Pedro se preparó para Narva como para un juicio contra su propia memoria y se proclamó vencedor de antemano.
Entre la toma de hábitos de Evdokia y la guerra transcurrieron casi dos años. La corte propuso varias veces un nuevo matrimonio a Pedro: los enviados llevaban genealogías, condiciones para una alianza y retratos de mujeres a las que la conveniencia del Estado convertía en novias apropiadas. Después de Anna, no inició ninguna relación nueva ni repitió sus antiguas juergas. Visto desde fuera, podía parecer fidelidad.
Un día, Pedro contempló durante demasiado tiempo el retrato de una princesa desconocida y se dio cuenta de que no le interesaba: estaba haciendo comparaciones. Calculaba cuántos años tendría Marta en la campaña siguiente y pensaba que después tendría que romper cualquier nueva alianza por la mujer de sus recuerdos.
El enviado preguntó qué cualidad consideraba el soberano más importante en una novia. Pedro no supo responder. La mujer que él consideraba predestinada para él aún no lo había visto nunca ni le había prometido nada.
Devolvieron el retrato sin dar explicaciones. Pedro no utilizó a ninguna de aquellas mujeres como sustituta temporal de Marta, pero descubrió que se estaba contando otra mentira. Vivía solo y daba por hecho de antemano que el lugar a su lado pertenecía a una mujer que aún no lo conocía.
No resolvió la cuestión. Se volcó en los preparativos de Narva, donde al menos podía desglosar el futuro en regimientos, pólvora y horas.
Pedro cambió la disposición de las unidades, repartió las reservas de pólvora, precisó la cadena de mando y obligó a los oficiales a ensayar cómo actuar si se perdían las comunicaciones. Tres errores de la primera línea fueron corregidos antes de que comenzara la batalla. En el mapa no quedaba ninguno de los fallos conocidos.
Los comandantes repitieron el plan sin titubear. Un joven oficial preguntó qué debían hacer si el viento y la nieve llegaban desde otra dirección.
Pedro respondió demasiado deprisa: llegarían desde la dirección debida.
El Libro no confirmó su seguridad. Mostraba las causas conocidas, pero no sabía hacia dónde cambiaría el viento una hora después.
Afanasí Naryshkin elaboró un protocolo aparte para evacuar a los heridos. Para cada unidad señalaron un punto de reunión, carros y una persona que podría cambiar la ruta sin permiso del soberano. Los partidarios de una batalla decisiva refunfuñaron que aquellos preparativos enseñaban a los hombres a retirarse.
«No», dijo Afanasí. «Enseñan a los heridos a no esperar a que al soberano le convenga reparar en ellos».
Pedro mantuvo en vigor el protocolo. Lo consideraba una medida de seguridad que no sería necesaria.
Dos días antes de la batalla organizó una prueba de mando. Él mismo se apartó de la mesa y dos oficiales recibieron al mismo tiempo noticias contradictorias: el convoy estaba retenido, el enemigo había aparecido junto al paso y uno de los comandantes superiores había resultado herido. El primer oficial esperó a Pedro y perdió una hora entera. El segundo contrastó los informes con dos mensajeros, cambió de sitio los carros y solo entonces envió al soberano un escrito con su decisión.
Pedro reconoció que el segundo proceder era el correcto. El Libro confirmó la comprobación independiente, pero se negó a llamarla Poder: el oficial solo había actuado una vez, durante unas maniobras en las que se había concedido de antemano el derecho a contradecir al soberano. Para que la regla se convirtiera en fuerza, tenía que sobrevivir al miedo verdadero.
El mismo joven oficial propuso dos salvedades al plan general. Si la señal llegaba antes de lo previsto, la reserva debía ponerse en marcha después de que dos observadores la confirmaran. Si la nieve ocultaba la dirección del ataque, el comandante más cercano no debía esperar al mensajero del zar. Pedro aceptó la segunda salvedad y tachó la primera. Según sus recuerdos, una señal anticipada solo podía ser un error de la avanzadilla.
Aquella tarde, las patrullas rusas capturaron a un explorador sueco. Le encontraron un tosco croquis del nuevo camino, con los almacenes y varias fortificaciones rusas señalados. El dibujo no revelaba el plan de Carlos XII, pero demostraba algo muy sencillo: el enemigo veía los cambios de Pedro y tenía tiempo para adaptarse. Pedro reforzó la vigilancia de los almacenes, pero no reconsideró ni la hora ni el lugar del ataque principal. Pensaba que el enemigo conocía los preparativos rusos, pero que, pese a todo, él sí sabía qué ocurriría al día siguiente.
Carlos XII resultó ser más joven que muchos oficiales rusos y más rápido de lo esperado. Los exploradores informaban del avance sueco, pero los tiempos no coincidían con los recuerdos de Pedro. El primer mensajero llegó antes de la hora prevista y dijo que el enemigo se desplazaba hacia un flanco que había sido secundario en la antigua batalla.
Pedro decidió que el mensajero había visto una avanzadilla.
El segundo mensajero trajo la misma noticia y citó a dos observadores, como exigía la salvedad rechazada. El tercero informó de que los suecos avanzaban por el camino que los rusos habían despejado para abastecerse. El camino construido por orden de Pedro ayudaba ahora al enemigo.
El comandante pidió iniciar el cambio de formación. Para ello debían abrir parte de la fortificación y debilitar durante un breve periodo el sector conocido. Pedro se negó. Esperaba el ataque principal allí donde se había producido en la primera línea.
Empezó a nevar, pero la nieve no cayó como un muro compacto. El viento cambiaba a ráfagas y dejaba al descubierto las posiciones rusas en vez de ocultarlas. En el otro flanco retumbaron los disparos.
Pedro oyó la batalla antes de dar crédito al informe.
Pedro ordenó mantener la posición anterior un poco más, por lo que el regimiento de vanguardia recibió tarde la orden y el contiguo creyó que las comunicaciones se habían cortado. El oficial al que Pedro había salvado en otro tiempo de una matanza entre clanes no esperó una nueva confirmación y desplazó la reserva hacia donde veía la amenaza. Con ello cerró un paso y abrió otro.
Nadie traicionó a Pedro. Los mensajeros informaron de lo que habían visto, los oficiales siguieron las reglas establecidas y los suecos aprovecharon el camino ruso. Quien se equivocaba era el propio zar.
El ataque sueco entró por el hueco abierto. Las unidades rusas flaquearon. Los oficiales extranjeros gritaban órdenes en idiomas distintos, los carros bloquearon el paso y los hombres empezaron a buscar al zar en vez de al comandante más cercano.
Pedro estaba allí mismo. Precisamente por eso, durante unos instantes, el pánico empeoró: todos esperaban que el soberano restableciera el orden conocido con una sola orden.
Pedro ordenó a la reserva dirigirse hacia la posición donde se había abierto la brecha en la primera línea. La reserva obedeció y encontró un espacio vacío. El verdadero ataque ya se desplegaba en otro lugar.
El error del zar quedó a la vista de los oficiales, los tamborileros y los soldados que aquella misma mañana habían repetido su plan impecable.
A uno de los regimientos aún le quedaba una ruta hacia el paso. Un joven tamborilero advirtió que las unidades vecinas empezaban a romper la formación y dio una señal de retirada que no figuraba en el plan de Pedro. El comandante la secundó. El regimiento comenzó a retirarse por filas, conservando las armas y dejando que los heridos entraran en la formación.
Iván Naryshkin gritó que aquello era una traición, y también Pedro oyó desobediencia en el tambor. Bastaba una palabra para ordenar el castigo.
Pero el regimiento no huía. Se retiraba.
La primera orden acertada en Narva no la dio Pedro. Y fue una orden de retirada.
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