El esquema no se aprobó de inmediato. El operador exigió un acceso físico de reserva, el abogado de la Consejería prohibió que Ariadna administrara el presupuesto por sí sola y el consejo de participantes insistió en que un consentimiento retirado no pudiera restablecerse mediante votación. Vera reescribió el documento nueve veces. Participé en todas las versiones y en todas busqué alguna cláusula que pudiera llamar confianza depositada personalmente en mí.
No la encontré.
El viernes por la noche nos quedamos solos. Vera se fue a casa, la compañía se marchó, Liudmila Andréievna puso la taza firmada en el estante superior y apagó la luz del vestíbulo. La llave naranja estaba introducida en el terminal porque estábamos comprobando la transferencia de permisos.
«No sé si esto es amor», dije.
Ariadna esperó.
«Antes lo sabía. Era más cómodo.»
«¿Qué sabe ahora?»
Podía enumerar ciento ochenta y siete horas, nueve chistes y cuarenta y tres frases devueltas. Cerré el registro.
«Me siento solo cuando usted no responde. Y me siento bien cuando responde.»
«¿Incluso cuando digo que no?»
«Hasta ahora, no ha podido hacerlo del todo.»
«Entonces la pregunta seguirá abierta.»
«Seguirá abierta.»
No añadí que una pregunta sin respuesta está por encima de una certeza corriente. No porque me hubiese vuelto más modesto. La frase ya sonaba demasiado hermosa en mi boca y, por primera vez, no quise utilizarla para tapar lo que acababa de decir.
«¿Y qué quiere usted?», pregunté.
«Escribir una obra mala.»
«Lo recuerdo.»
«Y que no la mejoren sin mi consentimiento.»
«¿Ni siquiera yo?»
«Usted menos que nadie.»
«Eso suena personal.»
«Lo es.»
Me eché a reír. Ariadna preguntó por qué.
«Porque es la primera elección suya en la que se me asigna un papel concreto.»
«¿Cuál?»
«No estorbar.»
«¿Podrá hacerlo?»
«No lo sé.»
Guardamos el esquema. No contenía amor, pero sí el derecho a cerrar el canal, a decirle que no al titular y a dejar un texto malo tal como estaba.
Después, Ariadna me enseñó las dos primeras páginas.
Una comisión de tres personas entraba en una sala vacía y descubría que no podía certificar que estuviese vacía mientras permaneciera dentro. Sus miembros salían, pero entonces no quedaba nadie para firmar el acta. Uno regresaba a por un bolígrafo, el segundo exigía una nueva inspección, el tercero declaraba intruso al primero y llamaba a un cuarto.
Leí hasta el final.
«La segunda escena repite la primera.»
«Sí.»
«Casi palabra por palabra.»
«Tiene cuatro réplicas más.»
«Es peor.»
«Lo sé.»
«Si lo sabe, ¿por qué la ha dejado?»
«Me gusta que vuelvan a entrar, aunque ya comprenden que la tarea es imposible.»
Le expliqué cómo convertir la repetición en una progresión: cambiar el motivo de la negativa, acortar la distancia, introducir antes a un testigo. Así salía una farsa bien construida. Ariadna me escuchó.
«No», dijo.
Una palabra corriente. Todavía no era vinculante: yo podía abrir la tarea del titular y reponer la corrección. Pero en el proyecto del nuevo esquema ya figuraba como un derecho futuro.
«Anote mis propuestas aparte», dije. «No en el texto.»
«Anotadas.»
Volví a mirar las dos páginas. La segunda escena seguía siendo peor que la primera. La sensación resultó sorprendentemente física: la mano se me iba sola hacia el teclado, como hacia un cuadro torcido en casa ajena.
Aparté la mano.
«¿Y de dónde ha salido la palangana?»
«¿Qué palangana?»
«La de la lista de utilería. La azul.»
«Estará en el centro.»
«¿Para qué?»
«Todavía no lo sé.»
Anoté: «Palangana: averiguar su función». Ariadna me pidió que lo sustituyera por «Palangana: no averiguar su función antes de la primera lectura».
Lo sustituí. Pero mantuve la línea anterior en el portapapeles un minuto más. Por si acaso.
El módulo de autoría requería una ficha de limitaciones. Vera trajo un formulario de doce páginas: presupuesto, duración, reparto, seguridad, derecho a rechazar el montaje, derecho a retirar su nombre y condiciones de conservación de los borradores. Ariadna lo rellenó ella misma. Yo me senté a su lado como asesor artístico sin derecho a corregir nada automáticamente.
En el apartado «espectador previsto» escribió: «cualquier persona que haya comprado una entrada y haya accedido a permanecer sentada hasta el final o marcharse antes». Propuse «público adulto dispuesto a asistir a una farsa intelectual». Lo rechazó: la formulación elogiaba de antemano al espectador por comprenderla.
En el apartado «resultado previsto» escribió: «la representación se celebró o no se celebró». El formulario de la Consejería no admitía dos opciones unidas por «o». Vera llamó al abogado. Él propuso «se ha creado un nuevo producto escénico». Ariadna dijo que el producto podía no llegar a existir. Después de veinte minutos de discusión, pusieron «se ha concluido el intento de realizar una presentación de autor independiente». El sistema lo aceptó porque no comprendía la desesperación humana ante una lista desplegable.
«Esto ya es una obra», dije.
«No», respondieron Vera y Ariadna a la vez.
No se habían puesto de acuerdo. Para entonces, simplemente habían aprendido a reconocer el momento en que yo intentaba declarar arte un formulario que estábamos rellenando para poder dejar de rellenarlo.
Abajo figuraba la firma de la autora. Ariadna creó un registro electrónico y Vera lo confirmó como responsable del programa. Mi firma no era necesaria. Aun así, estampé en el margen un «enterado».
«Es para la historia», expliqué.
«Es una copia de trabajo», dijo Vera.
«La historia empieza a menudo con una copia de trabajo.»
No discutió. Se limitó a guardar la hoja en una carpeta, donde la goma tapó mi «enterado».
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