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EL HEREDERO DEL BORRADOR

Capítulo 3. La ley de la verdad

Elián no llegó vivo al segundo amanecer.

Savern no lo mató de inmediato. Habría sido demasiado evidente. El regente declaró una pausa, cerró la sala y ordenó a los guardias que se llevaran a todos los que habían visto el nombre en el Trono. Se llevaron a Shani junto con Lissa. Orm permaneció junto a los peldaños, y a Elián no lo condujeron a una mazmorra, sino a la pequeña cámara de los juramentos de sangre.

No había rejas. Solo una mesa, un cuenco de agua y un espejo.

Savern entró sin testigos.

«Recuerdas el Borrador anterior», dijo.

No era una pregunta. Era una prueba.

Elián sonrió solo con los labios.

«Y usted parece recordar lo suficiente para tener miedo».

Savern no lo golpeó. Cogió el cuenco, lo puso ante Elián y pronunció la fórmula que hasta los niños conocían en Astern: quien no tiene sangre confirmada carece del derecho a beber de un recipiente dinástico.

El agua se volvió negra.

Esta vez, Elián no murió por una espada. Después del primer sorbo, el agua se convirtió en polvo de piedra, le llenó los pulmones y no le permitió volver a respirar.

Y después abrió los ojos otra vez antes del amanecer.

Así comenzó su aprendizaje.

El primer intento terminó de forma rápida y estúpida. Elián irrumpió en el Consejo y acusó directamente a Savern de falsificar la orden. En el Borrador de la Verdad, la mentira atenazaba la garganta, pero una acusación imprecisa no era menos peligrosa. Dijo: «El regente miente», y empezó a brotarle sangre de la boca. Savern no decía nada que supiera falso: formulaba la acusación de tal manera que solo se podía rebatir con una fórmula igual de precisa.

La segunda vez estuvieron a punto de salvarse. Elián encontró a Lissa antes del Consejo y la sacó por la galería sur. Ella lloraba, pero no se resistía. La puerta del jardín ya estaba cerca cuando las lámparas se apagaron durante un instante. El espejo de la pared se convirtió en un pasadizo y, en vez de salir al jardín, desembocaron ante los peldaños del Trono Vacío. Elián aún no había visto al Corrector, pero alguien ya estaba modificando el palacio para devolver a los fugitivos al lugar del juicio.

El tercer intento le indicó la solución.

Orm.

La voluntad del Consejo no bastaba para que una ejecución fuese legal. Antes de asestar el golpe, el verdugo debía pronunciar su fórmula sin cometer ningún error. En el Borrador de la Verdad, esa obligación podía revelar la falsificación. Si la orden no se había inscrito en el libro conforme a la ley, Orm no podría declararla legal. Si la habían inscrito, Elián moriría de todos modos, pero dejaría de perder el tiempo con una conjetura falsa.

Al cuarto amanecer, Elián dejó de discutir con el Consejo.

Esperó a que Savern volviera a leer la acusación, a que Lissa bajara los ojos y a que Orm se acercara a los peldaños con la espada. Solo entonces dijo:

«El verdugo del Consejo está obligado a confirmar la fórmula».

Savern se volvió despacio.

Alguien en la sala inspiró de golpe. No todos comprendieron el propósito de Elián, pero muchos se dieron cuenta de que había encontrado un punto débil en la acusación.

Orm levantó la espada, pero no la dejó caer.

«La orden queda reconocida», empezó.

Elián se acercó un paso.

«No reconocida. Legal».

El rostro de Orm adquirió un tono grisáceo.

Savern dijo:

«Continúe».

Savern podía comprar testigos de antemano, obligar a la familia a confirmar la versión que le convenía y atar a Lissa con un juramento. Pero ni siquiera él podía obligar a nadie a pronunciar una fórmula falsa en el Borrador de la Verdad sin sufrir las consecuencias.

Orm abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Le apareció sangre en la boca.

«La orden…». La voz de Orm se interrumpió. Inspiró con dificultad; la espada tembló. «La orden no fue inscrita en el libro nocturno».

El Sistema respondió:

«Testigo de la fórmula obtenido. Nombre de Orm Hal guardado».

La sala se llenó de voces. Por primera vez en toda la mañana, Savern no levantó de inmediato la mano para imponer silencio.

Elián se volvió hacia Lissa.

Ella miró a Orm, después la sangre de sus labios y, por último, a su hermano. Le temblaban los labios, pero permaneció callada.

Entonces habló Miran Kest.

Estaba entre los guardias de un lateral, con la capa gris de la guardia de palacio. Se mantenía tensa y alerta, como si desconfiara de cualquiera que invocase la sangre y la ascendencia. En las versiones anteriores, Elián apenas había reparado en ella. Ahora dio un paso al frente.

«He visto el libro nocturno –dijo Miran–. No llevaba el sello de ejecución».

Savern se volvió hacia ella con tanta lentitud que incluso los guardias se pusieron tensos.

«¿Comprende que acaba de reconocer a un impostor?»

Miran miró a Elián.

«Reconozco a un hombre al que quieren matar mediante una fórmula ajena».

El Sistema respondió:

«Testigo de reconocimiento obtenido. Nombre de Miran Kest guardado».

La ejecución quedó frustrada.

Durante un breve instante, Elián creyó que vencer podía ser así de sencillo: identificar con precisión la falsificación y encontrar a dos personas que no tuvieran miedo de confirmar la verdad.

Se equivocó.

Cuando el Consejo se dispersó presa del pánico, Elián se acercó a la puerta de la sala del Trono. Antes se abría ante cualquier miembro de la casa Vern, pero ahora no se movió.

Apoyó la palma en la madera negra.

Nada.

El palacio ya no reconocía su sangre.

El Sistema respondió con sequedad:

«Estabilidad del Borrador reducida. Corrección iniciada».

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