En los restaurantes de categoría, la pobreza ni siquiera pasaba la entrevista.
El encargado recorrió con la mirada el vestido descolorido de Xia Xinghe y le informó de que allí no contrataban a mujeres mayores de treinta años. Daba apuro contradecirlo: Xinghe tenía veinticinco, pero su reflejo en la puerta de cristal parecía darle la razón. La enfermedad y tres años de miseria se tomaban muchas libertades con el tiempo.
Ya se disponía a marcharse cuando un Maybach negro se detuvo ante la entrada. Del coche bajó Xi Mubai, su exmarido y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad. A su lado estaba, cómo no, Chu Tianxin. Algunas mujeres aparecen en el momento oportuno. Tianxin prefería aparecer en el peor momento de los demás.
Le sonrió con tanta compasión que Xinghe lo comprendió al instante: iban a compadecerse de ella hasta aniquilarla por completo.
Mubai también reconoció a su exmujer. Su rostro sereno apenas cambió durante un instante, pero fue suficiente. Tres años atrás había dejado marchar de su casa a una joven silenciosa; ahora tenía delante a una desconocida consumida por las penurias.
Xinghe no explicó nada. Las explicaciones rara vez ayudan a quien no hizo las preguntas a tiempo.
Tras el divorcio, la familia Xi se había quedado con su hijo, Xi Lin. Xinghe vivía con su hermano menor, Xia Zhi, y con su padre adoptivo, Xia Chengwu, cuya salud empeoraba cada mes. Los demás parientes se acordaban encantados de los lazos familiares cuando querían una herencia y los olvidaban con idéntica facilidad cuando tocaba ayudar.
Poco después, Chengwu acabó en el hospital. La operación costaba trescientos mil yuanes y había que reunirlos de inmediato. Mubai le ofreció un cheque. El dinero lo habría resuelto todo salvo un pequeño detalle: aceptarlo obligaría a Xinghe a vivir de nuevo con la sensación de que no era capaz de nada sin la familia Xi.
«Gracias», dijo ella. «Me las arreglaré».
Sonó mucho más segura de lo que se sentía.
Esa misma noche empezó a recuperar la memoria que había perdido tras el accidente. No regresó poco a poco ni con delicadeza. Algoritmos, lenguajes de programación y esquemas de protección destellaron uno tras otro en su mente. Para Xinghe, las líneas de código volvían a formar un mecanismo claro y dócil. Hubo un tiempo en que sabía leer esos mecanismos mejor de lo que la mayoría de la gente leía sus propios contratos.
Xinghe llevó a su hermano a un cibercafé, eligió el alias 001 en un foro privado y abrió la lista de encargos con recompensa.
«¿Estás segura?», preguntó Xia Zhi.
«No. Así que será mejor que no molestes».
A los pocos minutos llegó al móvil de Xia Zhi la primera notificación de una transferencia. Después, una segunda. Las cantidades fueron aumentando: cinco mil, diez mil, otros veinte mil. Mientras su hermano intentaba decidir si aquello era un milagro o un delito, Xinghe sorteó otra protección y se puso con el siguiente encargo.
Al amanecer, el dinero ya no solo alcanzaba para la operación.
Para Xia Zhi, lo ocurrido siguió siendo un milagro. Los especialistas en ciberseguridad eligieron una palabra menos poética: amenaza. En los foros empezó a hablarse de 001, un hacker desconocido que en una sola noche había penetrado en varios sistemas considerados inexpugnables.
El rumor también llegó a Mubai. Entendía lo bastante de tecnología para saber que a alguien así no se le ofrecía un puesto cualquiera, de modo que ordenó encontrar una forma de contactar con 001.
Aún tenía que descubrir que el misterioso hacker y la mujer de la que se había compadecido hacía poco a las puertas del restaurante eran la misma persona. Xinghe ya sabía otra cosa: no necesitaba que nadie volviera a compadecerse de ella.
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