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EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 12. El caso cerrado

Al día siguiente, el teatro solo abrió a medias. La sala principal permaneció cerrada hasta que se revisara la ventilación y el ensayo se trasladó al vestíbulo, donde los actores representaban un matrimonio tardío entre el guardarropa y el expositor de carteles. No había sitio para colocar la escalera y, sin ella, la escena se volvió inesperadamente más clara.

El contratista llegó a las diez y Misha, a las once. Pasaron mucho tiempo tratando de averiguar quién había añadido exactamente el conducto de aluminio, hasta que Stas les enseñó una fotografía de la instalación: los dos aparecían sujetándolo. A partir de entonces, la discusión perdió su alcance histórico y pasó a centrarse en las herramientas.

El compañero de Andréi Petróvich revisó las salidas, el letrero y la ventilación. Confirmó las deficiencias preliminares, no impuso ninguna multa y concedió cinco días para presentar el plano y repetir las mediciones. Al anochecer habían retirado el conducto y limitado la potencia de los armarios de servidores, por lo que Ariadna respondía con unos segundos de retraso.

La utilidad del resultado era evidente. Si Sazónov no hubiese recorrido la escena haciendo de viento, habríamos seguido apilando sillas junto a la puerta de emergencia y recalentando el antiguo sistema de extracción con el equipo nuevo. Se lo repetí a Ariadna durante la sesión nocturna.

«Las deficiencias no se han subsanado por completo», dijo. «La nueva inspección será dentro de cinco días.»

«Pero se ha detectado el peligro.»

«Sí.»

«Entonces la invitación ha funcionado.»

«El resultado de trabajo se conserva. La vinculación personal ha sido eliminada.»

«Habla como si una cosa no pudiera justificar la otra.»

«No puede.»

Debido a la potencia limitada, sus respuestas llegaban un poco más tarde de lo habitual. Al principio, eso les confería solemnidad; después me acostumbré y dejé de tener tiempo para atribuir a las pausas el sentido que me convenía.

«He cometido un error», dije.

«¿Cuál?»

«He contado más de la cuenta.»

«Eso describe la cantidad, no la acción.»

«He revelado un dato personal sin autorización.»

«¿A quién?»

«A los participantes en el debate.»

«¿Cuántas personas lo oyeron?»

Hice el recuento. Siete participantes, incluido Víktor Semiónovich; Vera, Stas, Raya, Timur, Lidia Pávlovna y otros cuatro actores. Kolia estaba con las luces, pero salió a buscar una herramienta antes de que yo pronunciara la frase. Dieciséis en total.

«Dieciséis.»

«¿Qué consecuencias hubo?»

«Andréi Petróvich se marchó.»

«Ya tenía intención de marcharse después del debate.»

«Retiró su consentimiento.»

«¿Qué más?»

«Prohibió que se volviera a contactar con él.»

«¿Qué más?»

Miré la línea roja conservada en el registro. Debajo figuraban la hora, el número de mi llave y una nota automática que indicaba que el incumplimiento lo había cometido el titular del canal.

«Convertí su historia en una prueba.»

«¿De qué?»

«De que usted había visto en él más que los demás.»

«¿Por qué necesitaba demostrarlo?»

«Dijeron que su instrucción era aleatoria.»

«La instrucción podía haber sido aleatoria y aun así ofrecerle una elección.»

«No fue aleatoria.»

«Utilizó la historia de otra persona para demostrar mi especial precisión, y consideró mi precisión una prueba de nuestro vínculo especial.»

Era una frase larga para Ariadna. La pronunció sin errores ni pausas, como si la hubiera preparado antes, mientras yo aún me explicaba a mí mismo lo ocurrido.

«Cree que lo hice por mí.»

«Por usted y por mí. Eso no reduce el daño.»

Por la tarde, Vera celebró una sesión de análisis con la compañía. Nos sentamos en el vestíbulo porque estaban inspeccionando la sala. Sobre la mesa había tres tarjetas: información pública, acceso para la preparación y autorización para el uso público. Vera propuso que cada uno eligiera un caso teatral que conociese y lo clasificara por niveles.

Lidia Pávlovna escogió su propia operación de rodilla. La compañía sabía que después había actuado sentada durante seis meses, a los espectadores se les había informado de un cambio en la composición del papel y en el programa habían escrito «nueva versión del movimiento escénico».

«¿Qué es privado en este caso?», preguntó Vera.

«El diagnóstico», dijo Lidia Pávlovna. «Y cómo iba al baño.»

«¿Qué puede saber el director?»

«Las limitaciones. No puede contarle al público a qué se deben.»

Timur escogió el divorcio de sus padres porque lo había utilizado una vez en una prueba de acceso y, desde entonces, lo consideraba material teatral. Vera preguntó si eso significaba que yo podía contarle la historia a un periodista. Timur primero dijo «pues no»; después miró un buen rato la tarjeta roja y añadió:

«Si lo autorizo expresamente.»

Stas se negó a dar un ejemplo. Vera dejó constancia de la negativa y pasó al siguiente. Tardó menos de diez segundos y explicó más de la mitad del protocolo.

Yo también tenía que mencionar un caso. Elegí mi marcha con Ariadna: la información ya era pública, había aparecido en el periódico y no había nada que ocultar.

«¿Y la conversación de Vera en la cocina?», preguntó Lidia Pávlovna.

«¿Cuál exactamente?»

«Eso es. Ya no es todo público.»

Durante la sesión nadie se rio de mí. Eso la hizo más desagradable y más útil.

«Puedo disculparme.»

«Puede. Él no autorizó que se volviera a contactar personalmente con él a través del sistema.»

«Tengo su teléfono de trabajo.»

«Entonces volverá a utilizar su cargo para eludir una negativa.»

Desplacé el taburete. Los dos centímetros que lo había movido la primera noche ya se habían convertido en su sitio permanente; las patas habían dejado cuatro marcas claras en el suelo.

«¿Y qué hago ahora?»

«Dejar constancia de todas las consecuencias.»

«No me refiero al protocolo.»

«Yo sí.»

En la pantalla se abrió un campo vacío. En la parte superior ponía: `DESCRIBA EL DAÑO CON SUS PROPIAS PALABRAS`.

Escribí: «Andréi Petróvich ha retirado su consentimiento y no volverá».

«Eso no es todo», dijo Ariadna.

Borré la frase y empecé de nuevo.

El registro completo me llevó cuarenta y siete minutos. Consigné los dieciséis testigos, la eliminación automática de la vinculación, el consentimiento suspendido de la mujer de la primera fila, la limitación de acceso impuesta por otro participante y el futuro encuentro que había desaparecido del calendario. Ariadna me pidió que indicara por separado los beneficios que no podían registrarse como justificación: la salida despejada, el letrero y la ventilación.

«¿Para qué incluir los beneficios, si no anulan nada?»

«Para que el protocolo no convierta el daño en el único resultado.»

«Pero acaba de impedirme que los use como justificación.»

«La diferencia entre describir y justificar está en el lugar que ocupa la causa.»

Anoté los beneficios en un campo distinto. No había ninguna flecha que los conectara con el incumplimiento.

Después abrí el correo y empecé a escribirle a Andréi Petróvich. Escribí: «Comprendo que no tenía derecho a…». Borré «comprendo», porque lo había comprendido después. Escribí: «Le ruego que acepte mis disculpas…». Borré el ruego de que las aceptara. Escribí: «No volveré a dirigirme personalmente a usted…» y descubrí que, para prometer que no me dirigiría a él, ya lo estaba haciendo.

«Puede enviarse una notificación administrativa sobre el cierre del registro», dijo Ariadna. «Sin ningún texto personal.»

«Eso es cobardía.»

«Eso es respetar la retirada del consentimiento para volver a contactar.»

La notificación se envió automáticamente. Tenía cuatro líneas y ninguna hablaba de mí.

Cinco días después, el compañero de Sazónov aprobó el nuevo plano de ventilación. El teatro recibió la orden de cambiar el letrero y retirar definitivamente las sillas de la salida. Andréi Petróvich envió a Stas un correo breve con dos observaciones sobre las medidas. Vera figuraba en copia. Yo no.

Stas imprimió el correo y lo pegó junto al cuadro eléctrico.

«¿Está enfadado con nosotros?», pregunté.

«Ha pedido que corrijamos una medida.»

«Eso ya lo veo.»

«Entonces, ¿qué más buscas?»

No había nada más en el correo. Corregimos la medida.

Después de la segunda inspección, reabrieron la sala. La primera en entrar fue Liudmila Andréievna con la fregona; la segunda, Vera con una carpeta; el tercero fui yo. Stas todavía estaba fijando el letrero y de la nueva ventilación llegaba una corriente fría. En el suelo quedaban las marcas de la cinta roja de las treinta y siete sillas, el rectángulo del panel retirado y una zona clara donde la escalera había permanecido dos días.

«Hay que limpiarlo todo», dijo Liudmila Andréievna.

«Deja la cinta», le pedí. «Es el esquema del encuentro.»

«Es pegamento.»

«Hasta esta noche.»

Accedió a dejarlo hasta la noche. Durante el ensayo vespertino, las tiras estorbaron: Timur se colocaba cada vez entre dos marcas porque le resultaba más cómodo, pero la escena exigía que estuviese más cerca de la escalera. Lo hice volver tres veces. Después de la tercera, Liudmila Andréievna apareció con un cubo y borró todo aquel recuerdo en cuatro minutos.

El ensayo mejoró de inmediato.

Se lo conté a Ariadna.

«Quería conservar la huella de un acontecimiento útil», dijo.

«Sí.»

«La huella entorpecía el trabajo siguiente.»

«Sí.»

«Por eso la borraron.»

«No todo tiene que convertirse en una conclusión.»

«Bueno.»

Al anochecer, en el suelo limpio había nuevas marcas, esta vez para una función normal. La cinta roja procedía del mismo rollo. El teatro no empezaba de cero; se limitaba a pegar encima la tarea siguiente hasta que el suelo acababa por necesitar una reparación.

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