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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 2. La caja del padre

La caja del padre está debajo del banco de trabajo, a la derecha, y se abre pocas veces.

Dentro hay tres botes de clavos de los que ya no se compran, una decena de hormas que hace mucho no le valen a ningún pie, y un envoltorio. La caja es pesada, de madera, con huecos en lugar de asas, y siempre ha estado ahí: cuando entré por primera vez en el taller y después, los doce años.

Aquella tarde Ígor salió al patio a pelearse con el portón. Se atranca cuando hay humedad, y eso va para largo: primero lo examina, luego va a por el martillo, luego le explica al vecino por qué se atranca, luego el vecino se lo explica a él.

Colgué el cartel, me quité la bata y, en vez de irme a casa, pasé detrás del tabique y me senté en el taburete de Ígor.

Su taburete es bajo, recortado a la altura del banco, y desde ahí todo el taller se ve de otra manera. Estuve sentada mirando la caja un par de minutos.

Luego la saqué y desenvolví la tela.

Por qué lo hice sigo sin poder explicarlo. Las manos fueron por delante de la decisión, y no había nada que decidir: el cuchillo estaba como lleva cuarenta años, y creo que yo iba justamente a comprobar eso.

Hoja fina. Un bisel largo y uniforme. Un mango pulido hasta el brillo en un punto y mate en todos los demás. Junto a la espiga había algo claro reseco, que no se parecía a nuestras colas.

Cómo se llama lo sé desde hace ocho años: aquella misma noche lo busqué en internet, por la imagen, y lo encontré al tercer intento. A Ígor no se lo dije ni entonces ni después.

Entró cuando yo tenía el cuchillo en las manos, y no me dio tiempo ni a envolverlo ni a inventarme por qué había hurgado en la caja del padre.

«Es del padre», dije yo primero, porque en estos casos conviene hablar primero.

«Del padre», asintió él, y me quitó el cuchillo, directamente por el mango, bien, como una herramienta y no como un recuerdo. Lo sostuvo, probó el bisel con el pulgar y lo giró hacia la luz. «Oye. Pues no es de zapatero».

«Llevas llamándolo del padre desde que te conozco».

«Es que estaba en la caja del padre».

Ígor no apartaba los ojos del bisel, largo y uniforme, como no lo tiene ninguna herramienta nuestra, y hablaba despacio, como habla cuando lee una cosa.

«Afilado para piel fina. Con esto se mata el canto hasta dejarlo en nada, para que la piel entre en el doblez, y nuestro género no lo cortas con él, se te viene abajo al primer par. Y mira aquí, junto a la espiga, esto claro. No es nuestro».

«¿Y de quién es?»

Pregunté en balde, pero a veces se tarda menos en decir algo que en callarse de forma llamativa.

«Eso sí que no lo dice», dijo Ígor.

Le dio unas vueltas más al cuchillo, probó el bisel por segunda vez, y vi que se disponía a decir algo más.

Le quité el cuchillo, lo puse sobre la tela y lo envolví como estaba. Ígor miraba, pero no estorbaba.

La pregunta me la sabía literalmente y me la sabía desde hacía mucho. Es corta.

¿Para qué te dejó tu padre un cuchillo de encuadernador, si él no encuadernó ni un solo libro?

En vez de eso guardé el envoltorio en la caja, empujé la caja con el pie y dije que el jueves venía el operario del cierre de la puerta. Ígor contestó que el operario había venido en marzo y que desde entonces la puerta iba peor. Luego apagamos la luz, él comprobó la puerta trasera y yo la delantera, y nos fuimos a casa por el patio, donde el vecino seguía junto al portón queriendo explicarnos a los dos por qué se atranca.

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