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REX WANG Y STYX

Capítulo 83. La decisión de quedarse

La primera crisis invernal llegó seis meses después.

Un lagarto del trueno apareció ante la muralla norte. Desde la sala del archivo, Kane Li ofreció un sello y prometió desviar a la bestia en un minuto.

Una parte del Consejo estuvo de acuerdo.

El miedo no había desaparecido.

En vez de recurrir al sello, Mira revisó los cálculos, los tintoreros prepararon los canales calientes y los capitanes de enjambre accedieron a cegar al lagarto con humo. El primer plan fracasó: el viento cambió y la bestia se dirigió hacia el barrio residencial.

El sargento Cole solicitó una decisión a los dos sectores más cercanos. Uno exigía cerrar las puertas interiores y abandonar la calle exterior. El otro ya estaba evacuando a los habitantes y pedía mantener abierto el paso otros diez minutos.

El Consejo no tenía tiempo de reunirse.

Taya comunicó la dirección del viento, Mira advirtió que en la enfermería solo había sitio para veinte heridos graves y Leon propuso usar al pequeño dragón para abrir una brecha breve. La bestia se negó a acercarse al lagarto del trueno.

Leon no se lo volvió a pedir.

Dos sectores de la muralla no esperaron una decisión conjunta. Unos inundaron el foso; los otros desmontaron el revestimiento de piedra y crearon un paso falso hacia el río.

El tercer sector abrió el almacén y repartió capas ignífugas entre los habitantes sin la firma del Consejo. En el registro anotaron el nombre del responsable de guardia y el número exacto de capas que faltaban. Nadie lo llamó un sistema perfecto.

La operación duró seis horas y costó dos torres.

La Corona lo habría resuelto más deprisa.

La ciudad lo resolvió sola.

Cuando regresé a la enfermería, el módulo de Styx estaba vacío. En la nieve, al otro lado de la ventana, se distinguían unas huellas diminutas.

Lily y yo la encontramos en el borde exterior de la muralla oeste. El ala artificial yacía a su lado. De la espalda le había brotado una de verdad, pequeña e incolora.

Al otro lado de la muralla esperaba el mismo capitán independiente. Un enjambre rojo y libre sobrevolaba el campo.

Lily no encendió el transmisor.

Styx rozó al capitán con las antenas y alzó el vuelo tras él. En las Tierras Salvajes tenía congéneres y un lugar donde nadie recordaba a la Reina. En la ciudad quedaban el tratamiento, las expectativas y un hombre que un día había decidido que nadie podría arrebatársela.

No la llamé.

Abrí la palma.

Styx trazó un círculo sobre la muralla y voló hacia el exterior. El punto rojo se hizo cada vez más pequeño hasta desaparecer en el campo invernal.

Pasó un minuto.

Bajé la mano.

Styx se posó en mi muñeca.

No había vuelto a mi palma. Caminó por voluntad propia hasta los dedos abiertos y plegó las alas.

Ninguna voz anunció su rango. No percibía sus pensamientos ni sabía si seguiría allí al día siguiente.

A nuestra espalda quedaban las Tierras Salvajes. Delante se abrían las puertas de la ciudad y el camino a casa.

Eché a andar con la mano abierta, procurando no cerrarla.

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