, sino ante testigos –dijo Lissa–. Toda ley que afecte a las casas borradas se debatirá con aquellos a quienes pueda privar de nombre, hogar o tierras».

Uno de los príncipes quiso objetar, pero Miran apoyó en el suelo la punta de la espada. No era una amenaza, sino un recordatorio: una persona que no constara en los registros también podía plantarse en la puerta y exigir una respuesta.

Tavel abrió el libro vacío. En la primera página apareció una línea fina que se prolongaba más allá del borde de la hoja. El camino aún no figuraba en ningún mapa: primero tendrían que recorrerlo.

Shani se acercó al trono.

Todos la miraban con incómodo asombro. Apenas un día antes, la nobleza podía pasar por alto por completo a aquella joven.

Recorrió con los dedos su nombre en el respaldo. Después dijo:

«No debemos empezar buscándome a mí. A mí ya me han nombrado».

Elián preguntó:

«¿A quién?»

Shani se volvió hacia Lissa y después hacia la luz de la puerta.

«A la mujer de la cocina que, en el primer Borrador, me metió pan en el bolsillo y desapareció cuando me convertí en testigo. No sé cómo se llamaba. Pero recuerdo el lunar que tenía junto al labio y la quemadura de la mano derecha».

Elián estuvo a punto de nombrar de inmediato a Maira, pero se detuvo. Él tenía el nombre, pero la puerta no se abría con inscripciones en el registro, sino con recuerdos vivos. Por eso no solo dijo el nombre de su madre, sino también lo que recordaba de ella:

«Maira. Solo el rey conocía su nombre. Cantaba junto a su hijo enfermo, a quien no se podía reconocer, y fue la primera en desaparecer tras una puerta que mi padre no supo cerrar».

El trono se estremeció.

En el respaldo, junto al nombre de Shani, apareció un espacio para otra inscripción.

Tavel murmuró, sobrecogido:

«No basta con una inscripción en el registro. Hace falta un recuerdo verdadero».

«Entonces empezaremos por los recuerdos –dijo Vestra–. Por fin el reconocimiento no podrá comprarse con una sola firma».

Orm estaba junto a la pared y ya comenzaba a volverse transparente. El Borrador de la Verdad no lo había traído de vuelta para siempre: solo le había permitido prestar declaración en el juicio.

Elián se acercó a él.

«No he podido traerte de vuelta».

Orm lo miró con serenidad.

«Traer de vuelta a alguien no siempre significa mantenerlo a tu lado. A veces basta con no permitir que ejecuten a una persona por una acusación falsa».

«Eras una persona, Orm».

El verdugo asintió.

«Ahora la fórmula está completa».

Orm desapareció sin destello ni ceniza. En el suelo quedó la huella de su bota, una sencilla prueba de que realmente había estado allí.

Savern se acercó a la puerta detrás del trono.

Elián esperaba que el regente intentara cerrarla, apostara guardias o nombrara una comisión que convirtiera el camino en otro territorio prohibido.

Pero Savern se limitó a posar una mano sobre la piedra agrietada.

«Si me quedo, tendré que oír cada día los nombres de aquellos a quienes utilicé como moneda de cambio», dijo.

«Sí».

«Eso es cruel».

«Eso es orden».

Savern esbozó una sonrisa cansada.

«Una mala venganza».

«No me estoy vengando».

«Precisamente por eso es mala».

Se apartó de la puerta.

Elián no lo perdonó: después de todo lo ocurrido, las palabras no bastaban para concederle el perdón. Pero no permitió que el trono borrara a Savern. Por el momento, eso bastaba para un mundo que apenas empezaba a aprender a no destruir a sus testigos.

Nim fue el último en desaparecer.

Nim estaba junto al asiento vacío. Por su rostro impecable ya se extendían grietas, como sobre un cristal helado. No había rencor en él. Tal vez incluso aquella versión de Elián quería que la reconocieran como auténtica.

«Podrías haberte convertido en mí», dijo Nim.

«Lo sé».

«Aún puedes».

Elián miró la corona que yacía en el suelo.

«Por eso no me sentaré».

Nim sonrió y, por primera vez, su sonrisa pareció humana.

«Entonces prepárate para un largo camino».

Su silueta se deshizo en polvo gris. En el lugar donde había estado apareció otro tramo del camino.

Las personas de la sala volvieron a oír su propia respiración.

Elián se acercó a la puerta detrás del trono. El amanecer gris olía a piedra mojada, hierba fría y humo lejano. No a un incendio, sino al fogón de alguna casa. Quizá la persona que vivía allí aún no sabía que ya estaban buscando su nombre.

Lissa se puso a su lado.

«Puede que no consiga recordar».

«No te lo pido».

«Puede que algún día vuelva a ver la ceniza y te tenga miedo».

«Entonces Shani será la primera en pegarme».

Shani asintió muy seria.

Lissa lo miró. No recordaba su infancia juntos y aún no había perdonado del todo a Elián. Pero ahora había decidido por sí misma caminar a su lado, sin recuerdos recuperados y sin ningún trato con el Trono.

Le tendió la mano.

Elián se la cogió con cuidado. No quería retener a su hermana por la fuerza ni aceptar su confianza como una recompensa merecida.

A sus espaldas, el Trono Vacío permanecía vacío.

Y, por primera vez en todos los Borradores, aquel vacío no era hambre.

Era un lugar donde nadie estaba ya obligado a sentarse.

Lissa fue la primera en adentrarse en el amanecer gris.

Elián caminó a su lado.

Y en el respaldo del trono, bajo el primer nombre y el primer espacio vacío, apareció lentamente una nueva línea.

Un hombre sin nombre llevaba una corona que nadie recordaba.

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