A medianoche, la taquilla del abuelo se abrió sola.
Ante la ventanilla había un hombre a quien la ciudad había enterrado sin nombre, aunque nunca llegaron a encontrar el cuerpo.
Iliá Lázarev tardó en darse cuenta de que estaba viendo un rostro vivo. En el viejo parque del Primero de Mayo, todo sabía fingir que estaba vivo: la mano de goma tras el cristal de la taquilla, el payaso con la pintura desconchada en una mejilla, la bruja mecánica que llevaba cuarenta años levantando la cabeza con el mismo chirrido. Hasta la lámpara de la ventanilla parpadeaba como si respirase.
Pero aquel hombre no formaba parte del decorado.
Estaba fuera, bajo la fina lluvia de otoño, con una chaqueta acolchada de cuello oscuro. El agua le corría del pelo a la frente, pero las gotas no caían al suelo. Se quedaban suspendidas al borde de la barbilla, se volvían más pesadas, se oscurecían y desaparecían, como si alguien las borrase del aire.
Del pecho le colgaba una tarjeta de fichar. Blanca, hinchada por la humedad, con un número que debería haberse descolorido hacía mucho.
Iliá estaba sentado dentro de la taquilla, en una silla rota. Ante él tenía una carpeta con el contrato de compraventa, el pasaporte, el manojo de llaves del abuelo y un grueso libro de caja de cubierta parda. Solo lo había abierto porque no había podido dormir después del entierro.
La mitad izquierda de las páginas era normal. Fecha, entradas, recaudación del día, firma de Semión Ilich Lázarev. Una letra pequeña y regular cuya pulcritud Iliá odiaba desde niño. Hasta la miseria la anotaba el abuelo como si también estuviera trazada con regla.
La mitad derecha era distinta.
Allí no había cantidades. Había nombres, a veces apodos, a veces una sola línea sin apellido. Después de cada anotación figuraba solo una de estas dos palabras: «saldada» o «pendiente».
Iliá alcanzó a pensar que, al final, el abuelo había perdido del todo la cabeza. Entonces la vieja taquilla tintineó. No era una campanilla de los altavoces, ni una grabación, ni uno de los efectos de hojalata de la Casa del Terror. Era el sonido de una caja registradora de verdad, breve y rabioso, como un golpe seco en los dientes.
Ante la ventanilla había un hombre.
Iliá dijo lo primero que diría cualquiera que no estuviese preparado para creer lo que veía:
«El parque está cerrado».
El hombre de la chaqueta acolchada lo miró con calma. Tenía los ojos grises, cansados, sin ningún brillo de muerto. Eso era precisamente lo peor. No parecía un fantasma. Parecía un trabajador que había tenido que quedarse un turno de más y había acudido a la taquilla a recoger lo que le habían prometido.
«No he venido por una entrada», dijo. «He venido por el sobre».
Iliá bajó la mirada hacia el libro.
En la página derecha, donde un minuto antes había una línea en blanco, empezó a aflorar la tinta. No la trazaba ninguna pluma. Brotaba del papel, hinchándose como un moratón bajo la piel.
Tólik Zhárov. Último turno. Pendiente.
Debajo empezó a aparecer otra línea.
Iliá Lázarev. Aceptado.
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