El fuerte de Pereimishche se alzaba en un cabo, en la confluencia de un río oscuro y otro claro. Por ambos se transportaban troncos a flote.
La brigada del topógrafo jefe Kapitón Yezhov tardó tres días en reunirse junto al almacén. Prókop acarreaba cajas: una brújula topográfica en su estuche de cuero, una mesa de plancheta, una vara de medición con espejos, la pesada cadena de medición enrollada, jalones, hachas, pan seco y precintos de plomo para los cuadernos de campo. En cada caja, cada objeto tenía asignado su sitio.
La cadena la llevaba un soldado llamado Frol: ancho de hombros, entrado en años y robusto. Frol contaba en voz alta todo lo que se podía contar: las verstas, el pan seco, los mosquitos y los días que faltaban para su retiro.
«Me faltan mil doscientas cuarenta verstas para el retiro», decía. «El levantamiento avanza ocho verstas al día si no hay ciénaga. Con ciénaga, tres. Esa es toda mi aritmética, muchacho».
El escribiente de la brigada se llamaba Zótik. Era joven y callado, y conseguía mantener las manos limpias incluso durante el viaje; las líneas de su cuaderno de campo seguían impecablemente rectas.
Kapitón Yezhov admitió a Prókop sin hacer preguntas, ateniéndose al documento. Solo le preguntó:
«Sabes leer y hacer cuentas. ¿Por qué te metes a porteador?»
«Por el salario», dijo Prókop.
Kapitón mantuvo la mirada fija en él, pero no respondió.
Aquella tarde, junto al almacén, leyeron a la brigada el reglamento del levantamiento. Lo recitó el propio Kapitón, de memoria, con la mirada puesta en el fuego y no en el papel.
«Primera regla. La base de medición la miden dos hombres y ambos firman el cuaderno. Una persona puede equivocarse. Los dos se comprueban el uno al otro».
«Segunda regla. Un jalón colocado sin un testigo local se considera ciego. Cualquiera que presente a una persona viva que conozca el lugar puede impugnar un jalón ciego».
«Tercera regla. En el cuaderno no se borra. Si corriges algo, táchalo y escribe tu nombre debajo. Un cuaderno sin nombres no es un cuaderno, sino un chisme».
Frol bostezó: llevaba treinta años oyendo aquello. Zótik tomaba nota, aunque no estaba permitido copiar el reglamento en el cuaderno; sencillamente, su mano no sabía estarse quieta.
Prókop escuchaba como de niño había escuchado a su padre.
Las tres reglas parecían sencillas. Pero Prókop ya comprendía que servían tanto para proteger a la gente como para despojarla de sus tierras.
Una mujer llamada Sekleta regentaba el alojamiento del fuerte.
Prókop la reconoció antes de que ella lo reconociera a él: por la inclinación de la cabeza y por su forma de cortar el pan, hacia sí misma y no hacia fuera. En Quemada, Sekleta había vivido dos casas más allá de los Vershinin. Tras la muerte de su marido, había trabajado en el molino y llevaba coles al maestro para que enseñara gratis a su hijo.
Sekleta le puso delante un cuenco, lo miró con atención y de pronto le tomó la cara entre las manos.
«El hijo del maestro», dijo.
Nadie lo había llamado así en veinte años. En las oficinas era Vershinin, el peticionario; en las aldeas del camino, un simple viajero. Pero junto a aquella lumbre ajena volvió a ser el hijo del maestro, y esas palabras le cerraron la garganta.
«Tu padre enseñó a leer y escribir a todos los de Quemada», dijo ella mientras le servía un segundo cuenco, aunque no se lo había pedido. «Nuestra escuela era mejor que la del distrito».
Decía «allí, en Quemada» como si la aldea siguiera en su sitio y aún se encendieran sus estufas.
Prókop preguntó en voz baja:
«¿Sabes que no figura en el registro?»
Sekleta se secó las manos en el delantal.
«Yo no he leído ese registro vuestro. Pero mi estufa estaba allí y sé dónde estaba. Si quieres, te lo enseño antes de que se lo trague la ciénaga».
Se marchó a atender a los demás huéspedes, corpulenta y erguida, y Prókop la siguió con la mirada. Para aquella mujer, Quemada no era un expediente, sino su hogar.
El trabajo comenzó por la base de medición.
La midieron en una ribera llana: trazaron una línea recta de mil doscientas brazas. A partir de ella debía desarrollarse toda la triangulación del sector. La cadena tintineaba, Frol contaba, Kapitón anotaba y el segundo topógrafo comprobaba. Al atardecer del segundo día, los extremos no coincidieron.
El desajuste era pequeño, de un palmo. Pero en el mapa, un error así podía convertirse en verstas.
La brigada buscó el error hasta que oscureció. Repitieron la medición tres veces. Comprobaron la cadena con la braza oficial. Cambiaron a los encargados de contar. Aquel palmo no desaparecía.
Prókop permanecía apartado con su caja y veía el error.
No podía explicar cómo lo sabía. Prókop miraba la leve pendiente hacia el agua y el lugar donde, pasada la braza número doscientos, la cadena cruzaba el hielo reciente de un meandro abandonado. Bajo la nieve se ocultaba el antiguo cauce. La cadena se curvaba sobre el hielo, lo justo para alterar la medición en un palmo. La memoria ajena le mostraba todo el arco oscuro del meandro, aunque en la hoja aquel punto fuera tierra firme.
Un porteador no debía ver.
Se calló. Aquella noche soñó con ríos. Desde lo alto veía los cauces antiguos y los nuevos brazos con la misma claridad con que su padre veía las letras de una página. En sueños no parecía un prodigio, sino un trabajo habitual.
Por la mañana, el propio Kapitón Yezhov recorrió la línea paso a paso y se detuvo junto al meandro abandonado.
«El hielo», dijo. «La cadena se comba. Trasladad la línea veinte brazas más arriba».
La trasladaron. Coincidió.
Kapitón cerró el cuaderno y, en vez de mirar la línea, miró a Prókop. Fue una mirada breve y profesional, sin una sonrisa.
«Ayer estabas aquí», dijo.
«Sí».
«Mirabas el meandro».
«Sí».
«Los porteadores miran dónde pisan», dijo Kapitón, y se encaminó hacia los jalones.
En las palabras de Kapitón no había elogio ni amenaza. Se había limitado a recordar lo que había visto. Prókop cogió la caja y fue tras él, maldiciéndose por haber dejado ver que entendía de levantamientos más que un simple porteador.
Para un hombre cuyo hogar había sido borrado del mapa, llamar la atención era peligroso.
La caja le pesaba en el hombro lo mismo que el día anterior. Pero ahora Prókop sabía que aquel camino llevaba hacia el este, hacia la divisoria de aguas, el viejo cortafuegos y el campo blanco del papel donde no tenía aldea, derecho ni nombre.
Solo tenía unos ojos capaces de ver dónde mentía la hoja.
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