La cabaña de vigilancia se alzaba en el antiguo sector, junto al jalón triple. Allí vivía un hombre al que la lista de la Administración llamaba vigilante de señales y los convoyes, más sencillamente, Yevstignei-el-de-la-media-botella.
La brigada acampó junto a la cabaña para pasar el día y cotejar los antiguos enlaces. Con un convoy de la oficina que pasaba hacia el este le hicieron llegar a Prókop un obsequio: una bolsita de lona con pan tostado y una nota escrita con carbón, en letras grandes y vacilantes: «Para el hijo del maestro. No te quedes allí en los huesos. Sekleta». Prókop se guardó la nota bajo la ropa, junto a la lista de su padre, y repartió el pan entre la brigada.
En la cabaña del vigilante apenas había nada: un camastro, una mesa y una botella en un estante. Junto a la puerta colgaba un cepillo viejo de crin, reparado muchas veces. El uso constante había blanqueado y pulido el mango. Con aquellos cepillos se quitaban la nieve y el hielo de los jalones para que las muescas siguieran visibles. El vigilante debía recorrer el sector una vez al mes, pero el desgaste del mango dejaba claro que Yevstignei visitaba las antiguas señales con mucha más frecuencia.
Yevstignei resultó ser alto, delgado y encanecido antes de tiempo. Por las mañanas le temblaban las manos, pero hacia el anochecer se serenaban. Cogió con cuidado los antiguos cuadernos de la brigada y pasó las páginas durante largo rato, hasta que de pronto se detuvo.
Se detuvo en la hoja de Quemada.
«Es mía», dijo.
«Es su letra», confirmó Kapitón. «Levantamiento del año veintidós, sector meridional».
«Mía», repitió Yevstignei, y las manos le temblaron de un modo distinto al de las mañanas.
Aquella noche, Prókop fue a verlo solo. Dejó sobre la mesa el pan tostado y una botella que había comprado a los del convoy. Yevstignei miró primero los obsequios y luego a Prókop. Pese al cansancio y a la bebida, su mirada seguía lúcida.
«Has venido a preguntar».
«Sí».
«Por Quemada».
«Por Quemada».
Yevstignei se sirvió, pero no bebió. Sostuvo el vaso entre las manos para calentarlo.
«Dieciocho casas», dijo. «Una escuela con campana. El maestro incluso salió a nuestro encuentro en el cortafuegos y nos invitó a pasar la noche: decía que en su casa había calor y libros. No fui. Me quedaban ocho días para la inspección; qué libros ni qué nada». Yevstignei miraba el vaso. «Lo recuerdo, muchacho. No creas que no. Llevo veinte años recordando cada noche cómo se queda allí, en el cortafuegos, haciéndome señas con la mano. Invita a dormir al hombre que ya lo ha borrado, aunque ninguno de los dos lo sabe todavía».
«¿Por qué no fue?»
«El plazo».
Yevstignei pronunció aquella palabra como se dice el nombre de una enfermedad.
«Quedaban ocho días para la inspección y veinte verstas hasta el final del sector, y la ciénaga se había vuelto intransitable. Si ibas a Quemada, eran dos días de ida y dos de vuelta; la hoja no se entregaba, no había prima y la brigada pasaba el invierno sin salario. Si no ibas, la hoja se entregaba a tiempo y todos tenían comida».
«Y usted escribió: quemada».
«No», dijo Yevstignei. «Yo no escribí nada. Lo dejé en blanco, pensando que terminaríamos el levantamiento en primavera. Pero la oficina del registro no aceptaba espacios vacíos. Me devolvieron la hoja con una palabra preparada: toma, escribe esto: paraje, quemada, ciénaga, baldío. La palabra ya estaba escrita, muchacho. Por otra mano, en un papel aparte; solo había que copiarla. No me la inventé. Lo único que hice fue no tacharla».
Prókop permaneció inmóvil.
«¿De quién era el papel?»
«De los escribientes. De la oficina de Mezhentsev. Entonces trabajaban para el registro y proponían fórmulas ya redactadas para que los topógrafos escribieran más deprisa. Tenían una palabra para cada clase de tierra». Yevstignei torció la boca en una sonrisa. «Muy cómodo. Tú no mientes, solo dejas de tacharlo. Así está escrita la mitad del imperio, muchacho: nadie miente, simplemente nadie tacha nada».
Bebió.
«Kapitón me ha contado que preguntaste por el garante del blanco cartográfico», dijo de pronto. «Por aquel único caso en cien años».
«Kapitón no terminó la historia».
«Kapitón es buena persona, por eso no la terminó. Yo soy malo». Yevstignei volvió a servirse. «Se llamaba Luká Mernik. Yo llevaba la cadena para él cuando era un chiquillo, como tú ahora. En el levantamiento del norte dejó un blanco cartográfico: una región de lagos adonde un clan se desplazaba en verano; no quería que se adjudicara. Respondió con su nombre: tras el blanco, afirmó, no había tierras aprovechables ni rutas que él hubiera omitido».
«¿Mintió?»
«Mintió. Había una ruta, la conocía y la estaba ocultando. Tres años después, los de la oficina reunieron declaraciones y compraron a un testigo. A Luká le quitaron la licencia, borraron su nombre del gremio y le confiscaron todo lo que había ganado. Hasta su muerte anduvo cuidando jalones ajenos y quitándoles la nieve. Yo vendí mi cadena para pagar su entierro».
Yevstignei desvió la mirada más allá de Prókop, hacia la pared, donde colgaban viejas tablas con muescas.
«Fíjate, muchacho: no fue el blanco cartográfico lo que lo arruinó, sino la mentira que amparó con su nombre. Si respondes con tu nombre, cualquiera puede venir y comprobarlo. La verdad resiste esa comprobación. La mentira no».
Alzó el vaso sin brindar.
«Bebo para no responder con mi nombre».
Prókop regresó de la cabaña en la oscuridad. La palabra que había borrado Quemada estaba escrita de antemano; un hombre cansado se había limitado a no tacharla. Y la garantía del blanco cartográfico solo se sostenía para quien no tenía nada que ocultar. Luká Mernik había mentido bajo su propio nombre y lo había perdido todo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Prókop, y no fue por el frío.
Prókop no podía permitirse una comprobación semejante. En su pasado estaba la historia del pan de especias, que nunca había contado a nadie.
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