A por el pan fui el jueves, después de las seis, como Galina había dicho.
Su panadería es pequeña, en un semisótano de la Zavódskaya, con entrada propia y tres escalones para bajar. Dentro hace calor, huele de tal manera que estuve un minuto simplemente respirando, y detrás del mostrador estaba Galina con el mismo delantal, y la hermana ya no estaba.
«Ha venido», dijo sin ninguna sorpresa y se puso a meter en la bolsa: dos integrales, uno blanco y además unos bollos que yo no había pedido.
«No me voy a comer tanto».
«Se lo comerá. Es para el domingo, para el jueves está en su punto».
Fui a pagar, no me cobró los bollos, y discutimos un poco, y ganó ella, porque estaba en su casa.
Después estuvimos hablando veinte minutos. Contó que a hornear no empezó por sí sola, sino por su madre, y que su madre horneaba mal, y que eso a ella, a Galina, la atormentó toda la vida, porque la madre estaba convencida de lo contrario. Habló de Lena, que tiene dos hijos y el marido trabajando por turnos, y de que Lena de masa no entiende nada y no entenderá nunca, pero en cambio calcula más rápido y habla mejor con la gente.
«O sea que las dos están en su sitio», dije.
«Las dos, sí».
De la lupa no se acordó ni una vez, y yo tampoco.
Ya en la puerta me volví. Galina limpiaba el mostrador, luego se detuvo, sacó la lupa del bolsillo del delantal, miró por ella su propia palma y la guardó otra vez.
No lo hacía por primera vez, se veía por lo rápido que salió todo.
El pan lo comimos hasta el martes, e Ígor dijo que el integral era mejor que el de la tienda y preguntó si era caro. Dije que no.
El jueves siguiente volví a ir, y luego otra vez, y de algún modo aquello se convirtió por sí solo en costumbre: llegaba después de las seis, cogía dos integrales y uno blanco, y hablábamos veinte minutos, y cada vez me ponía algo de más.
Una vez le pregunté si no se arrepentía.
«¿De qué?»
«Pues en general».
Galina se lo pensó y dijo que se arrepiente de una cosa: de no haber empezado cinco años antes. De la lupa otra vez ni una palabra.
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