Por la tarde estuvimos decidiendo si íbamos a la boda.
Se casaba el hijo de los Guschin, los del tercer portal, ese al que yo recuerdo en el carrito y a quien Ígor no recuerda en absoluto, porque a la gente del patio no la mira, mira su calzado. La boda era el día ocho, en el comedor de la fábrica, y la invitación nos la trajeron en persona, y eso significa que no se puede no ir.
«No vamos», dijo Ígor.
«Nos han invitado».
«Nos han invitado porque vivimos en el portal».
«Llevamos doce años en el portal».
Suspiró y se puso a comer. Comíamos patatas que yo había frito mal, porque me despisté, y los dos lo notamos y los dos no dijimos nada.
«¿Y qué les regalamos?», preguntó al cabo de un rato.
«Dinero».
«El dinero no tiene gracia».
«El dinero le hace falta a todo el mundo».
«A todo el mundo le hace falta, pero nadie se acordará». Ígor apartó el plato y se puso a razonar, y razona siempre igual, con ejemplos. «A ver, ¿a nosotros qué nos regalaron? Una vajilla en la que no hemos comido ni una vez. Toallas que siguen en el armario sin desdoblar. Y una plancha».
«La plancha era buena».
«La plancha era excelente. La plancha aguantó doce años». Levantó el dedo. «Pues eso, hay que regalar una plancha».
«Ígor, no se puede regalar una plancha en una boda».
«¿Por qué?»
«Porque parece una indirecta».
«¿Una indirecta de qué?»
Ahí no supe qué decir. Nos quedamos un rato, me lo pensé y aun así no supe qué decir.
«No lo sé», dije. «Simplemente no se puede. Todo el mundo sabe que no se puede, y por qué no lo sabe nadie».
Ígor lo tomó como prueba de que tenía razón y dijo que entonces él tampoco sabe nada, y que si nadie lo sabe, entonces sí se puede. Discutimos unos veinte minutos. Dije que si regalaba una plancha, yo anunciaría a todos que era solo de su parte, y él dijo que así tenía que ser, porque la idea era suya. Acabó en que decidimos dar dinero en un sobre y poner encima una tarjeta, y la tarjeta me la encargó a mí, porque él tiene una letra.
Luego se fue a ver el fútbol y lo comentaba en voz alta, aunque no había nadie en la habitación.
El bolso colgaba del gancho del recibidor.
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