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EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 31. El precio de la estabilidad

Se podía renunciar a la financiación permanente. También al dinero. La idea se sostuvo exactamente hasta el día de pagar las nóminas.

Vera nos reunió en el bar: a mí, a Stas, a Raya, a Lidia Pávlovna, a Timur y a otros cuatro empleados. Sobre la mesa estaba la nómina. Al teatro le faltaba una cantidad equivalente a dos meses y medio de sueldos de la compañía, la reparación de la ventilación y la mitad de la rampa. La región había compensado las devoluciones del ensayo abierto al público, pero la recaudación habitual había caído: el público decidió que a partir de entonces cualquier función nuestra podía detenerse con una tarjeta azul y pedir que le devolvieran el dinero.

«Lo aclararemos», dije.

«Ya lo hemos hecho», respondió Vera. «En la web, en taquilla y en el periódico. No es un malentendido; la gente, sencillamente, solo gasta el dinero una vez.»

El programa permanente cubría los sueldos hasta el final de la temporada, la ventilación y la entrada accesible. Sin él, habría que reducir el laboratorio a una velada gratuita al mes, prescindir de la vigilancia nocturna y rechazar parte de las invitaciones de otras localidades. Ariadna seguiría trabajando, pero solo dentro del proyecto piloto básico, sin el módulo de autoría ni el derecho a escribir textos por sí misma.

«Es decir, su obra depende de que yo siga siendo el titular», dije.

«Según la propuesta actual», respondió Vera.

«Qué conveniente.»

«¿Para quién?»

No respondí.

Irina Serguéievna llegó después de comer. Le mostramos el esquema de permisos distribuidos: Vera respondía del procedimiento y el presupuesto; el consejo de participantes, de las condiciones de los encuentros; el teatro, de la seguridad; el operador, del sistema técnico; Ariadna recibía el derecho a cerrar canales personales y rechazar tareas. Mi llave única no aparecía en el esquema.

«¿Quién detendrá la escena ahora mismo si un participante retira su consentimiento y el sistema no se ha actualizado?», preguntó.

«Vera.»

«¿Y si Vera no está?»

«El coordinador de guardia.»

«¿Quién lo designa?»

«Vera.»

«¿Quién responde si al coordinador se le pasa?»

Añadimos un registro de turnos y una segunda firma para las acciones de riesgo.

«¿Quién abrirá el sistema técnico en caso de avería?»

«El operador.»

«¿Cuánto tarda el ingeniero en llegar por la noche?»

«Cuarenta minutos», dijo Vera.

«Entonces hace falta una llave física en el teatro. ¿Quién la tendrá?»

Todos me miraron.

La credencial naranja era necesaria de verdad. No como canal personal, sino como medio para cortar la alimentación, abrir el registro y detener una acción. Podía guardarse en una caja fuerte con doble firma, pero eso complicaba cualquier emergencia y no aportaba dinero a nadie.

«Un único titular es más sencillo», dijo Irina Serguéievna. «No se lo discuto. Es más sencillo, más barato y, hasta que se comete el primer error grave, incluso más seguro. La cuestión no es si se puede dejar todo como está. La cuestión es si están de acuerdo en que el sistema, una persona y el teatro dependan de una sola voluntad.»

No miraba a Ariadna. Miraba la nómina.

«Puedo firmar hoy la propuesta actual», continuó. «El esquema distribuido tendré que llevarlo a los abogados, los responsables de finanzas y el operador. El dinero se retrasará como mínimo un mes. Puede que ni siquiera lo aprueben.»

Lidia Pávlovna preguntó cuándo cobrarían entonces.

Vera respondió: dentro de dos semanas si firmábamos aquel día; no se sabía cuándo si cambiábamos el esquema.

Nadie me exigió que me sacrificara. Stas dijo que podría mantener provisionalmente la ventilación. Raya propuso reducir las compras. Timur anunció que podía esperar una semana; después recordó el alquiler y rectificó: tres días.

La gente empezó a marcharse. Lidia Pávlovna se quedó junto a la nómina y copió en el reverso de un recibo la cantidad que le debían. Siempre apuntaba el dinero en recibos, porque le parecía un derroche tener una libreta específica para el dinero que no existía.

«No se preocupe, Leonid Lvóvich», dijo. «Tengo unos ahorrillos.»

«No estoy preocupado.»

«Ya lo veo. Por eso se lo digo.»

Timur volvió del vestuario. Tenía en el móvil un mensaje de la casera. Se lo enseñó a Vera, no a mí. Vera lo leyó y preguntó cuánto dinero le faltaba para llegar al día 1. Timur dijo la cantidad. Raya afirmó que podía prestarle un tercio. Stas, otro tercio. Lidia Pávlovna dio la vuelta al recibo en silencio y dejó hacia arriba la cara en blanco.

Yo podía pagarlo todo. En mi cuenta personal había dinero de una antigua grabación para televisión y dos honorarios por unas conferencias de festival sobre el futuro del teatro. Alargué la mano hacia el móvil y me detuve. Si cubría yo solo toda la nómina, la decisión volvía a convertirse en mi generosidad y el mes, en mi función.

«El teatro le dará el tercio que falta como anticipo», dijo Vera. «Lo tramitaré hoy.»

«¿Y si no hay dinero?», pregunté.

«Para un anticipo sí hay.»

«¿Por qué no se lo dais entonces a todos?»

«Porque los demás no tienen a la casera plantada ante la puerta el día treinta y uno. Liónia, no empieces a hacer justicia con un gesto vistoso. Ese gesto arrastra una larga cola de papeleo.»

Aun así, transferí al teatro la cantidad para la ventilación. Como una donación corriente, sin que apareciera mi apellido en el anuncio. El banco me exigió indicar el concepto del pago. Escribí «para subsanar incumplimientos» y contemplé largo rato aquellas palabras antes de confirmar.

Al día siguiente, el teatro recibió una negativa de la empresa de alquiler: no nos entregarían las sillas nuevas para el laboratorio hasta que pagáramos una factura antigua. La factura correspondía a una gira de cuatro años antes, cuando habíamos devuelto cuarenta sillas y una mesa, aunque en el albarán, por algún motivo, constaba al revés. Vera encontró una fotografía de la descarga; Stas, el recibo del conductor; yo encontré al conductor por una frase que había dicho después de la función: «Todos sus actores pesan poco, pero el decorado pesa como la conciencia».

El conductor se llamaba Yuri. Llevaba mucho tiempo trabajando en otra empresa, pero recordaba la mesa porque su cinturón se había quedado enganchado en ella. Envió un mensaje a su antiguo jefe y anularon la factura. Lo proclamé una nueva victoria de la memoria pública del teatro.

«Es una victoria del cinturón», dijo Vera.

«El cinturón no habría encontrado a Yuri.»

«Y tú no te habrías acordado sin el cinturón.»

Anotamos a ambos. Las sillas no llegaron nuevas, sino reparadas; en tres asientos quedaban unos cuadrados claros donde antes estaban los números. Lidia Pávlovna escogió uno para ella y dijo que el cuadrado ayudaba a saber dónde estaba el centro.

Cada vez con más frecuencia, el dinero se manifestaba no en cantidades, sino en lo que alguien no podía hacer a tiempo. Raya pospuso la compra de tela. Kolia no cambió dos filtros, sino que limpió los viejos. Desaparecieron los limones del bar. Ningún gasto parecía digno de aquella escena en la que yo había firmado como titular, y todos juntos eran su continuación.

Le pedí a Vera que me mostrara cuánto aguantaría el teatro sin la nueva financiación. Me dio una tabla. Según el cálculo optimista, seis semanas. Según el sincero, cuatro. En la fila «L. L. Gránov vuelve a pagarlo de su bolsillo» había un guion.

«¿Por qué hay un guion?»

«Porque eso no es un presupuesto.»

«Pero el dinero es real.»

«Y también es real tu costumbre de comprar el derecho a decidir por todos.»

No transferí más. Por primera vez, contener mi generosidad resultó más difícil que abstenerme de intervenir en una escena.

Me senté ante la nómina y por primera vez vi el precio de mi excepcionalidad escrito con apellidos ajenos.

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