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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 89. Veinticinco años

Xinghe no gasto la prorroga en descansar.

Siguió siendo presidenta de Hua Xia otros cinco años, y durante esos cinco años la principal partida del presupuesto no cambió: ciencia y escuelas.

La isla se sostenía sobre cuatro firmas, y hubo que levantarlas una a una.

Las dos primeras cayeron en una semana. A por la tercera fue Xinghe en persona, sin delegación, y en la sala de la mesa larga dejó una hoja delante de sí.

«Aquí está aquello de lo que los acusan», dijo. «La hoja está en blanco. Escriban cualquier línea, y me marchare hoy mismo.»

Nadie escribió nada. Firmaron dos días después, dejando constancia en el protocolo de que la decisión no creaba precedente.

La cuarta firma tardó un año más y llegó en una carta certificada corriente, en papel sin escudo. En total, la isla llevó catorce meses.

Shi Jian bajó del barco el último, como había bajado el último de todas partes. No había cámaras en el muelle: a la gente la distribuyeron por las residencias de la Academia en autobuses urbanos corrientes.

En la Academia le asignaron un curso de mecanica orbital.

La primera clase la dio tieso, con los brazos pegados al cuerpo, y la primera fila estaba igual de recta, porque no entendió si eso era obligatorio o no. En el minuto veinte, se alzó una mano en la cuarta fila.

«Perdone», dijo un chico de unos diecinueve años. «¿Puede sentarse?»

Shi Jian lo miró a él, luego a la primera fila.

«Puedo», dijo, y fue el primero en sentarse.

La ayudante principal del laboratorio de la base, la misma que en el hangar se había acercado tres veces al reparto, al cabo de un año dirigía su propio grupo. Siempre empezaba la primera clase de la misma manera.

«Podeis preguntar lo que querais y cuando querais», decía. «No hace falta pedir permiso. Ni a mi ni a nadie.»

El ingeniero que en otro tiempo había anunciado lo del veintidós por ciento de proteina daba practicas de proteinas alimentarias.

«Aquí no se evalua el sabor», advirtió en la primera clase. «Se evalua la composición.»

La sala de calderas con el tejado hundido fue la última en reconstruirse, como laboratorio de bajas temperaturas. Mubai fue a la inauguración expresamente para ver el tejado, y en la cola ante la puerta contó cuatro lenguas, de las que reconoció dos.

El cuerpo de Xia Meng tardó cuatro años en recuperarse, con el método de la cuarta línea del laboratorio, precisamente aquella por la que en la base habían torturado a la gente durante veintidós años. La Academia envió el método, sin clasificación, a todos los que lo solicitaron, y la primera petición llegó de una universidad del país W.

Xinghe acudió al alta y se quedó al fondo del pasillo. Xia Meng recorrió sola el trayecto desde la habitación hasta la ventana y de vuelta, sin bastón, y se detuvo dos veces, no porque no pudiera caminar, sino porque miraba por la ventana.

«Está lejos», dijo al llegar.

«Antes la llevaban», dijo Xinghe.

Hablaron poco rato y casi solo de dónde iba a vivir ahora Xia Meng.

Al enemigo no llegaron a encontrarlo.

La carpeta del decimocuarto año de búsqueda la llevó Xia Wa en persona a la casa junto al mar y la dejó sobre la mesa, entre las tazas: listas de desaparecidos, cuentas, laboratorios cerrados y, aparte, al final, albaranes de equipos de refrigeración más potentes que el limite instalado.

Xinghe empezó por los albaranes. Eran nueve.

«El octavo», dijo. «Zona de almacenes, país C. Pidieron cuatro cámaras, pero echaron cimientos para seis.»

«Lo comprobamos», dijo Xia Wa. «Dos veces. Hay pescado congelado.»

«Sobre seis cimientos.»

«Sobre seis cimientos», convino Xia Wa.

Xinghe apartó la hoja a la derecha, no de vuelta a la carpeta. En catorce años se habían ido acumulando a la derecha doscientas hojas así: el hombre que cambiaba de cuerpo preparaba el refugio con antelación y pagaba por el al menos de alguna manera.

«La defensa queda en manos de Mubai, la red busca al consejo», dijo Xia Wa, cerrando la carpeta. «Yo miro hacia la quinta dimensión. Algún día habrá que entrar ahí, no solo mirar.»

La boda la celebraron ya en el primer otoño, en el jardín de la casa junto al mar.

Hubo veintidós invitados, menos que la escolta de cualquiera de las recepciones anteriores. Colocaron las mesas directamente sobre la hierba, entre dos viejos pinos, y al atardecer empezó a entrar el aire del mar y tiro una sombrilla que ya no levantaron.

Shi Jian llegó con traje y se mantuvo erguido toda la velada, hasta que Ali lo sentó por la fuerza.

Xi Lin se levantó con un papelito en el que había cuatro frases.

«Quería decir que mi madre…», empezó, y miró el papelito.

La segunda frase era sobre la corporación. Se la salto. La tercera iba de lo mismo.

«Me alegro», dijo Xi Lin. «Simplemente me alegro.»

Se sentó y se metió el papelito en el bolsillo sin doblarlo.

El encargado del registro vino del ayuntamiento, ya no joven, y leía despacio, porque no era la primera vez que leía aquello y sabía en que parte la gente lloraba.

«¿Acepta usted tomar por esposo al aquí presente…?»

«Sí.»

El encargado del registro se detuvo y levantó la vista. Aun quedaba línea y media de pregunta.

«Perdone», dijo Xinghe. «Siga.»

El terminó de leer. Xinghe escuchó hasta el final y dijo «sí» por segunda vez, ya donde correspondía, y el segundo salió más bajo que el primero.

Todo el registro quedó resuelto en once minutos.

La hija nació tres años después, a las cuatro de la madrugada, en una clínica de la ciudad T.

Mubai, que había pasado toda la noche en el pasillo, entró en la habitación y miró primero no al bebé, sino a Xinghe.

«Ha cuadrado», dijo ella.

Xia Wa llegó al segundo día, miró a su nieta y dijo que la enseñaria ella misma.

«¿No es pronto?», preguntó Mubai.

«A mi empezaron a los seis», dijo Xia Wa. «Perdi seis años.»

Con cinco años, la niña desmontó una lámpara de mesa y la volvió a montar cambiando de sitio dos piezas. La lámpara empezó a dar más luz. Mubai no permitió encenderla durante tres días y fue llevando a la habitación, de uno en uno, a tres ingenieros.

Xinghe trabajó entero el último día de su mandato, incluido el informe de la tarde. A las seis firmó tres papeles, entregó la carpeta a su ayudante y preguntó dónde se devolvía la acreditación.

«En ninguna parte», dijo el ayudante. «Dejara de abrir por si sola a medianoche.»

Aun así, la dejó sobre la mesa.

La corporación la asumió Xi Lin. Mubai traspaso los asuntos durante medio año, el último día dejó la llave del despacho sobre la mesa y se fue de la ciudad, por primera vez en veinte años sin fijar ni una sola reunión.

Cuando llegó el plazo para el que el enemigo había aplazado su regresó, ante la pizarra de la Academia Galaxy ya había otras personas. Xinghe fue allí una vez. Los cálculos eran ajenos, y en la tercera línea habían corregido un error suyo de hacia tiempo. No preguntó quién lo había hecho.

Xinghe traspaso los asuntos igual que un día los había recibido: en una lista, punto por punto, con cifras. Estaban sentadas a la mesa junto a la ventana, la lista ocupaba nueve páginas, y en la séptima Xinghe tuvo que ponerse las gafas.

En el penultimo punto, la hija levantó la cabeza.

«Eso lo rehice yo», dijo. «Hace medio año. Ahí sobraban dos pasos.»

Xinghe leyó el punto hasta el final, lo tacho y siguió adelante.

Llegó la época tranquila y tenía un aspecto sencillo: la casa junto al mar, una mesa para dos trabajos, te que se enfriaba porque se olvidaban de él, y días enteros en los que no se decidía nada.

Por las mañanas Mubai bajaba primero a la playa y volvía con los pantalones mojados hasta la rodilla, porque cada vez se olvidaba de la marea.

La amenaza no desapareció. Simplemente dejó de adueñarse de cada uno de sus días.

Y todo lo demás ya era otra historia.

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