La operación de Chengwu fue un éxito, pero la familia no tenía adónde volver al salir del hospital. Wu Rong, la madrastra de Xinghe, llevaba muchos años ocupando la antigua villa de los Xia. Había vivido tanto tiempo de una herencia ajena que había acabado confundiendo la costumbre con el derecho de propiedad.
Xinghe se presentó sin pedir permiso ni avisar.
«Lárgate», ordenó Wu Rong. «Aquí no eres nadie».
Los guardias dieron un paso al frente. Xinghe pasó junto a ellos, entró en el despacho de su difunto padre y abrió un compartimento secreto cuya existencia su madrastra desconocía. Dentro estaba la escritura auténtica: la villa pertenecía a Xinghe.
Wu Rong mostró su propio documento. La falsificación resultaba convincente, pero solo hasta que se oyeron sirenas de policía en la calle. En ese momento, la previsora madrastra perdió los nervios. Rasgó el papel, se metió los trozos en la boca e intentó tragarse la prueba.
Xinghe la observó casi con curiosidad. Hay documentos que acreditan la propiedad de una casa. Y hay documentos que la antigua dueña se apresura a masticar delante de varios testigos. Por algún motivo, la policía prefería los segundos.
Wu Rong tuvo que marcharse. Xinghe dejó que la anciana criada decidiera con quién quería quedarse, y esta eligió a la verdadera dueña.
Aquella noche, Xinghe cerró desde dentro la puerta de su propia casa por primera vez en tres años. De momento solo había recuperado una villa, no toda la vida que le habían robado. Pero empezar por los bienes inmuebles resultaba sorprendentemente agradable.
Abrir en el lector