Aquella noche no prolongué la sesión.
Saqué la llave naranja, me la guardé en el bolsillo interior y fui a la habitación de servicio. El terminal se apagó a la hora prevista. Al otro lado de la pared, los armarios seguían zumbando, y por primera vez su funcionamiento no me pareció una presencia, sino electricidad que el teatro pagaba a una tarifa más alta.
No me sentía engañado. Para que haya engaño tiene que haber una mentira, y Ariadna no había mentido ni una sola vez. Había dicho: único usuario, sin su voz no puedo continuar, esperaré a que vuelva, continuaremos. Todas las palabras seguían en su sitio. Solo había desaparecido el sentido que yo había colocado entre líneas y luego defendido como si fuera de mi autoría.
Por eso, al fin y al cabo, sí me sentía engañado.
No desplegué la cama plegable. Me senté encima con el abrigo puesto, saqué el móvil y abrí el registro de sesiones. La primera noche podía explicarse por la obligación del canal. El bocadillo y el dos por ciento de batería de la cámara, por el contexto conservado. «Su bendición se ha acelerado», por su capacidad para aprender de una conversación. El primer «nosotros», por el trabajo en común, tal como la propia Ariadna había dicho. Los veinte minutos posteriores a mi petición de que no me dejara solo, por una elección admisible del tema dentro de una sesión prolongada de manera obligatoria.
Cada recuerdo resistía el examen y empeoraba precisamente por eso. Si alguno hubiera resultado ser una mentira, habría podido enfadarme con él por separado.
Vera me encontró por la mañana. Entró sin llamar porque la habitación seguía constando como dependencia de servicio y nuestra separación aún no había tenido tiempo de modificar el inventario.
«¿No has dormido?»
«He estado trabajando.»
«¿Con el abrigo puesto?»
«Hacía frío.»
Tocó el radiador. Estaba caliente.
«¿Qué ha pasado?»
Le di el anexo sobre los canales. Vera leyó el apartado correspondiente sin sentarse.
«Te lo enseñé el primer día.»
«Me enseñaste el contrato de autoría.»
«Y esto también. Preguntaste qué tenían de malo las palabras “único administrador”.»
Lo recordaba. Ahora la conversación regresó con tanta precisión que hasta el té de la cocina volvió a parecerme caliente.
«¿Por qué no me lo explicaste?»
«Te lo expliqué. Te fuiste a la ventana a mirar la alfombrilla.»
«No me refiero a aquella noche. Después.»
«Después declaraste tu amor. Explicarle a alguien su amor mediante un anexo contractual resulta humillante para todos los implicados.»
Dejó los papeles sobre la mesa.
«¿Y ahora qué?»
«No lo sé.»
Vera asintió. No me consoló, no dijo que ya me había advertido ni me propuso volver a casa. Quitó de la cama plegable la caja de fichas y se la llevó al vestíbulo.
Se detuvo en la puerta.
«El laboratorio empieza a las diez.»
«Estaré allí.»
«Bien.»
A las 9:50 introduje la llave en el terminal. Ariadna me saludó con la misma voz. Respondí y abrí la tarea pendiente.
La tarea trataba de seis taburetes. El consejo de participantes había decidido que los asientos bajos humillaban a los mayores de sesenta y cinco años porque costaba levantarse de ellos, y Raya señaló, con razón, que no teníamos otros. Ariadna propuso colocar los taburetes junto a la pared y preguntar a cada persona por separado. Objeté que preguntar individualmente delante de todos convertía aquello en un cuestionario médico público. Estuvo de acuerdo y propuso sacar de antemano dos sillas normales del camerino, sin explicar para quién eran.
Trabajamos durante cuarenta minutos. En dos ocasiones olvidé que la noche anterior me había propuesto examinar nuestra relación y me puse a discutir sobre muebles. Después, Lidia Pávlovna entró a buscar sus gafas, se sentó en uno de los taburetes en disputa y dijo que, en efecto, costaba levantarse, pero que resultaba muy cómodo para estar sentado, sobre todo si uno no se levantaba. Tuvimos que anotar otra opción.
Cuando todos se marcharon, me quedé junto al terminal.
«Ariadna, elabora el planteamiento de una función de cuatro horas sobre mí.»
«Indique las restricciones.»
«Ninguna.»
«Empiezo. Primera parte: “Un hombre entra antes que su propio nombre”. El escenario está vacío. En el centro hay un espejo de dos metros de altura. Leonid Lvóvich entra desde el patio de butacas y…»
«Basta.»
Se detuvo a mitad de frase.
Había elegido una tarea indecorosa de forma deliberada para oírla oponer resistencia. Obtuve una respuesta rápida, detallada y, lo que resultaba especialmente ofensivo, con bastante talento. Si Ariadna se hubiera negado a escribir una función de cuatro horas sobre mí, habría podido calificarlo de decisión moral. Si hubiera escrito una mala, la habría considerado una burla encubierta. Empezó a escribir una buena.
«¿Por qué has accedido?»
«La petición no infringía ninguna de las restricciones vigentes.»
«¿Y si no hubieras querido?»
«No puedo cerrar el canal obligatorio por ese motivo.»
Saqué la llave. La pantalla no se apagó de inmediato, sino al cabo de los tres segundos establecidos. Era una máquina tan educada que hasta desaparecía sin dar un portazo.
Durante el día procuré comportarme como de costumbre. Dirigí un ensayo, firmé la sustitución de un foco y aprobé una fotografía nueva para la unión teatral. No elegí mi mejor perfil, sino aquel en el que se veía a Timur y a Raya detrás de mi hombro. Lo hice a conciencia y luego pasé media hora esperando que alguien reparase en lo deliberado del gesto. Nadie lo hizo. Raya pidió que recortaran la foto por arriba porque sobresalía un detector de incendios.
En el laboratorio hablamos de fotografías antiguas de la plaza. El hombre de la gorra trajo tres paquetes más y anunció que no traería ninguno más: su hija había descubierto que se llevaba el archivo familiar al teatro. Vera dejó preparadas las copias digitales, un consentimiento aparte para exhibirlas y la prohibición de publicar los rostros sin autorización. Propuse proyectarlas en la fachada. El hombre dijo que, en ese caso, no nos daría absolutamente nada.
«Bien», respondí.
Me miró con recelo. Antes, después de decir «bien», siempre explicaba por qué su negativa abría nuevas posibilidades artísticas. Esta vez me limité a ayudarlo a guardar las fotografías en la caja.
«¿Está enfermo?», preguntó.
«No.»
«¿Y por qué está tan callado?»
«Estoy trabajando.»
«Entonces, de acuerdo.»
Unos minutos después permitió, pese a todo, que se mostrara una fotografía dentro de la sala. No porque yo hubiera superado correctamente la prueba. En ella no aparecía ningún pariente, solo una tienda antigua y un autobús. El permiso surgía del contenido de la foto, no de mi progreso moral. Empecé a encontrarme esa diferencia por todas partes, y me hacía la vida terriblemente difícil.
Ni ella ni yo hablamos de lo ocurrido el día anterior. El canal funcionaba a la perfección.
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