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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 1. La entrega

Nuestro taller ocupa el testero de un bloque de cinco plantas, la entrada da al patio y el rótulo cuelga desde el año ochenta y nueve, escrito a mano. Las letras se han descolorido de forma desigual: «arreglos» sigue azul, «de calzado» está casi blanco. Cada primavera Ígor dice que hay que encargar uno nuevo, y cada otoño resulta que el dinero se ha ido en otra cosa.

Trabajamos de nueve a siete, con la comida cuando se puede, y los domingos cerramos. Por la mañana entra la gente que va al trabajo; por la tarde, la que vuelve; y a mediodía no suele haber nadie, y en esas horas me da tiempo a repasar los estantes, llamar a los olvidadizos y sentarme con un té a mirar cómo descargan la furgoneta del pan en el patio.

El miércoles, casi a la hora de cerrar, vino una mujer a por sus botas.

Encontré el par por el número y lo puse en el mostrador; ella examinó el contrafuerte nuevo, lo tocó por dentro con el dedo, quedó satisfecha, contó el dinero justo y no se fue.

Así se queda la gente cuando quiere decir algo para lo que no encuentra pretexto. Esperé. Detrás del tabique, Ígor apagó la máquina, y en el taller se oyó cómo abrían el portón del patio.

«Vengo por algo que no es del calzado», dijo por fin, y sacó del bolso una brújula.

De latón, del tamaño de una palma, con la tapa oscurecida. La dejó en el mostrador, entre las dos, pero sin retirar la mano, de modo que la cosa no era de nadie.

«Estaba en el bolsillo del abrigo. Y el abrigo no me lo pongo desde el jueves, es el de vestir».

El jueves había traído estas mismas botas. El contrafuerte estaba hundido por dentro, como les pasa a quienes andan mucho metiendo un poco el pie hacia dentro, y entonces le pregunté si le quedaba lejos el trabajo. Dijo que dos autobuses, porque la línea directa la habían quitado hacía ya dos años. Le pregunté por qué no iba en tranvía. Contestó que el tranvía no iba hacia allí. Le dije que sí iba, solo que por la otra orilla del río, y se calló a mitad de la frase siguiente y estuvo callada todo el rato mientras Ígor le extendía el resguardo y le explicaba que el contrafuerte había que ponerlo nuevo y que eran dos días.

Ahora estaba allí de pie, esperando a ver qué decía yo de la brújula.

La cogí y la volví hacia la ventana. El cristal estaba rayado de forma fina y tupida, como se raya cualquier cosa que se lleva junto a las llaves; el latón estaba oscuro donde lo oscurecen las manos, y no había en ella nada más: ni grabado, ni desgaste de un solo dedo en la tapa, ni rastro de una manera fija de cogerla.

Una cosa vieja y completamente de nadie.

«La aguja da vueltas», dijo la mujer, siguiendo mis manos con tanta atención como si yo pudiera hacerle algo a la brújula. «Da vueltas todo el rato, en casa lo he mirado dos veces».

«Aquí el mostrador es de hierro». Puse la brújula en el centro del mostrador y aparté las manos. «Es suya; yo no tengo nada que ver».

«Yo no la he comprado».

«Eso ya lo he entendido».

Me miró con atención y sin ninguna simpatía, como se mira a quien se niega a aceptar un encargo.

«¿Entonces por qué apareció después de hablar con usted?»

Dije lo que digo siempre.

«Lleva dos años yendo en dos autobuses», dije, «y ni una sola vez ha mirado el plano. La brújula no tiene nada que ver».

«¿Y qué tiene que ver?»

«El plano. Lo lleva en el móvil».

Se quedó pensando. Luego cogió la brújula, la sopesó en la palma y la guardó en el bolso con el gesto con que se guardan los documentos, no las baratijas.

«Tengo un hijo en Zarechie», dijo ya desde la puerta. «A verlo también voy en dos autobuses».

Nuestra puerta es dura, con un cierre que Ígor lleva cuatro meses prometiendo ajustar, así que todo el mundo se marcha de aquí más despacio de lo que pensaba. A través del cristal se vio cómo la mujer se detenía en la escalinata y sacaba el móvil. Estuvo mirando el plano un buen rato, separó dos veces los dedos y una vez se volvió hacia la puerta.

Luego echó a andar, pero no hacia la parada.

Cerré la caja, conté la recaudación, la apunté en el cuaderno, fregué dos tazas y puse en el alféizar los zapatos que había que haber entregado en septiembre y a por los que ya no vendrá nadie.

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