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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 20. Nikolái Arkádievich

Noviembre es un mes muerto para nosotros. La avalancha de otoño ya ha pasado, la de invierno todavía no ha empezado, la gente termina de gastar lo que arregló en octubre, y al taller entran sobre todo a calentarse y a preguntar si cogemos bolsos. Bolsos no cogemos. Ante quién soy culpable de eso, en doce años no he conseguido averiguarlo.

Aquella semana teníamos las fundas de Velichko, e Ígor se ocupaba de ellas despacio y con gusto; el trabajo no corría prisa, no había que entregarlo el viernes. Tres de las treinta y una fundas no estaban rotas, sino cortadas, y eso le interesaba más que todo lo demás.

«Cortadas desde dentro», me dijo el martes, y me lo enseñó. «Mira. Por fuera la piel está entera, y por el revés hay un corte, y los bordes doblados hacia dentro».

«¿Y eso qué significa?»

«Que cortaron desde dentro». Ígor se lo pensó. «Nada más significa. Solo que no se entiende para qué».

Puso la funda en el banco y volvió a ella dos veces más aquel día.

Yo mientras tanto hacía las cosas habituales de noviembre: repasé el escaparate, tiré dos pares sin reclamar desde el invierno anterior, llamé al hotel por la siguiente partida y apunté para el miércoles a una mujer que quería teñir de negro unas botas claras, aunque eso no lo hacemos y se lo dije, y ella se apuntó de todas formas.

La puerta la oí.

Antes no se oía. La máquina zumbaba de tal modo que a la persona le daba tiempo a llegar al mostrador mientras yo me daba la vuelta, y me había acostumbrado a reconocer a la gente ya de cerca. El motor nuevo funciona en silencio, la puerta se oye ahora desde cualquier sitio, incluso cuando Ígor cose, y los primeros días después de ponerlo daba un respingo.

Entró un hombre mayor con abrigo gris. Se quitó el gorro en el umbral, le sacudió la nieve que ya se estaba derritiendo y se quedó de pie sin acercarse al mostrador.

«Buenas tardes. Venía a ver a Ígor Ilich».

«Está detrás del tabique. ¿Lo llamo?»

«No hace falta si está ocupado. Puedo esperar».

Y de verdad podía. Se sentó en la silla junto a la ventana, se puso el gorro sobre las rodillas y esperó con tanta calma que me dio apuro mi propio ajetreo. Estuve unos cinco minutos extendiendo resguardos y luego no aguanté.

«¿Le apetece un té?»

«No le digo que no».

Nuestro té es malo, de bolsitas, y las tazas son distintas. Le di la del asa desportillada, porque la segunda es de Ígor y la tercera la rompí yo en septiembre.

«Safónov, Nikolái Arkádievich», dijo cuando le puse la taza. «La semana pasada ya vine, solo que entonces él no estaba».

Había estado con él la semana pasada, e Ígor sí estaba, y hablaron, e Ígor me contó aquella conversación esa misma tarde, y yo estaba de pie con el hervidor y no contesté nada. Tampoco esta vez lo corregí.

«¿Viene por calzado?»

«No». Safónov sopló el té. «Trabajé treinta y un años de maestro de formación en el oficio. La escuela número siete, luego el combinado. ¿Sabe usted dónde estaba el combinado?»

«Al otro lado del puente».

«Al otro lado del puente. Ahora hay almacenes».

Contó que antes en los talleres de toda la ciudad se tenían aprendices y que aquello era un puesto aparte y un papeleo aparte: escoger a una persona, ponerse de acuerdo con el maestro, tramitar el traslado, y luego medio año vigilando que no se escapara. Hablaba sin ninguna nostalgia, más bien como de un procedimiento que conoce bien.

«¿Se escapaban muchos?»

«Uno de cada cinco». Lo dijo enseguida, sin pensarlo, y se notaba que esa cifra la había contado. «De los que llevaba yo. Otros tenían más».

Vino una mujer con un zapato, cogí el zapato y extendí el resguardo, y Safónov estuvo todo ese rato sentado, bebiendo té y sin mirarnos, mirando por la ventana, donde no pasaba nada.

«A su padre lo conocí», dijo cuando la mujer se fue.

Ahí es donde tenía que haber llamado a Ígor. Hasta di medio paso hacia el tabique.

«¿A Iliá Nikoláievich?»

«A Iliá Nikoláievich». Safónov asintió como si yo hubiera aprobado un examen, y dejó la taza en el alféizar. «En mi grupo no estuvo, para entonces ya trabajaba. Nos conocimos por otro motivo».

Pregunté por cuál.

«Había posibilidad de trasladarlo. A los talleres de restauración, a piel. Tenía manos, y allí hacía falta justamente alguien». Safónov calló un momento. «Yo entonces me ocupaba de esos traslados, ya se lo he dicho».

Me serví yo también y me senté al otro lado del mostrador, cosa que normalmente no hago, porque desde ahí se está incómoda y no se ve la calle.

«¿Y qué?»

«Y nada. Firmó la conformidad, lo admitieron, y no se presentó».

Detrás del tabique Ígor golpeaba con el martillo, espaciado y sin fuerza, como se golpea cuando se asienta una plantilla.

«A lo mejor cambió de idea», dije.

«A lo mejor. Solo que se cambia de idea antes de la firma». Safónov lo dijo como si resolviéramos juntos un problema. «Por eso mismo no puedo dejarlo estar. En treinta y un años me pasó de todo. Uno no daba la talla, a otro se lo llevaron al ejército, otro se casó y se marchó, a uno lo metieron preso. Todas son historias comprensibles, las tengo en la cabeza cada una en su sitio. Esta no encaja».

«¿Y lleva cuarenta años cargando con ella?»

«Claro que no». Sonrió de medio lado. «Cuarenta años sin acordarme. Y ahora estoy jubilado, no tengo nada que hacer, y todo esto ha salido de golpe».

Sacó del bolsillo interior una hoja doblada en cuatro y la desplegó sobre el mostrador, girada hacia mí.

Una fotocopia de un impreso antiguo, con orla de imprenta. Apellido, nombre, patronímico. La firma, corta, legible, con la I de un lazo largo. La fecha de admisión. Y debajo, con otra letra, a mano: «no se incorporó al trabajo».

La letra era la del padre, y el lazo de la I mayúscula era igual que el de Ígor. Lo vi enseguida y luego no me lo pude quitar de encima en toda la tarde.

«El original está en el archivo de los talleres», dijo Safónov. «Si Ígor Ilich lo necesita, le digo dónde preguntar; allí hay ahora una mujer muy competente».

Estuve mirando la línea «no se incorporó al trabajo» más tiempo del que hace falta para leerla.

«¿Y usted qué quiere, en realidad?», pregunté por fin.

«Entender». Se encogió de hombros como si ese fuera el deseo más corriente del mundo, y probablemente lo sea. «No le reprocho nada al difunto, no vaya a pensar. No creo que estuviera obligado. Simplemente una persona firmó, lo admitieron, y no se presentó, y yo sigo sin saber por qué. A lo mejor lo sabe el hijo».

«El hijo era pequeño».

«Entonces no lo sabe». Safónov se levantó y empezó a abrocharse. «Pues que al menos esté al corriente. Déselo usted, ¿de acuerdo? No voy a andar yo con esto».

El gorro se lo puso ya en la misma puerta, con las dos manos, con cuidado, y salió, y la puerta se cerró despacio detrás de él, como se cierra aquí todo.

La copia se quedó encima del mostrador.

Ígor salió unos diez minutos después, con una funda en la mano, y dijo que ya lo entendía: no habían cortado la funda, sino lo que había dentro de la funda, y habían cortado con prisa, y por eso la hoja pasó de lado a lado.

«Alguien sacaba algo y tenía prisa», dijo. «Hace unos treinta años».

Dije que era interesante.

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