El despacho de Hartmann olía a tiza, a papel viejo y a café frío. En el alféizar se apilaban trabajos corregidos, con anotaciones rojas en los márgenes, y sobre la mesa colgaba una única fotografía: una promoción cualquiera de hacía veinte años, caras grises, chaquetas grises. No había diplomas: la gente que tiene algo que demostrar cuelga diplomas; Hartmann colgaba fotografías de alumnos.
Cerró la puerta, se apoyó en la mesa y nos miró un buen rato a los dos, como se mira un problema cuya solución no gusta de antemano.
«Voy a hacer una sola pregunta», dijo. «No necesito ni poesía ni pánico. ¿Recibió alguno de ustedes ayuda indebida en exámenes o trabajos evaluados anteriores?»
Julian me miró. Dentro de mí salió a flote todo aquello a lo que durante años no había querido dar nombre: la fórmula susurrada en un pasillo; la tarjeta con la plantilla; el recordatorio «casual» junto a la puerta del aula; la tesis retocada en el recreo. Nunca nos pasamos respuestas ya preparadas. Yo me decía que aquello era apoyo. Pero el apoyo durante un examen es un puente por encima de las reglas, mientras los demás cruzan a pie por el agua.
Abrí la boca. Julian se me adelantó:
«No.» Se le puso la mandíbula de piedra. «Klara me ayudaba a prepararme. Eso es todo.»
«A prepararse», repitió Hartmann sin expresión alguna. «Tres años. Todos los días. Gratis.»
«Somos amigos.»
«No he preguntado quiénes son. He preguntado qué ocurrió en los exámenes y los trabajos evaluados.»
«Nada», dijo Julian con más firmeza de la que convenía.
Hartmann volvió la mirada hacia mí:
«¿Mohr?»
Si confesaba cuántas veces habíamos borrado los límites, arderíamos los dos. Mentir significaba volver a encubrirlo. Callar, quedarme para siempre con diecisiete años.
«Llevo años ayudando a Julian a estudiar fuera de los exámenes», dije con cuidado. «Y demasiadas veces he estado a su lado durante las semanas de exámenes. No volverá a ocurrir.»
En el despacho se hizo el silencio. Fuera, alguien cruzó el patio y la nieve crujió. Hartmann me miró un buen rato, no como se mira a una infractora, sino como a una formulación que se pone a prueba para ver si aguanta. Entendió exactamente lo necesario y, según me pareció, no quiso suponer nada más allá de mis palabras.
«Suficiente», dijo. «Un talento que no se sostiene sin apoyos secretos tarde o temprano cae ante todos.»
Julian se estremeció. Hartmann se volvió hacia él:
«La denegación de la candidatura se puede recurrir: un dosier de beca completo, dos semanas, por su cuenta. Por su cuenta significa sin ayuda de Mohr, sin ayuda de los Ahlenberg y sin milagros de pasillo. ¿Queda claro?»
«Sí», dijo Julian entre dientes.
«¿Y usted, Mohr?»
«Sí.»
«Siga escribiendo como hoy. Y deje de pedir perdón con la postura.»
No se me ocurrió qué responder. Ya en la puerta me alcanzó su última frase, que no era para mí, sino para los dos:
«Y una cosa más. Una amistad en la que siempre es el mismo el que está en deuda se llama de otra manera. En mi despacho pueden pensar qué nombre tiene. En el pasillo se lo desaconsejo: allí se oye todo.»
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