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EL MAPA EN EL QUE NO EXISTIMOS

Capítulo 9. Un día de camino sin hoja

El contrato terminó en la divisoria de aguas.

Kapitón sacó un documento de la Administración, lo extendió sobre la caja de la plancheta y, conforme al reglamento, propuso renovar el contrato: el mismo salario y manutención, y un nuevo plazo –hasta que concluyera el registro cartográfico del sector oriental–.

Aiga escuchó hasta el final. Después dijo:

«No».

Frol gruñó: el salario era generoso.

«¿Te marchas del todo?», preguntó Kapitón.

«Me quedo», dijo Aiga. «Sin contrato. No tienes que alimentarme ni pagarme. Iré a tu lado y observaré qué aparece en tu hoja. Si quiero decir algo, lo diré. Si quiero irme, me iré».

«Eso no está contemplado. ¿Qué función tendrás en la brigada?»

«Testigo», dijo Aiga.

La palabra procedía del reglamento: el propio Kapitón la había leído junto al almacén. Un jalón sin un testigo local es ciego. Miró largamente a Aiga, como quien se ve atrapado por su propia norma, e hizo un gesto de resignación. Después ordenó a Zótik que anotara: testigo local adscrita a la brigada, sin manutención.

Zótik lo anotó.

A la mañana siguiente, Aiga despertó a Prókop antes del alba.

«Vamos. Le he dicho a Kapitón que inspeccionaremos los hielos. Volveremos al anochecer».

«¿Adónde?»

«A un día de camino».

Caminaron sin hoja, brújula ni cadena. Sin la caja de costumbre, Prókop no sabía qué hacer con las manos. Pero, sin la plancheta, por primera vez no miraba la línea trazada de antemano, sino cuanto lo rodeaba.

Aiga guiaba y nombraba.

«Cerro Donde-Esperaron-el-Viento. Debajo, la costra aguanta hasta que el sol está alto; después te hundes. Arroyo del Agua Podrida: no bebas, los renos no beben; fíjate en ellos. Pinar de los Siete Humos: liquen, antiguos campamentos, leña para siete hogueras».

Cada nombre comunicaba algo necesario: dónde encontrar agua y sustento, qué peligros evitar. Aquella forma de recordar la tierra le resultaba cercana a Prókop. En otra vida había visto el terreno desde arriba, dividido en líneas y coordenadas precisas. Aquí podían indicar la distancia solo de manera aproximada, pero el nombre señalaba sin error dónde dar de beber a las personas y a los renos.

A mediodía, en lo alto de una cresta, Aiga se detuvo.

«Ahora tú», dijo. «Guíanos de vuelta. Por los nombres».

Prókop miró hacia atrás. La nieve, los cerros y el pinar parecían iguales: blanco y azul. Cerró los ojos y reconstruyó la secuencia de nombres: Siete Humos, Agua Podrida, Donde-Esperaron-el-Viento. Con cada nombre recordó las particularidades del lugar y la dirección que debía seguir.

Solo se equivocó una vez, en Agua Podrida.

El arroyo formaba un recodo y Prókop decidió acortar por el collado, como habría hecho al trabajar con un mapa normal. Veinte pasos después advirtió que Aiga no lo había seguido. Ella se había quedado en silencio junto al recodo del arroyo.

Regresó y siguió su mirada. Bajo el collado, la nieve se había hundido visiblemente: debajo había un hueco.

«El arroyo se llama Agua Podrida», dijo Aiga. «No es el agua la que está podrida. Es la orilla. El nombre recuerda por ti. Esa línea recta tuya no recuerda nada: no tiene memoria, solo longitud».

A partir de entonces se guio por los nombres y no volvió a tomar atajos.

Junto al último cerro, ya al anochecer, ella dijo:

«¿Comprendes ahora qué te entrego cuando te digo un nombre?»

«Un día de tu clan».

«Un día de camino. No tenemos nada más valioso».

En el campamento ardía una hoguera y Zótik, como cada tarde, pasaba a limpio las notas del día. Prókop se sentó a su lado para calentarse y miró sin querer la copia en limpio: renglones rectos, márgenes impecables, letras cuidadas.

Buscó la corrección hecha después del jalón ciego, no por orgullo, sino para comprobar el enlace.

La corrección estaba allí. El renglón anterior aparecía tachado y el nuevo, añadido; todo igual que en el campo.

Bajo la corrección no figuraba ningún nombre.

Prókop recordaba con toda claridad que en el borrador ponía: porteador P. Vershinin. En la copia en limpio, la corrección había quedado anónima, como si nadie hubiera descubierto el error ni respondiera de la nueva anotación.

«Zótik, ¿dónde está el nombre?»

Zótik levantó la cabeza del cuaderno. Tenía el rostro cansado e inexpresivo.

«El nombre está en el borrador. La copia en limpio se redacta según el formulario del registro: las correcciones se consignan en el cómputo general. Así lo ordena la oficina del registro y así me enseñaron».

Incluso sacó un modelo impreso del formulario del registro. En él también se dejaba sin nombre el renglón corregido. Abajo había una nota: modelo preparado por la oficina del registro, la misma que proporcionaba a los topógrafos fórmulas ya redactadas.

Prókop lo leyó y guardó silencio. Así habían enseñado a Zótik y no había nada que reprocharle.

Prókop contempló aquel renglón pulcro sin poder explicar qué lo inquietaba exactamente. Todo era correcto: el enlace era el mismo y las cifras también. Solo había desaparecido el nombre, pero un nombre no era una cifra y no provocaba descuadres.

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