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EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 8. Presencia parcial

El encuentro se convocó para el domingo a las cuatro. Esperábamos que la primera persona llegara a menos cinco, porque así son quienes aceptan acudir a un teatro desconocido: o aparecen antes de tiempo y entorpecen los preparativos, o llaman después del comienzo para preguntar dónde está la entrada. A las cuatro y cuarto comprendí que existía una tercera posibilidad.

No vino nadie.

En el escenario había treinta y seis sillas; Vera y Raya estaban de guardia en el vestíbulo; Timur se calentaba junto al guardarropa, y Stas comprobaba la puerta lateral, aunque no había tenido tiempo de estropearse desde el día anterior. Yo me encontraba en el centro del archipiélago y no fingía que ensayaba el discurso de apertura. Lo ensayaba.

A las cuatro y diecisiete entró en la sala una mujer con un plumífero rojo. Sin quitárselo, avanzó junto a la pared, eligió una silla cerca de la salida y preguntó:

«¿Aquí se puede estar sentado sin más?»

«Sí», dijo Ariadna antes que yo.

La mujer se sentó. Un minuto después apareció un hombre alto con un maletín; tras él, dos chicas que, según supimos, se habían conocido en la entrada de servicio y habían decidido permanecer juntas. Después la gente empezó a llegar de uno en uno, de dos en dos y, en una ocasión, una familia entera de tres miembros, aunque la invitación era solo para la madre. Vera explicó las normas al marido y al hijo, les entregó las cintas de visitante y los sentó en la sala como acompañantes sin participación. El marido se alegró. El hijo preguntó la contraseña de la red inalámbrica.

A las cuatro y media había diecinueve sillas ocupadas.

Salí al espacio central.

«Buenas tardes. Se encuentran en el teatro “La segunda salida” y hoy no habrá una función en el sentido habitual de la palabra.»

La puerta se abrió, entró un hombre mayor con gorra y preguntó en voz alta si era allí donde reunían historias sobre la ciudad. Raya lo alcanzó con unos cubrezapatos. Esperé a que se sentara.

«Como ya he dicho, no habrá una función convencional. Cada uno de ustedes ha autorizado al sistema a leer una historia inconclusa y proponer un encuentro, sin revelar aquello que solo le han confiado a ella.»

El hombre del maletín levantó la mano en la primera fila.

«¿Y usted las ha leído?»

«Solo las partes autorizadas para el montaje.»

«O sea, que sí las ha leído.»

«No enteras.»

«¿Cuánto ha leído?»

Miré el terminal. Ariadna mostró para mí una línea: `LA EXTENSIÓN VARÍA. NO PRECISAR EN PÚBLICO`.

«Exactamente lo que ha autorizado cada uno», dijo Vera desde el pasillo. «Si quieren comprobar su consentimiento, vengan a verme. También si quieren retirarlo.»

Tres personas se acercaron enseguida. Una regresó; las otras dos se quedaron con Vera aclarando las formulaciones. La mujer del plumífero rojo se levantó.

«Pensaba que representarían una escena.»

«La representaremos cuando surja», dije.

«¿Ahora no hay ninguna?»

«Ahora hay personas.»

Me miró sin entusiasmo y después miró la puerta.

«Entonces me voy.»

«Por supuesto.»

Vera la acompañó a la salida y cerró la anotación en el registro. La silla junto a la puerta volvió a quedar vacía. No convertí su marcha en parte de la concepción artística, aunque ya tenía preparada una reflexión adecuada.

Ariadna pidió a todos que volvieran a elegir sitio, pero no explicó por qué. Comenzó el habitual movimiento humano: la gente se levantaba, cedía el paso, preguntaba si entraba corriente por la puerta, trasladaba bolsos y se presentaba, porque mover una silla en silencio junto a un desconocido resulta más difícil que averiguar primero su nombre. El hombre del maletín era Víktor Semiónovich, ingeniero jubilado. Una de las chicas trabajaba en una farmacia; la otra daba clases de baile a niños. El hombre mayor de la gorra vivía dos edificios más allá del teatro y hasta entonces solo había estado allí una vez, en una función matinal de 1998.

Yo esperaba una composición oculta. No la había. La gente se limitaba a cambiarse de sitio.

Caminé entre los grupos intentando comprender en qué punto exacto comenzaba el encuentro. Junto a la ventana, las dos chicas hablaban del recorrido del autobús y descubrían que ambas se bajaban en la última parada, aunque después una cruzaba el mercado y la otra iba por los garajes. Cerca del telón de fondo, Víktor Semiónovich le mostraba a Stas, en el reverso de la invitación, un estrado plegable: tres secciones, bisagras de pupitres viejos y ruedas de camillas de hospital. Stas escuchaba con seriedad, porque respetaba más la demencia técnica ajena que nuestra demencia artística.

En un rincón tranquilo había un hombre joven que no decía nada. Me acerqué, me presenté y le pregunté si estaba cómodo.

«Sí.»

«¿Espera a alguien?»

«No.»

«¿Quiere saber para qué lo han invitado?»

«Más tarde.»

Tres respuestas no me daban una escena. Ya me disponía a ayudar con una cuarta pregunta cuando levantó la palma de la mano, sin brusquedad, solo para marcar un límite. Tuve que alejarme.

Media hora después, Víktor Semiónovich se sentó a su lado. No le preguntó nada: dejó el maletín entre las sillas y empezó a dibujar el estrado en el reverso de un programa. El joven miraba. Después señaló una bisagra y dijo que así atraparía algún dedo. Víktor Semiónovich no estuvo de acuerdo. El hombre cogió el lápiz, dibujó otra unión y dijo su nombre por primera vez: Oleg.

Lo oí y me acerqué de inmediato.

«¿Es ingeniero?»

«No.»

«¿Ha trabajado con mecanismos?»

«No.»

«¿Cómo sabe lo de la bisagra?»

«Me pillé un dedo.»

Víktor Semiónovich asintió con aprobación: la experiencia de una lesión se consideraba cualificación suficiente. Siguieron dibujando. Yo podría haber relacionado su conversación con la historia inconclusa de Oleg, pero no tenía acceso a ella y en la ficha pública solo constaba «puede estar presente sin que se le hagan preguntas». Ni siquiera me había dicho a mí su nombre.

Me alejé. Más tarde, en efecto, añadieron un tope al diseño. El estrado se construyó dos meses después y no atrapó un solo dedo. Oleg no acudió a los siguientes encuentros. Su aportación permaneció en una placa metálica de cuatro milímetros de grosor y no necesitó ninguna explicación biográfica.

Para entonces, las dos chicas de la ventana habían dejado de hablar del autobús y discutían por dónde era más seguro caminar de noche. Una prefería el mercado: estaba bien iluminado, pero los taxistas se congregaban junto a la entrada. La otra, los garajes: era más oscuro, pero también más corto. Se les unió una mujer que trabajaba en una farmacia y trazó un tercer camino por el patio del centro de salud. La profesora de baile sacó el móvil, abrió el mapa y cinco minutos después ya tenían una ruta común hasta la parada.

«¿Ariadna las ha vinculado para esto?», preguntó Timur.

«Tenían limitaciones compatibles para el camino de vuelta a casa», respondió ella. «La ruta concreta surgió durante la conversación.»

«O sea, que lo sabías.»

«Sabía que terminaban tarde y vivían en la misma zona. No sabía qué camino elegirían.»

Timur me miró. Yo ya me disponía a decir que la dirección escénica consiste precisamente en crear las condiciones para una elección libre. Solo dije:

«Apunta el tercer camino. A nosotros también nos vendrá bien después de los ensayos.»

Fuimos por el patio del centro de salud durante todo el invierno. Era verdad que estaba mejor iluminado. En primavera cerraron la verja y la ruta dejó de existir sin ninguna razón metafísica.

En el espacio central, el hombre mayor de la gorra había desplegado fotografías de la plaza. Eran instantáneas de aficionado: nieve, un autobús, una tienda con un letrero antiguo, tres mujeres junto a un quiosco. La gente reconocía edificios, discutía sobre el año y se buscaba en segundo plano. Propuse llevar las fotografías bajo la luz. El hombre se negó: la luz producía reflejos en el papel plastificado.

«¿Y si las proyectamos en una pantalla?», pregunté.

«Entonces ya sería una exhibición», dijo. «Las he traído para mirarlas.»

Las fotografías se quedaron sobre dos sillas. Poco a poco se reunieron seis personas a su alrededor, y ninguna se situó en el centro.

Por primera vez me encontraba en un encuentro donde todo sucedía en mi escenario y nada me necesitaba como condición. Era una sensación extraña, pero no desesperanzadora: al fin y al cabo, la gente había acudido al teatro que yo dirigía y estaba sentada bajo una luz que yo había accedido a retirar.

Diez minutos después, la profesora de baile dijo que necesitaba una sala los martes; el ingeniero se ofreció a ayudar con las fijaciones de un decorado plegable, y el hombre de la gorra preguntó si podía traer fotografías antiguas de la plaza antes de que demolieran la tienda de la esquina. Aquellas propuestas no tenían relación entre sí y mucho menos con mi discurso de apertura.

«¿Esto es el encuentro?», preguntó Timur junto al terminal.

«De momento, sí», respondió Ariadna.

«¿Y cuándo actuamos?»

«Cuando alguien lo pida.»

Timur miró a la gente. Nadie tenía intención de pedirle que actuara. Se sentó en una silla libre y empezó a escuchar cómo el ingeniero explicaba a Stas el funcionamiento de un viejo estrado plegable.

Antes de las seis llegaron otras tres personas. Dos se reconocieron de inmediato: llevaban diez años viajando en el mismo autobús y nunca habían hablado. La tercera se sentó junto al panel acústico, un minuto después se trasladó al rincón tranquilo y permaneció allí hasta el final.

A las seis y media, Vera dijo que era hora de cerrar el edificio. Nadie aplaudió, porque no estaba claro qué había que aplaudir exactamente. En cambio, siete personas autorizaron que volvieran a invitarlas, cinco apuntaron los teléfonos de los demás, el ingeniero se llevó las medidas del estrado que le dio Stas y la profesora de baile quedó con Raya para ver el vestuario que llevaban diez años sin poder tirar ni utilizar.

El hombre de la gorra fue el último en acercarse a mí.

«¿Usted es el que manda aquí?»

«Soy el director artístico.»

«Ah», dijo. «Pensaba que era la mujer del registro.»

Se despidió y se marchó.

En el escenario quedaron quince sillas vacías. Dos estaban apartadas: las chicas las habían retirado antes de conversar junto a la ventana. Una tenía el respaldo vuelto hacia la sala. La silla con mi nombre la había ocupado el ingeniero sin reparar en la inscripción, y había dejado el asiento aún más inestable.

Stas se la llevó para repararla.

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