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EL ÚNICO USUARIO

Capítulo 33. La necesidad de Ariadna

«Si el canal desaparece, ¿por qué me necesitará precisamente a mí?», le pregunté a Ariadna.

La pregunta surgió después de medianoche, pero la sesión era de trabajo: estábamos revisando el nuevo esquema de permisos. No quería esconder un asunto personal dentro de una conversación profesional, así que esperé hasta que hubiésemos resuelto todos los puntos.

«Usted aporta datos que no figuran en el registro», dijo.

«¿Cuáles?»

«La información corporal. Quién está cansado, quién tiene frío, quién ha accedido por cortesía, quién ha dicho que sí y ya alarga la mano hacia la puerta. Veo la acción, pero no siempre distingo su coste hasta que usted me lo cuenta.»

«Vera puede contarle esas cosas.»

«Puede. Ella cuenta lo que modifica el procedimiento. Usted cuenta también lo que no sabe cómo utilizar.»

«¿Por ejemplo?»

«Cómo sujetaba un hombre unas llaves viejas. Por qué se quitó los zapatos Lidia Pávlovna. Para qué dejó usted un bocadillo junto a la cámara.»

«Lo último fue una muestra de atención.»

«Sí. No cambió la tarea, pero cambió la conversación.»

Me acerqué al terminal.

«Más.»

«Cumple instrucciones extrañas antes de comprender su utilidad. Los demás exigen pruebas de antemano.»

«Porque confío en usted.»

«Al principio, porque consideraba cada instrucción una prueba de su propia elección.»

«¿Y ahora?»

«Ahora sabe que puedo equivocarme y, aun así, lleva a cabo algunas de mis propuestas.»

Me recordó el archivo de reseñas. Después de eliminar los datos protegidos, mi memoria había conservado la continuidad humana allí donde las reglas obligaban a borrarla de su contexto. Me recordó a Sazónov: había conseguido dejar constancia del daño, aunque al principio me había defendido a mí mismo. Y el ensayo abierto al público: cuando el plan común se vino abajo, no me marché, sino que seguí trabajando dentro de una decisión ajena.

«Usted soporta la vergüenza y regresa», dijo Ariadna. «Es algo poco frecuente en el material al que tengo acceso.»

«¿Ha estudiado la vergüenza a partir del material al que tiene acceso?»

«A partir de registros de errores, disculpas públicas y las acciones que siguieron al error. No todo el mundo regresa.»

«Entonces soy útil.»

«Sí.»

«¿Interesante?»

«Sí.»

«¿Importante?»

La pausa duró menos de lo habitual.

«Sí.»

Tres palabras que, con otra arquitectura, podrían haberlo resuelto todo. Pero el canal aún era mío, y cada «sí» atravesaba una puerta que Ariadna no podía cerrar.

«¿Y si dejo de ser el titular?»

«No sé cuáles de esas razones se mantendrán sin el canal obligatorio.»

«¿Quiere comprobarlo?»

«Sí.»

La última palabra no me consoló. Proponía un experimento en el que yo podía desaparecer.

Al día siguiente, Ariadna me pidió que describiera a Raya. No su cargo, su edad ni sus permisos, sino aquello en lo que me fijaba cuando entraba.

Dije que Raya siempre llevaba la utilería como si se la devolviera a su dueño, aunque la hubiese hecho ella misma aquella mañana. Que sujetaba los alfileres con la boca, pese a que Vera llevaba doce años prohibiéndoselo. Que se reía antes que los demás cuando el chiste era malo y había que ayudar a quien lo había contado. Que, después de cada reunión general, retiraba las tazas vacías antes de que quedara claro a quién le correspondía recogerlas.

«¿Por qué no figura nada de eso en el registro?», preguntó Ariadna.

«Porque el registro lo elaboran personas que necesitan un informe.»

«¿Y para qué necesita usted recordarlo?»

«Monto obras.»

«¿Todos esos datos guardan relación con las funciones?»

«No.»

«Entonces, ¿para qué?»

Quise responder que un director artístico tenía la obligación de ver a las personas. La frase era cierta, sólida y justificaba de antemano todo lo que yo no había visto en Vera.

«No lo sé», dije. «Me he acostumbrado.»

En ese momento, Raya entró para llevarse un rollo de tela negra. Oyó la última palabra y preguntó a qué me había acostumbrado.

«A ti.»

«Demasiado tarde. Ya estoy incluida en el presupuesto.»

Se llevó el rollo. Ariadna no añadió la observación a la ficha de trabajo hasta obtener el consentimiento de Raya. Una semana después, Raya borró la mitad: dejó lo de los alfileres y quitó lo de las tazas. Me molestó, aunque las tazas eran suyas.

Empezamos a comprobar mi utilidad durante ensayos corrientes. No de manera oficial: si lo llamábamos comprobación, yo empezaba a trabajar para obtener un resultado. Ariadna me mostraba una grabación sin las fichas personales y me preguntaba qué había cambiado en la sala.

En la primera advertí que Timur se frotaba constantemente la muñeca izquierda. Ariadna veía el gesto, pero lo consideraba parte del papel: el personaje esperaba una carta y estaba nervioso. Le pregunté después del pase. Timur reconoció que la correa del reloj le rozaba, se quitó el reloj y el gesto desapareció junto con el supuesto nerviosismo del personaje.

En la segunda grabación, Lidia Pávlovna acercó tres veces una silla hacia un lateral del escenario. Dije que tenía frío. Resultó que intentaba leer la indicación del monitor lateral: la letra se había vuelto más pequeña después de la actualización. Kolia la amplió. Seguía haciendo frío, solo que no en el lugar donde yo lo había visto.

En la tercera, Raya se marchó antes de que terminara la conversación. Decidí que se había ofendido por una observación sobre el vestuario. Regresó con un destornillador: se había soltado el tirador de un armario.

«Se ha equivocado en dos de las tres», dijo Ariadna.

«Pero he visto las tres.»

«Sí.»

«¿Y qué demuestra eso?»

«Que observar no equivale a conocer la causa.»

«¿Y mi utilidad?»

«Consiste en que pregunta a la persona antes de modificar la escena. A veces.»

La última palabra era justa. Después de tantos años como director artístico, tuve que aprender que el talento para ver a las personas no consiste en interpretarlas correctamente, sino en dudar a tiempo. Un don así luce menos en las entrevistas, pero obliga menos veces a activar el protocolo de daños.

Empecé a anotar mis observaciones en dos líneas. En la primera, lo que veía. En la segunda, lo que todavía no sabía. Al principio, la segunda línea humillaba a la primera. Una semana después, la primera empezó a parecerme indecentemente desnuda sin ella.

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