Ottisknovelas originales
EL MAPA EN EL QUE NO EXISTIMOS

Capítulo 15. Pruebas

La primera nieve cayó en una sola noche y cubrió la tierra en silencio.

Yevstignei se presentó en persona ante la brigada, montado en un jamelgo de la Administración, sin permiso y sin botella. Prókop tardó en reconocerlo. Sobrio y afeitado, el guarda parecía mucho mayor.

«He oído lo del aplazamiento de las rutas –dijo en vez de saludar–. Así que no llegarán a tiempo y constarán vacías. Un trabajo conocido. Toma».

Bajó del jamelgo un pesado cofre reforzado con hierro.

El cofre contenía los originales de campo de veinte años de levantamientos: diarios de trabajo, hojas de mediciones y croquis con nombres, tachones y manchas de agua de ciénaga. Encima había un cuaderno aparte. En él, Yevstignei había enumerado las hojas que volvían del registro con fórmulas ya redactadas e indicado el año y el escribiente de la oficina.

«Durante veinte años pensé que guardaba esto para cuando me juzgaran –dijo Yevstignei–. Resulta que era para la inspección. Cógelo. Los he comparado: las fórmulas de la oficina aparecieron en once hojas, no solo en la de tu Quemada. Once, muchacho. Esto ya no son prisas. Es un sistema».

Prókop pasó tres días cotejándolas.

Trabajaban de noche, a la luz de dos velas, en un rincón de la cabaña de invierno: de día la brigada daba por terminada la temporada de campo y había demasiados ojos ajenos alrededor. Kapitón entregó en silencio los borradores del arcón de la brigada, dejando constancia y con todas las formalidades. No preguntó qué buscaba Prókop, pero se ocupó de que la entrega fuera legal. Frol se sentaba junto a la puerta, fingía remendar una correa intacta y repetía lo mismo a todo el que intentaba entrar en la cabaña: «Duermen. Hacen cuentas. Vete».

Prókop pidió a Zótik los borradores de la brigada de las tres temporadas, todo cuanto el escribiente había conservado con esmero en envoltorios encerados, y los colocó junto a las copias en limpio. Sabía buscar descuadres. Ahora tenía que encontrar discrepancias no en las brazas, sino en las fórmulas.

Todas las cifras coincidían. Las referencias, los ángulos y las longitudes de la copia en limpio reproducían con exactitud el borrador. Zótik escribía con cuidado; allí no había falsificación ni negligencia.

Lo que no coincidía eran los nombres.

En los borradores, cada corrección llevaba el nombre de quien la había introducido: Yezhov, Vershinin o el segundo topógrafo. En las copias en limpio esos nombres habían desaparecido: así lo exigía el formato del registro, donde las correcciones se reunían en un cómputo general. En tres temporadas, Prókop contó treinta y seis correcciones de ese tipo y otros tantos nombres desaparecidos.

Y en una hoja no solo habían cambiado el nombre.

En el borrador, el refugio de invierno de Pankrat, junto a Loma Negra, estaba referenciado a un viejo alerce situado a cuatro brazas de la cabaña. En la copia en limpio, el alerce había desaparecido y la referencia se había trasladado al límite del sector. Aquella pequeña corrección bastó para que el refugio quedara en medio de tierras de la Administración y Pankrat se convirtiera en un ocupante ilegal.

Habían cambiado la cifra, pero nadie había firmado la corrección. En el borrador de Zótik no aparecía en absoluto. Por tanto, se había incorporado a la copia en limpio después de que esta saliera de la brigada.

Prókop puso las dos hojas delante de Zótik.

Zótik pasó largo rato mirando de una hoja a otra.

«Esta letra no es mía», dijo al fin.

«Se parece a la tuya».

«Nos enseñaron con los mismos cuadernos de caligrafía». Zótik alzó los ojos, y Prókop vio miedo en ellos por primera vez. «En invierno llevaban las copias en limpio a la oficina del registro para cotejarlas. Es el procedimiento. Las llevaba un hombre del convoy. Yo las entregaba y las recibía según el inventario, hoja por hoja».

«Hoja por hoja –repitió Prókop–. Pero durante ese cotejo aparecían en ellas correcciones ajenas sin firma».

Zótik guardó silencio. La mano se le fue sola al pecho, donde escondía las cartas y las monedas para su hermano.

«Tu hermano está sometido a servidumbre por deudas con la oficina –dijo Prókop en voz baja–. He visto que le mandas dinero. No te estoy preguntando nada, Zótik. Te lo estoy diciendo: en la inspección mostraré los borradores y las copias en limpio. Las treinta y seis correcciones sin nombre y la que tiene una cifra cambiada. Decide antes de la inspección qué dirás cuando las pongan sobre la mesa».

Zótik permaneció callado mucho rato. Después sacó de debajo de la ropa una carta desgastada por los dobleces y la dejó sobre la mesa, entre el borrador y la copia en limpio.

«Mi hermano escribe que casi ha reunido el rescate –dijo–. Lleva tres años ahorrando. En primavera la oficina lo liberará por completo. Si hasta entonces sigo siéndoles útil». Miró sus manos limpias, con un callo de tinta en el dedo corazón. «Crees que no sabía que los nombres desaparecían de las copias en limpio. Lo sabía, topógrafo. Solo pensaba que un nombre no era una cifra, que no provocaba ningún descuadre. ¿A quién podía perjudicar?»

«A Pankrat», dijo Prókop.

Zótik guardó la carta.

Aquella noche partió del campamento un correo del jefe de convoy: fuera de horario, sin carga, en el mejor caballo y rumbo a la oficina.

Prókop lo vio alejarse desde la cresta. No tenía sentido perseguirlo: el correo ya llevaba el aviso. La oficina se enteraría del cotejo e intentaría apoderarse de los borradores. Y quien los custodiaría sería Zótik, cuyo hermano seguía sometido a servidumbre por deudas con esa misma oficina.

Volvió a la cabaña y solo le dijo una cosa a Zótik:

«A partir de esta noche, llévalos encima. No en el arcón. Encima».

Zótik lo miró a él, miró la puerta tras la cual resonaban los cascos y, sin decir nada, se metió bajo la ropa los envoltorios encerados, junto a las cartas.

Quedaban dos semanas para la inspección de las hojas. Tres para el plazo del registro.

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