A Galina el calzado se le gasta de otra manera que a Tamara. El tacón entero, la puntera entera, pero la plantilla hundida hasta el cartón y el contrafuerte reventado por dentro: así les pasa a quienes no andan, sino que están doce horas de pie cambiando el peso de un pie a otro.
«¿Panadería?», pregunté mientras extendía el resguardo.
«Panadería. Mi hermana y yo, las dos, en la Zavódskaya».
Harina tenía también en la costura de debajo de la lengüeta, e Ígor dijo después que de ahí no se puede sacar, solo se puede hacer como que se saca. Nos pusimos a hablar del agua, y Galina explicó que la masa se comporta de manera distinta según el mes y que no es por la harina, sino por el agua, y que en invierno del grifo sale otra, y que ella lo nota con las manos antes de verlo en la masa.
«¿Y lo apunta?»
«¿Qué voy a apuntar?»
«Pues qué agua, qué mes, cómo se comportó. Si se acuerda».
Galina me miró y no contestó nada.
Vino una semana después, antes de tiempo. Saqué sus zapatos del estante y los puse en el mostrador, porque hasta la fecha aún faltaban unos días e Ígor no los había tocado. Galina no miró los zapatos. Puso al lado una lupa plegable. Montura de latón, diez aumentos, el cristal sin un solo arañazo, y en la montura ni una huella de dedos.
«Llévesela», dijo Galina.
«No es mía».
«Ni mía. Yo no uso esas cosas y no sé de dónde ha salido». Empujó la lupa hacia mí. «Llévesela usted».
Se lo expliqué como supe: la cosa le había llegado a ella, yo no tengo nada que ver, y dármela a mí no va a funcionar de todos modos. No porque no la vaya a coger. Porque con eso no dejará de ser suya.
«Entonces la tiro», dijo Galina sin ninguna rabia.
«Tírela. Pero mire antes por ella».
Miró. Abrió la lupa, se la acercó a la palma, luego a la manga, luego a la harina de la costura de su propio zapato, que estaba allí mismo, y por la cara vi que había entendido qué era aquello y qué se puede hacer con ello. Durante diez segundos no lo ocultó.
Luego plegó la lupa y la tapó con la mano.
«No», dijo Galina.
«¿Por qué?»
Pregunté en balde, pero de verdad me interesaba.
«Porque me conozco».
Hablaba tranquila, sin ofenderse, y se notaba que ya lo tenía pensado.
«Empezaría por las tardes. Luego los fines de semana. Luego resultaría que eso me importa más que hornear, y Lena sola no puede, tiene dos niños. No digo que no se pueda. Digo que yo no pararía».
No tenía nada que objetar. Y no objeté.
Nos quedamos un rato más. Pregunté si llevaban mucho con la panadería, dijo que seis años, y que los dos primeros años trabajaron las dos sin librar y las dos adelgazaron, y que luego cogieron a una chica para las tardes y se pudo vivir.
«¿Y antes de la panadería?»
«Antes de la panadería estuve en un comedor. Veinte años». Galina cerró el bolso. «En un comedor se está bien, solo que allí no es tuyo. Allí es como te digan».
Guardó la lupa en el bolsillo del delantal, cogió los zapatos, pagó y al despedirse dijo que si Ígor y yo necesitábamos pan para la semana, los jueves hornean más de lo que se llevan, y que hay que ir después de las seis, cuando Lena ya se ha marchado.
Después me acordé de ella muchas veces, pero no aquella tarde. Aquella tarde solo pensé que ahí había una persona que sabe decir que no a tiempo, y que hay pocas así.
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