Оттискnovelas originales
LA NOVIA DEL ÚLTIMO MANANTIAL

Capítulo 22. La mañana después de las llaves

Por la mañana, Granada entregó las llaves.

Dentro de las murallas no sonaba música de victoria, pero la pena tampoco era el único sentimiento. La gente ataba sus cosas, cerraba las tiendas y se preparaba para el nuevo poder. Los niños no se apartaban de sus madres. Los hombres, desconcertados, se quedaban de pie junto a las casas, y las mujeres ya volvían a pensar en el pan: el agua, por fin, había dejado de ocupar todos los pensamientos.

Junto a las puertas, la gente no miraba al cielo, sino a los cántaros. El destino de la ciudad era difícil de abarcar, pero con el agua todo estaba claro: el cántaro está lleno o vacío; el niño bebe o espera.

A Yusuf no lo ejecutaron junto a la fuente.

Boabdil mandó tenerlo bajo guardia hasta el juicio del agua y el juicio del nuevo poder. Era menos de lo que quería la multitud y más de lo que Yusuf esperaba. A Marwan se lo llevaron aparte. Gonzalo perdió el derecho a disponer de las aguas de la ciudad hasta el juicio real: demasiados testigos confirmaron que pensaba inundar el foso del norte con la gente dentro.

Nadie llamó a eso justicia. Era demasiado pronto. Pero por primera vez el castigo no empezó por la sed, y eso ya era una regla nueva.

A Jálid lo sacaron a la luz de la mañana.

No vio Granada, pero la oyó: las ruedas, los pasos, el llanto, el agua en las tazas y la tos seca que ya no era una sentencia.

«¿Cae?» – preguntó.

Zulaija estaba a su lado.

«Sí».

«¿Y fluye?»

«Sí».

«Entonces no cae entera».

Íñigo iba con ellos hacia el sabil del monte, fuera de la muralla. Ya no llevaba cadena, pero la huella del hierro seguía en su piel. Algunos granadinos apartaban la vista de él, y los castellanos lo miraban como a un traidor. Aun así seguía caminando.

En el recodo, dijo en voz baja a Zulaija:

«A mi madre le faltaron dos años para llegar a esta agua. Mi padre decía que le faltaron fuerzas. Ahora creo que le faltó Granada».

Zulaija no trató de consolarlo. Sólo puso la palma en el borde de la taza que llevaba. Íñigo comprendió: junto al sabil recordarían también a Amina.

A medio camino se le acercó uno de los cavadores castellanos, el mismo que en el juicio de la embajada alzaba la mano junto a la estaca agrietada.

«Yo vi la fosa – dijo –. La limpiaron de noche».

Íñigo se detuvo.

«¿Por qué no lo dijiste?»

El cavador miró los estandartes reales.

«Porque yo también tengo hijos».

Íñigo no lo perdonó, pero asintió. Aquella mañana muchos se decidían a decir la verdad demasiado tarde; aun así, sus testimonios seguían haciendo falta.

Junto al muro del sabil de los pobres, los niños volvían a pintar el pájaro azul. Rafiq los dirigía con tanta seriedad que Nura dijo:

«Maestro, el pico te ha salido torcido».

Rafiq respondió:

«Pero el agua va derecha».

Eliaz reía por primera vez en muchos días. Fátima llevaba de la mano a sus hijos y no pedía perdón a Zulaija. En vez de eso trajo al sabil a dos enfermos más del patio vecino.

Nura vigilaba la cola y reñía a todos por igual: a los granadinos, por los empujones; a los castellanos, por el porte orgulloso; a los niños, por intentar meter los dedos en el chorro.

«El agua no es un juguete» – dijo.

Rafiq, pintando el pájaro, respondió:

«Pero ahora juega de nuestro lado».

«El agua no está del lado de nadie, maestro».

Él se sonrojó ante esa palabra y pintó el ala más ancha.

Al final de la cola había una mujer con un niño en brazos. Zulaija no sabía su nombre. El pequeño estaba vivo y lloraba de sed, con rabia. Zulaija dejó pasar a la madre y le tendió ella misma la taza.

El sabil del monte se abrió para los que se marchaban y para los que se quedaban.

Jálid explicó que el sabil se alimentaba de la vieja salida del ramal del norte, que desde hacía tiempo se daba por vacío. Cuando los desagües menores aliviaron la presión del foso, por ese ramal volvió a correr el agua.

El primero al que llevaron a la taza fue el muchacho del convoy del norte, al que la corriente habría podido arrastrar si Zulaija hubiera abierto el agua hacia el foso. Era castellano o aragonés, pero ante todo un niño al que le temblaban los labios de sed.

Zulaija le tendió la taza.

Bebió sosteniéndola con las dos manos.

Después bebieron las mujeres de Granada. Luego un guardia herido. Luego el viejo cavador que la víspera temía alzar los ojos hacia la estaca agrietada. Luego la niña del hammam, ya sin fiebre.

Granadinos y castellanos esperaban en la misma cola, y nadie tenía que pedir el agua como una merced del vencedor.

«¿Cómo se llama este paso?» – preguntó Íñigo.

Zulaija miró a las montañas.

Sobre la ciudad blanqueaban, serenas, las cumbres nevadas de Sierra Nevada.

«Por ahora, nada».

Él esperó.

Ella tomó la taza vacía y la puso en el borde del sabil.

«Entonces le pondremos nombre más tarde, cuando entendamos de qué debemos responder».

Íñigo asintió.

Jálid, sentado junto al muro, levantó la cabeza.

«No lo llaméis el Último».

Zulaija se volvió.

«¿Por qué?»

«Porque el agua a la que llaman última se convierte con demasiada facilidad en arma. Llamad a este manantial el primero para los que vengan después».

Íñigo miró a Zulaija.

«¿El Primer Manantial?»

Ella negó con la cabeza.

«No. Sonaría como si nos perteneciera primero a nosotros».

Jálid rió por lo bajo.

«Entonces que discutan los niños. Tienen menos orgullo y más futuro».

Íñigo se inclinó hacia los niños y les canturreó sólo el primer verso de Amina, suave, sin tope y sin llave:

«El agua de nieve duerme bajo la piedra blanca».

Los niños se pusieron a discutir en el acto dónde debía estar la nieve en el pájaro y si se podía pintar el agua por encima del ala. El cuarto verso no se lo cantó. A los niños les dejaba la memoria de su madre, no la llave.

Rafiq lo oyó y dijo enseguida a los niños:

«Pintad el pájaro más arriba».

Los niños rieron.

A sus espaldas, Granada pasaba al nuevo poder. Por delante quedaban el miedo, los cambios, las leyes ajenas, los caminos de montaña de la Alpujarra y las acequias que no figuraban ni en los planos castellanos ni en los registros de palacio.

Pero bajo la piedra el agua seguía corriendo, y ahora respondían por ella no un solo guardián ni un solo conquistador, sino todos los que estaban junto a la taza común.

Abrir en el lector