Ottisknovelas originales
EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 30. La excepción del amor

Durante los cuatro días siguientes ideé siete formas de ceder el poder sin renunciar a él.

La primera era sencilla: transferir a Vera los permisos de administrador, pero conservar para mí el acceso de emergencia. Ariadna leyó el esquema y comunicó que el acceso de emergencia tenía la misma prioridad, solo que se llamaba de emergencia.

En la segunda opción, la llave quedaba bajo custodia de un notario y solo me la entregaban para mantener conversaciones personales. Vera preguntó en qué mejoraba una excepción personal la posesión corriente, aparte del coste del notario.

La tercera contemplaba dos llaves iguales: la mía y la de Vera. Resultó que, en caso de conflicto, el sistema tendría que elegir de todas formas al administrador principal. Propuse echarlo a suertes. Irina Serguéievna me pidió que imaginara la explicación dirigida a la persona perjudicada: «Revelamos su consentimiento porque la moneda salió cara».

A la cuarta opción la llamé «círculo de confianza». Los permisos se repartían entre el consejo del laboratorio, pero mis llamadas no pasaban por el registro común. Ariadna lo leyó y preguntó:

«¿Por qué la confianza exige un canal invisible?»

Tuve que retirar el nombre.

La quinta me permitía conservar el archivo de conversaciones después de la transferencia. No el derecho a activarla, solo la memoria. Vera me recordó que el archivo contenía la voz de Ariadna y datos protegidos de los participantes, de modo que la memoria también constituía una forma de acceso si no podía eliminarse sin mi consentimiento.

La sexta conservaba un botón de reversión durante treinta días. La séptima, durante tres. Ambas eran la misma llave, solo que colocada un poco más lejos de mi mano.

Dibujé todos los esquemas en una hoja grande clavada en la pared del despacho. Las flechas iban del titular al operador, del operador al consejo, del consejo al teatro y luego regresaban invariablemente hasta mí mediante una fina línea discontinua. La línea parecía modesta. Su significado seguía siendo el mismo.

«Siempre te dejas una última puerta», dijo Vera.

«Porque alguien tiene que responder si el sistema se descontrola.»

«Precisamente por eso Kornílova exige que se reparta la responsabilidad.»

«¿Y si se descontrola todo el círculo?»

«¿Entonces entrarás tú y salvarás a todo el mundo?»

«Si hace falta.»

Vera descolgó la hoja de la pared, le dio la vuelta y empezó a calcular en el reverso las nóminas del mes. Quise exigirle que usara otro papel, pero no quedaba ninguno libre.

Al día siguiente, la compañía debatió los esquemas. Colgué siete hojas en el escenario y me dispuse a defender cada una como si no fuera yo mismo quien pretendía renunciar a ella.

Stas se acercó a la primera, leyó la letra pequeña y preguntó:

«¿Y con qué se abre el acceso de emergencia?»

«Con una llave.»

«¿Quién la tiene?»

«Yo.»

«¿Entonces dónde está la emergencia?»

Expliqué que la emergencia podía ser técnica, organizativa o moral. Stas dijo que una emergencia moral debía tener su propio fusible, porque, si no, el electricista no se aclararía.

Raya examinaba la opción del notario.

«O sea, que una noche te das cuenta de que necesitas hablar urgentemente con Ariadna, despiertas al notario, él se pone los pantalones, viene al teatro y te entrega la llave.»

«No tiene por qué ser el mismo notario. Puede contratarse un servicio de veinticuatro horas.»

«Mejor todavía. Amor ante testigo y con tarifa nocturna.»

Lidia Pávlovna eligió la opción del sorteo. Le gustaba la moneda. Propuso lanzarla en el escenario para que el espectador viera de inmediato a quién pertenecía aquel día el libre albedrío. Timur preguntó si no podía concederse el derecho a tomar la decisión final a la persona a la que afectaba. Todos lo miramos con la irritación de quienes llevaban cuatro días ocupados en ideas más complejas.

«A veces afecta a varias personas», dije.

«Entonces deciden entre varias.»

«¿Y si no se ponen de acuerdo?»

«Entonces no se hace.»

Para ser un actor joven, hablaba sospechosamente poco y siempre iba al grano.

Al final del debate, las hojas estaban cubiertas de flechas, cruces y la palabra «LIÓNIA» escrita en cuatro sitios. No había sido yo. La letra era de Vera.

Ariadna rechazaba los esquemas por un motivo: mientras yo conservara el derecho a exigir una respuesta, sería imposible comprobar si una conversación era libre. Vera los rechazaba por otro: yo le ofrecía la responsabilidad, pero me reservaba una excepción capaz de revocar su decisión.

Las dos tenían razón. Eso resultaba más irritante que si se hubieran puesto de acuerdo.

Al tercer día llegó el abogado del operador. Se llamaba Pável Guennádievich y hablaba con una voz que hacía pensar que cada palabra ya había pasado por el proceso de aprobación. Le enseñé los siete esquemas. Ordenó las hojas según el grado de control que yo conservaba, y el orden resultó casi inverso a aquel en que yo las consideraba generosas.

«En el “círculo de confianza” tiene usted un registro oculto», dijo.

«No está oculto. Es personal.»

«¿Y quién queda fuera de ese registro personal?»

«El consejo general.»

«Entonces está oculto al consejo general.»

«Pero Ariadna puede consultarlo.»

«Ella no puede prohibirle el acceso.»

Retiré la hoja. Pável Guennádievich alargó la mano hacia la siguiente.

«Aquí el notario custodia la llave. ¿Quién paga?»

«El teatro.»

«¿Quién determina si existe una necesidad personal de entregársela?»

«El notario.»

«¿Según qué criterios?»

«Es una necesidad personal. No puede reducirse a una serie de criterios.»

«Entonces el notario le entrega la llave cuando usted declara que la necesita.»

«Bajo responsabilidad.»

«¿De quién?»

Miré a Vera. Estaba sentada en un rincón con la hoja de nóminas y no me dio ninguna pista.

Pável Guennádievich llegó al sorteo, se quitó las gafas y preguntó si iba en serio. Dije que la moneda tenía una larga tradición democrática. Respondió que el duelo también, pero que no se incluía en los contratos.

Al caer la tarde, de los siete esquemas solo quedaban tres ideas técnicas: la doble firma, una llave física guardada en una caja fuerte y un registro independiente. Las tres se le habían ocurrido a otra persona o, si se me habían ocurrido a mí, había sido para conservar mi posición. Una vez eliminada esa finalidad, resultaron útiles.

«Entonces sí que he aportado algo», dije.

«Sí», respondió Vera. «Has demostrado con todo detalle en qué puntos no se puede dejar a una sola persona al mando.»

Lo anoté como una forma de participación. Había que conformarse con lo que ofrecía la realidad.

Al quinto día ideé un octavo esquema y no se lo enseñé a nadie. En él, la llave seguía en mi poder hasta el final de la temporada, Ariadna y yo vivíamos otros cuatro meses como antes y resolvíamos el problema después, cuando la relación fuera lo bastante real para que la técnica dejara de importar.

Doblé la hoja y me la guardé en el bolsillo interior, junto a la llave.

La saqué por la noche. La anilla metálica había desgastado el papel justo sobre la palabra «después».

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