Después de la reunión, Vera me pidió que la ayudara a llevar las carpetas al despacho. Era insólito: durante doce años había considerado que ayudar formaba parte de la vida familiar y por eso rara vez esperaba a que me lo pidiera. Ahora había llegado la petición, pero la familia ya no existía.
Distribuimos los papeles sobre la mesa. Encima de todo había una solicitud en la que figuraba como responsable del programa Vera Mijáilovna Klímova.
«¿De verdad quieres dirigir esto tú sola?», pregunté.
«No sola. Con mi nombre.»
«Puedo anunciar las decisiones si no te apetece ocuparte de la parte pública.»
«Eso es precisamente lo que ya no quiero.»
Se sentó frente a mí. Tras la ventana caía aguanieve; en el cristal se reflejaban dos lámparas de mesa y mi cartel, colgado de la pared. Vera había propuesto una vez quitarlo porque hacía ocho años que no se representaba aquella función. Le respondí que la historia del teatro no tenía por qué coincidir con el repertorio vigente.
«Me resultaba cómodo que hablaras tú», dijo. «Entrabas en un despacho, caías bien a la gente y prometías aquello que cinco minutos antes se negaban a aceptar. Si salía bien, todos te elogiaban y yo hacía el trabajo. Si salía mal, te criticaban y yo lo arreglaba.»
«Yo encajaba los golpes.»
«Sí. Y te quedabas con el éxito.»
«Podrías haber salido tú.»
«Podría haberlo hecho. No lo hice. Me resultaba más fácil pensar que tú no me dejabas que exponerme una sola vez a recibir una negativa en mi propio nombre.»
Lo dijo con calma, sin la carpeta habitual entre las manos. Su discurso defensivo empezaba siempre con plazos, cantidades y cláusulas del contrato. Ahora estaban las tres cosas sobre la mesa, pero no recurrió a ellas.
«Entonces los dos tenemos la culpa», dije.
«Ni por lo mismo ni en la misma medida. No hagas cuentas.»
«¿Y qué pasa con nosotros?»
«Nos hemos separado.»
«¿Ya es definitivo?»
«Liónia, dejaste las llaves y te fuiste con otra mujer. No tengo además la obligación de iluminar la escena para que se vea que es definitivo.»
Miré el reflejo de las lámparas. En efecto, la luz era cenital y poco favorecedora.
«No te pido que vuelvas», continuó Vera. «Te pido que no me conviertas en tu representante dentro del nuevo esquema. Si la responsable soy yo, firmo yo la decisión. Si me equivoco, doy yo las explicaciones. Si el Ayuntamiento se niega, será una negativa que habré recibido yo.»
«¿Y mi papel?»
«Artístico. Grande. Ruidoso. Sin la llave definitiva.»
«¿Estás segura de que podrás con ello?»
«No.»
Sonrió. No ante la tabla ni ante una solución ya preparada. Ante la posibilidad de equivocarse por sí misma.
Acordamos la estructura del consejo, los turnos de los coordinadores y el derecho de Leonid Gránov a montar escenas sin anular el consentimiento ajeno. Vera se llevó la solicitud a casa para entregársela al abogado por la mañana.
En la puerta preguntó:
«¿Cuándo recogerás tus cosas del piso?»
La misma pregunta había sonado la noche de mi marcha y entonces me había parecido indigna del drama. Ahora de ella dependían camisas, libros y un abrigo de invierno.
«El sábado.»
«Guardaré aparte la vajilla de tu madre.»
«Gracias.»
Así terminó nuestro matrimonio. El trabajo continuó.
El sábado fui a recoger mis cosas.
Vera abrió la puerta y se fue directamente a la cocina. En el recibidor había tres cajas. En la primera ponía «LIBROS»; en la segunda, «ROPA»; en la tercera, «YA LO CLASIFICARÁS TÚ». La tercera resultó ser la más pesada.
«¿Por qué tengo siete candelabros?», pregunté.
«Porque los compraste tú.»
«Los compramos los dos.»
«Yo estuve a tu lado una vez y llevaba el pan.»
En la caja había programas, cartas, dos máscaras teatrales de Venecia, un metrónomo roto, una piedra de la costa del mar Negro y una mano de bronce que me habían regalado por mi contribución a la cultura de la ciudad. La mano sostenía una manzana. Siempre había considerado la obra una metáfora de la generosidad. Vera la llamaba cenicero, aunque en casa no fumaba nadie.
Mis chaquetas estaban extendidas sobre la cama. Me probé la gris porque el espejo de la habitación de servicio solo mostraba la cabeza y parte de la puerta. La gris me sentaba bien. Vera se asomó desde el pasillo.
«Llévate también las dos azules.»
«Son iguales.»
«Una es para ocasiones especiales.»
«¿Cómo las distingues?»
«La de ocasiones especiales no te la abrochas.»
Me quité la gris y la doblé. Quedó mal. Vera recolocó las mangas en silencio y luego apartó las manos de golpe, como si se hubiera sorprendido cumpliendo una antigua obligación.
«Déjala», dijo. «Llegará.»
En el cajón inferior había una fotografía de nuestro primer estreno. Estábamos en el escenario después del saludo final: yo, en el centro; Vera, a un lado, con un ramo que le había dado Raya. Recordaba aquella noche hasta el último detalle, salvo que Vera había salido a saludar. En el reverso había escrito de su puño y letra: «Doce llamadas a los bomberos, lleno absoluto».
«Llévatela», dijo.
«Es de los dos.»
«Entonces déjala.»
La dejé.
Antes de marcharme cogí dos cajas. Tuve que volver a por la tercera. Vera estaba junto a la ventana revisando el presupuesto. No me ayudó ni miró cómo me iba. Mientras bajaba las escaleras por segunda vez, la mano de bronce perforó el fondo de la caja y quedó colgando de la manzana.
En el teatro, Stas la fijó a la pared de la habitación de servicio. A partir de entonces sostuvo mi cinturón.
Quise decir que algunos símbolos necesitan tiempo para encontrar su función. Stas dijo que el clavo era viejo y ya sobresalía de todas formas.
El lunes, Vera firmó por primera vez una orden como responsable del programa sin enseñarme el borrador. Se refería a una nimiedad: el laboratorio trasladaba un encuentro del jueves al sábado por un corte municipal de agua. Me enteré con todos los demás por el mensaje general.
«Podrías haber avisado», dije.
«El mensaje es el aviso.»
«A mí por separado.»
«¿Para qué?»
Encontré tres razones: el sábado había ensayo, yo era el director artístico y el cambio alteraba el ritmo de la semana. Todas estaban ya contempladas en el horario adjunto. La cuarta razón era esta: antes Vera siempre me lo decía primero.
«Antes te preguntaba cómo ibas a anunciarlo», dijo. «Ahora lo anuncio yo.»
El sábado, el encuentro transcurrió con normalidad. El agua volvió antes de tiempo y asistieron cinco personas menos, porque dos trabajaban y tres se confundieron de hora. Vera se disculpó, anotó las ausencias y no intentó presentar la asistencia parcial como un formato nuevo. Nadie exigió una persona con una voz más convincente.
Después del encuentro, permaneció sentada en el vestíbulo atendiendo ella misma a una mujer que había acudido el jueves por el mensaje antiguo. La mujer hablaba en voz alta; Vera, en voz baja. Le devolvió el coste del taxi, le propuso otra fecha y reconoció el error del aviso. La mujer no se calmó, pero cogió el dinero y se fue.
«Tendrías que haberme llamado», dije.
«No quería una función.»
«Sé hablar con personas que no son espectadores.»
«Lo sé. Esa era precisamente la comodidad.»
Dobló el recibo. El error siguió siendo suyo, no se convirtió en un asunto de nuestra familia ni acabó transformado en una escena de lucimiento para mí. A Vera le temblaban los dedos cuando cerró la carpeta, pero tenía el rostro sereno.
Comprendí que no solo había querido protegerla de aquella mujer, sino también del momento en que su propio apellido recibía su propia negativa. No la protegí. Vera lo superó.
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