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EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 7. La disposición

Tardamos dos días en colocar las sillas.

Al principio quise disponerlas en círculo, para que nadie quedara en la primera fila, en la última ni fuera esa persona que no deja de mirar nucas ajenas. El círculo no cabía. O, mejor dicho, cabía perfectamente si cerrábamos los dos pasillos laterales y aceptábamos que, en caso de incendio, los espectadores saldrían del arte por el techo.

Stas trajo una cinta métrica, cinta adhesiva roja y una copia impresa de las normas contra incendios, con el apartado pertinente rodeado a bolígrafo.

«Un metro entre las filas», dijo. «El pasillo principal, un metro veinte.»

«Esto no son filas.»

«Entonces, un metro entre las no filas.»

Vera estaba sentada en la primera fila con el registro de consentimientos. Ariadna mostraba en pantalla únicamente las restricciones: dos sitios cerca de la salida derecha, cuatro sin luz directa, uno con espacio para colocar al lado una silla de ruedas plegable y tres alejados de los paneles acústicos. Los nombres seguían ocultos. El resultado no era un círculo ni un patio de butacas, sino varios islotes entre los que se podía pasar sin pisar la historia de nadie.

La forma no me gustó hasta que se me ocurrió llamarla archipiélago.

«El archipiélago del consentimiento», dije.

«¿Eso aparecerá en el cartel?», preguntó Vera.

«De momento, no.»

«Entonces podremos vivir con ello.»

Dispuse una iluminación baja y lateral. Vistas desde el patio de butacas, las sillas vacías proyectaban largas sombras en el suelo, y cualquiera que saliera entre ellas se convertía de inmediato en protagonista. Era necesario para el encuentro entre desconocidos y, por casualidad, me favorecía.

Probamos la disposición con gente del teatro. Timur se sentó por turnos en los cuatro grupos e indicó desde cuáles se veían el escenario, el terminal y la nuca de Lidia Pávlovna. Lidia Pávlovna hizo el mismo recorrido detrás de él e indicó dónde había corriente. Sus observaciones solo coincidieron junto a la salida lateral: desde allí se veía mal el escenario y la corriente era magnífica.

Probamos el espacio para la silla de ruedas con un perchero móvil de vestuario. Raya colgó seis abrigos para darle un peso realista e intentó hacerlo pasar entre los islotes. En el segundo giro, la manga de un abrigo largo de hombre se enganchó en la silla que llevaba mi nombre y tiró de ella.

«Pasa», dije mientras soltaba la manga.

«El abrigo pasa», respondió Raya. «El perchero se queda.»

Tuvimos que separar dos islotes y eliminar otra zona de luz intensa. La composición empeoró, pero el perchero llegó a su sitio, giró y regresó sin llevarse ninguna silla. Vera pidió que se conservara ese recorrido en el plano.

«No vamos a tener ningún perchero», le recordé.

«Pero puede venir alguien que no pueda engancharse una manga y ponerse de pie.»

Después de aquello, la luz dejó de ser la principal restricción. Seguí trabajando en ella durante otra hora, pero ya entendía el orden de las causas y por eso me esmeré más: cuando la belleza cede ante la necesidad, uno quiere al menos hacerlo de una forma bella.

Ariadna pidió que elimináramos la zona de luz intensa junto al lateral izquierdo del proscenio.

«Ahí empieza el movimiento», objeté.

«Ahí está el sitio de una persona que ha prohibido que la iluminen.»

«Todavía no ha venido.»

«La condición ya ha llegado.»

Kolia, el técnico de iluminación, quitó el filtro y murmuró que antes al menos las condiciones no llegaban tarde a los ensayos. Le ordené que se guardara aquel pensamiento, pero lo bastante alto para que los demás lo oyeran: la compañía debía entender dónde terminaba la broma de trabajo y empezaba la mía.

La silla con mi nombre acabó en el grupo junto al telón de fondo. La inscripción miraba hacia la pared.

«Le daremos la vuelta», dije.

«Entonces quien se siente dará la espalda a todos», observó Vera.

«Pero quedará claro que no es un sitio elegido al azar.»

«Liónia, el sitio sí está elegido al azar. La silla salió de tu despacho.»

Cubrí el respaldo con una tela gris. Así oculté el nombre, pero la silla se convirtió en la única cubierta y, por tanto, aún más en la mía. Tuve que quitar la tela y resignarme a que mi apellido pasara el encuentro de cara a la pared.

Al anochecer del segundo día, la disposición por fin cobró forma. Cuatro grupos, dos pasillos despejados, un rincón tranquilo, espacio para una silla de ruedas y una pequeña zona en el centro donde se podía estar de pie sin quedar por encima de quienes estuvieran sentados. Recorrí tres veces el itinerario, comprobé la luz desde cada islote y ya iba a dejar marchar a la compañía cuando en el terminal apareció una línea amarilla.

«Se ha retirado un consentimiento», dijo Ariadna. «Quedan treinta y seis invitaciones activas.»

«¿Hoy?»

«Hace tres minutos.»

«¿La persona sabe que hemos terminado de colocar las sillas?»

«No.»

«Muy sensato por su parte.»

Me acerqué a la silla del extremo del grupo de la derecha.

«Quitaremos esta.»

«Es el sitio más cercano a la salida», dijo Ariadna. «Esa condición sigue vigente para otra invitación.»

«Entonces una del grupo del fondo.»

«Allí siguen vigentes tres restricciones acústicas.»

«¿Cuál podemos quitar?»

En el plano se apagó la silla situada cerca del centro, la misma en torno a la cual había dispuesto la iluminación. No tenía ninguna condición específica. Sostenía la composición.

Kolia me miró y apagó el foco por anticipado.

Nos llevamos la silla. En el suelo quedó un rectángulo de polvo claro y cuatro tiras de cinta adhesiva roja junto a las patas. Quise mover los sitios contiguos para cerrar el hueco, pero Ariadna pidió que no tocáramos nada: las invitaciones ya se habían enviado con el plano de los pasillos.

«No podemos dejarlo así», dije. «Se nota que falta algo.»

«En efecto, falta algo.»

Vera despegó la cinta del suelo y la enrolló hasta formar una bolita roja.

«Ve acostumbrándote», dijo.

Las respuestas fueron llegando durante toda la tarde. Una persona aceptó y pidió que no se dirigieran a ella por su nombre. Otra quería saber si habría periodistas. Una tercera escribió que solo podía ir después de las cinco porque antes tenía que recoger a su nieta. Una cuarta preguntó si había que mostrar algo. Ariadna respondía conforme a las normas, Vera revisaba las formulaciones y yo intentaba averiguar cuál de aquellas personas se convertiría en el centro del encuentro.

«No se ha designado ningún centro», dijo Ariadna.

«Surgirá de todas formas.»

«Entonces lo veremos después.»

«Después puede verlo cualquiera.»

«Antes del encuentro no disponemos de información suficiente.»

Caminé entre las sillas y elegí a la mujer sin nombre que había pedido que no la iluminaran. Decidí que sería la protagonista. Después elegí al hombre de la nieta: alguien capaz de llegar tarde por una razón justificada siempre aporta el ritmo adecuado. Al cabo de media hora ya tenía cinco protagonistas.

Vera estaba sentada en el borde del escenario, tachando de la lista a quienes habían rechazado que se hicieran fotografías.

«¿A quién estás eligiendo?», preguntó.

«De momento, observo las posibilidades.»

«Tienes la misma cara que cuando repartes los papeles.»

«Vera, aunque no sean actores, el encuentro tiene una composición.»

«Sí. Pero ellos todavía no la han autorizado.»

Me enseñó el formulario de consentimiento para participar en el escenario. Había cuatro opciones: mirar, hablar desde el sitio, salir al escenario tras una invitación individual o proponer una acción por iniciativa propia. No se podía convertir a un espectador que guardaba silencio en figurante solo porque estuviera bien situado bajo la luz.

Leí dos veces el formulario. Después eliminé de la introducción la frase «cada uno de ustedes ya forma parte de la función». Era bonita y tenía un apetito jurídico voraz.

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