El clan levantó los campamentos de verano tres semanas antes de lo previsto.
Prókop no se enteró por Aiga. Lo vio desde la cresta: donde el día anterior se alzaban las tiendas, solo quedaban círculos de liquen aplastado, manchas negras de hogueras y armazones desnudos de varas. El clan se dirigía al norte, hacia lugares aún no levantados, adonde el sector no llegaría hasta el verano siguiente.
Bajó al campamento abandonado sin saber muy bien para qué. De la vara central, al alcance de la mano, colgaba un nudo hecho con un viejo arnés de reno: tres correas atadas no de la manera práctica habitual, sino como para emprender camino, con los extremos hacia abajo. Prókop lo descolgó y se lo llevó consigo, sin comprender por qué lo hacía.
Aiga alcanzó a la brigada al día siguiente, junto a Loma Negra, montada y con un reno de remuda. Vio el nudo sujeto a la silla de Prókop y se lo explicó, aunque él no había preguntado:
«Es una señal del camino. El clan ha pasado; no lo sigas. Así se la deja para los suyos».
«Yo no soy de los suyos».
«Lo ató mi abuelo –dijo Aiga–. Pregúntale a él quién eres. Si algún día lo alcanzas».
Después dijo lo importante.
«Mi abuelo ha tomado una decisión –le dijo a Prókop–. La ruta de otoño pasará más al norte. Por pastos pobres y vados ajenos. Pero sin tu cinta».
«El sector también llegará hasta allí».
«Llegará. Pero no a tiempo». Lo miró sin alterarse. «Tú mismo dijiste que lo que no se levanta dentro del plazo está vacío. Si figuramos como un vacío, nos adjudicarán a la oficina. Si nos levantan, la carretera nos partirá en dos. Mi abuelo ha elegido, entre dos muertes, la más lenta».
«Yo podría…»
«Podrías medir mal –dijo Aiga–. Pero no sabes hacerlo. Lo he visto. Viniste a medir, así que ya elegiste».
No lo acusaba: se despedía, y ya era demasiado tarde para discutir.
«Aiga».
«El clan se marcha. Yo me quedo para la inspección. Le dije a mi abuelo que el clan necesita una voz entre los papeles. Pero ya no tienes nombres, y tampoco me tienes a mí. Tienes una testigo del levantamiento. Escríbelo así en tu diario».
Hizo dar media vuelta al reno.
Prókop permaneció en la cresta y pensó, avergonzado, que el levantamiento no debía terminar a tiempo. Ojalá el deshielo convirtiera los caminos en barrizales y les impidiera cumplir los plazos; ojalá su trabajo exacto y honrado no llegara al registro. El topógrafo del Levantamiento General estaba en mitad de su sector deseando que fracasara.
Y un día después se marchó Tyko.
Fue él mismo a despedirse, con un hatillo, una camisa nueva y una petición escrita con caligrafía pulcra y regular. El general Stroyev recorría los sectores antes de la inspección otoñal de las hojas, y Tyko le entregó directamente la petición: solicitaba ser admitido como aprendiz de escribiente del levantamiento.
«Mi abuelo no dice nada –dijo Tyko–. Aiga me dijo que fuera. Mejor que uno de los nuestros lea sus papeles a que un extraño escriba los nuestros».
«¿Y la oficina? –preguntó Prókop–. Te habían llamado. Para trabajar al calor, escribiendo».
Tyko lo miró; en su expresión no había ni vergüenza ni necedad.
«Leí sus relaciones de tierras –dijo–. Para cada terreno tienen una palabra preparada y un precio puesto de antemano. Al principio pensé que escribían muy bonito. Después leí lo del Manantial de los Tres Alces. Yo nací junto a ese manantial, topógrafo. Para ellos es un baldío, y lleva un precio». El muchacho se ajustó el hatillo. «Los diarios del general no tienen precios. El general tiene un juramento y un uniforme, y hay que poner el nombre bajo cada corrección. He observado y he comparado. Si tengo que irme con los extraños, prefiero a aquellos cuyas palabras no se venden».
Prókop no trató de disuadirlo. Al menos los negocios de la oficina se veían; el daño de un registro impecable no se manifestaba hasta más tarde. Pero el muchacho elegía honradamente lo mejor de cuanto conocía. Un año atrás, Prókop había tomado la misma decisión.
«Aprende –se limitó a decir–. Y no tires los borradores».
Tyko no lo entendió, pero asintió una vez, breve y serio. Después, cuando ya se marchaba, se volvió:
«¿Es verdad que los topógrafos prestan juramento? Los del convoy me dijeron que no hay que entregar una hoja con mentiras, aunque sea la última que falte para cumplir el plazo».
«Es verdad».
«Es bonito –dijo Tyko con seriedad, escuchando cómo sonaban las palabras–. La oficina no tiene nada parecido. La oficina solo tiene inventarios».
Se marchó hacia el convoy del general. Prókop lo siguió con la mirada durante mucho tiempo.
El clan se había ido hacia el norte. Tyko se había ido hacia el sur, al convoy del general.
Entre ambos quedó la línea recta del sector.
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