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MI CUADERNO ME PERTENECE

Capítulo 6. No me toques

Al otro lado de la puerta del despacho, Julian me agarró de la muñeca. No con brutalidad, simplemente de golpe. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza: me solté y retrocedí con tal violencia que me di con el hombro en la pared. A él se le agrandaron los ojos.

«Klara, yo no…»

«Te he dicho que no.»

Bajó la mano despacio. Al fondo del pasillo alguien se paró a mirar; dos alumnos pequeños fingieron estudiar el tablón de anuncios, donde no había nada más que el horario del comedor. Charlotte estaba junto a la escalera, mirando, inmóvil, como se mira desde un palco. Julian bajó la voz:

«Me estás humillando.»

«No. Es que ya no lo consiento.»

«Suena a venganza.»

«Es instinto de conservación.»

«¿Qué quieres decir con eso?»

«Que recupero la parte de mi vida que dediqué por completo a ti.»

Me miró desconcertado, desconcertado de verdad. Así mira alguien a quien le han quitado el pasamanos de la escalera de siempre:

«Yo creía que éramos amigos.»

La palabra «amigos» sonó blanda, y por eso fue todavía peor. En mi primera vida viví por ella. Explicaba cualquier desequilibrio: los amigos se echan un cable, los amigos perdonan, los amigos comprenden si uno necesita más. Los amigos no llevan cuentas. Esto último resulta especialmente cómodo de repetir para quien siempre sale ganando.

«Había algo entre nosotros – dije –. No estoy segura de que fuera amistad.»

Se le oscureció la cara. Charlotte se acercó y lo cogió del brazo, con el gesto de una dueña que recoge un objeto en disputa:

«Vámonos, Julian. No hace falta suplicarle a la que sueña con tu fracaso.»

No debería haber dolido. Pero la memoria no pide permiso: recordaba demasiado bien cómo la había elegido a ella en aquella vida, bajo las lámparas de araña, entre los flashes de los fotógrafos, con la aprobación de gente para la que el amor resulta más convincente con dinero. En esta vida la herida se abrió fresca. Julian se volvió a mirarme una sola vez y se fue con ella.

Me quedé pegada a la pared contando respiraciones hasta que el pasillo se vació. El hombro me palpitaba. En algún piso de arriba dieron un portazo, se rieron. El instituto seguía viviendo y le daba igual que junto a esa pared acabara de terminarse una costumbre de diez años.

A mi lado apareció Hanna:

«Ha sido asqueroso.»

«¿Pasa a menudo?»

«¿El qué exactamente?»

«Todo esto. En conjunto.»

Se lo pensó mientras se colocaba las gafas:

«¿Con él? Siempre. Lo que pasa es que antes estabas tú al lado y no se notaba.» Hanna señaló mi bolsa con la barbilla: «Vamos al comedor. Después de las escenas públicas hay que comer, es fisiología. Lo he leído.»

«Tú lo has leído todo.»

«Todo no. El reglamento del comedor, cuatro veces; lo demás, una vez cada cosa.»

Así fue como Hanna Berger se convirtió en mi amiga: no por un rescate dramático, sino porque nos unió un asco sincero. Las tortitas de requesón, sorprendentemente comestibles aquel día, también ayudaron.

Y al día siguiente, en nuestra vieja mesa de la biblioteca, apareció un borrador. Al lado había un bolígrafo rojo, como si la costumbre por sí sola pudiera poner mi mano en movimiento.

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