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EL HOMBRE AL QUE NO CANTARON

Capítulo 1. Banquete sin nombre

En el banquete, a los hijos del jarl les servían gloria. A Stéinar le sirvieron una copa vacía.

Estaba tallada en madera oscura, lisa por fuera, ennegrecida en el borde por labios ajenos y humo viejo. No contenía hidromiel, ni plata, ni anillo, ni sal. Solo el olor seco del roble y una fina grieta en un costado, como si una vez hubieran arrojado la copa al fuego y después la hubiesen sacado.

En el salón de Hróald ya se reían antes de que el jarl levantara la mano.

El banquete era pesado y largo. Junto a las puertas olía a lana mojada, de los cuencos se alzaba vapor y el fuego enrojecía las caras. Los perros, tendidos bajo los bancos, atrapaban los huesos antes que los criados más jóvenes. Sobre el hogar se ennegrecían las vigas. Entre el humo colgaban los escudos de los linajes antiguos: en aquel salón no se recordaba a todos, pero los nombres de los elegidos se repetían sin cesar.

Rágned ocupaba el asiento más cercano a su padre.

El hijo mayor de Hróald estaba sentado con la espalda recta y aire seguro. Llevaba una capa azul nueva con broche de plata. A sus pies descansaba una espada larga, regalo de la familia de su madre. Cuando Hróald lo nombró heredero del barco del oeste, los presentes golpearon las mesas con las palmas. Alguien gritó que Rágned había nacido para ir el primero. Otro añadió que el propio mar retrocedería al ver su emblema de proa.

Brand, Tallador de Canciones, no se sumó enseguida a las risas. Un buen escaldo no se apresuraba a seguir a la multitud. Esperó a que amainara el estruendo y solo entonces golpeó las cuerdas con los dedos.

La canción avanzó firme y acompasada, sin dulzura de más. Ensalzaba a Hróald como fundador del linaje y a Rágned como su digno heredero. El barco parecía una prolongación del brazo del primogénito, y la muerte en combate le prometía memoria eterna.

Stéinar escuchaba y sabía que en aquella canción habían reservado un lugar para él.

Un verso, no.

El vacío entre los versos.

Estaba en el extremo inferior de la mesa, donde se sentaban aquellos a quienes ya se permitía comer, pero aún no hablar. El tercer hijo del jarl. El hijo al que no confiaban la puerta trasera durante una incursión porque una vez ya había elegido la puerta en lugar del muro de escudos. El hijo al que los muchachos de las cuadras llamaban Copa Vacía mientras no se daban cuenta de que los oía.

Lo oía casi todo.

Oía a Nera la del Humo discutir con un criado junto a la pared lateral por unos sacos de sal. Oía a la anciana Modra toser contra la palma junto a la entrada, con una tos seca y trabajosa. Oía a Saiva, sentada más abajo que Brand, titubear apenas en la tercera repetición, cuando la canción llegó al punto en que debía aparecer el hijo menor.

Allí Brand hizo una pausa.

No larga. No brusca. Una pausa que podía confundirse con la respiración del maestro.

Precisamente por eso, el salón lo entendió.

No se habían olvidado de Stéinar. Lo habían omitido a propósito.

Hróald esperó a que todos acabaran de reír y levantó la copa vacía. Su barba era blanca alrededor de la boca y oscura en las mejillas. El jarl miraba a su hijo como si estuviera calculando hasta qué punto seguía siendo útil para el linaje.

«Rágned recibe el barco», dijo el jarl. «El hijo mediano recibe hombres para la travesía de primavera. Y tú, Stéinar, recibes aquello con lo que tú mismo has llenado tu vida».

Colocaron la copa ante él.

Vacía.

El golpe de la madera contra la mesa sonó quedo. Pero en el salón se oyó cómo un nudo húmedo reventaba en el hogar.

Stéinar podría haber alzado la copa y respondido con tanta crueldad y agudeza que sus palabras perdurasen en la memoria. El recuerdo ajeno que le había quedado tras la fiebre le sugería varias formas de volver la ofensa en su favor: una copa vacía pesaba menos, podía llenarse y, con la mano libre, recoger lo que otros habían dejado caer.

En aquel recuerdo ajeno, a las personas no se las ensalzaba con canciones, sino que se las anotaba en libros, listas y cuentas donde era posible encontrar a casi cualquiera. Aquel mundo no era más bondadoso. Pero allí resultaba más difícil olvidar a alguien que en el salón de Hróald, donde bastaba el silencio de Brand para dejar sin nombre a una persona viva.

No dijo nada.

Su silencio era un cálculo. Si Stéinar respondía con demasiada inteligencia, empezarían a vigilarlo. Pero si callaba allí donde esperaban un estallido de ira, volverían a tomarlo por débil y le permitirían observar.

Stéinar cogió la copa con ambas manos y bajó la mirada. El salón creyó que se había tragado la humillación. En realidad, había visto que la cara interior del borde estaba cubierta de pequeñas muescas.

No por fuera, donde cualquiera podría repararlas.

Por dentro.

Donde los labios tocaban la madera.

Las muescas se sucedían sin regularidad: cortas, largas, profundas, apenas visibles. Eran demasiadas para tratarse de arañazos fortuitos. Alguien había llevado una cuenta en la copa de tal forma que solo pudiera verla quien bebía.

O cuando le servían el vacío.

Brand volvió a pulsar las cuerdas.

La canción regresó a Rágned. Al barco. A la espada. A las aguas venideras. Pasó de largo ante Stéinar con tanta facilidad como si él no estuviera entre los bancos.

Y entonces el salón volvió a reír.

Stéinar alzó la copa como se alza un regalo. La madera le tocó los labios. Las muescas interiores le arañaron la piel. Saboreó el humo viejo, la hidromiel agria y las manos ajenas.

Era la primera vez que lo mataban, y no con una espada.

Lo mataron con un vacío en la canción.

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