Prókop avanzó hasta Pereimishche con los convoyes que iban en su misma dirección y, cuando no había ninguno, solo, arrastrando el baúl de su padre en un trineo de caza.
Para el plazo del registro ya habían apisonado bien el camino de invierno. Hacia el fuerte avanzaban, uno tras otro, convoyes con hojas, arcones y diarios. Brigadas de toda la taiga oriental acudían a la inspección, y el antiguo topógrafo caminaba entre ellas sin que nadie reparase en él.
Al tercer día, junto a una barraca donde los hombres de los convoyes entraban en calor, oyó contar su propia historia.
«…y va el topógrafo, tira el sello y dice que no piensa levantar un vacío –contaba un hombre del convoy mientras soplaba el té–. Era de esos, de los borrados. Hace tiempo registraron su aldea como una quemada, y se ve que perdió la cabeza: dicen que midió todo el sector tres veces, siempre buscando la verdad».
«¿Y dónde está ahora?»
«¿Dónde iba a estar? Desapareció».
Prókop estaba sentado en un rincón de la barraca, sin afeitar y con el zamarro cubierto de escarcha, escuchando el relato de su propia desaparición. La historia era casi cierta. Solo le faltaba una cosa: adónde se dirigía.
Ni él mismo lo sabía con certeza.
Tenían derecho a hablar en la inspección quienes ostentaban un rango en el levantamiento, los garantes, los contratistas y los testigos. Él ya no tenía rango. A un hombre borrado de las listas no lo admitirían como garante. Le quedaba el derecho del testigo. De noche, acompañado por el chirrido del trineo, Prókop recordaba la cláusula pertinente del reglamento: puede actuar como testigo cualquiera cuyo nombre figure en los diarios del levantamiento bajo una medición o una corrección.
Su nombre figuraba bajo la primera corrección del sector. Jalón ciego, Paso Seco, letra de Kapitón: porteador P. Vershinin.
En el borrador.
En la copia en limpio, aquel punto había quedado incluido en el cómputo general y su nombre había desaparecido durante la transcripción. Según el reglamento, los borradores se llevaban a la inspección junto con las copias en limpio, como anexos originales de los inventarios. Los escribientes de las brigadas respondían de ellos.
La anotación que le daba derecho a intervenir en la inspección viajaba hacia Pereimishche en un envoltorio encerado, contra el pecho de Zótik, junto a las cartas para su hermano.
Prókop caminaba pensando en su padre.
Su padre había recorrido aquel camino durante veinte años con sus peticiones. Había esperado en barracas iguales, calentándose las manos al fuego, y quizá había oído las mismas conversaciones. Siempre llegaba a la oficina como peticionario: pedía que le devolvieran lo arrebatado a quienes se lo habían arrebatado. Un peticionario depende de que quieran escucharlo.
Prókop no iba a pedir.
Un testigo no pide. Dice su nombre y declara qué midió y qué vio. Están obligados a admitir su testimonio con independencia de su rango, porque así lo ordena el reglamento. Stroyev no podía anular aquella regla sin infringir su propio reglamento.
La diferencia parecía pequeña, pero ahora toda su vida dependía de ella.
En la última etapa antes del fuerte, lo alcanzó un tiro de renos.
Oyó a su espalda el chasquido seco de las pezuñas y se apartó del camino de invierno para dejarlo pasar. El tiro se puso a su altura y se detuvo. En el trineo, envuelta en un abrigo de piel de viaje y con el rostro oscurecido por el viento que le daba de frente, iba sentada Aiga.
Se miraron en silencio durante unos instantes.
«Sube –dijo ella–. A pie no llegarás a tiempo a la inspección».
Prókop no se movió.
«Dijiste que ya no te tenía».
«No me tienes –convino Aiga–. No he venido por ti. Voy a la inspección. El clan necesita una voz entre los papeles, no un defensor de buen corazón. Mi abuelo me ha enviado como testigo: yo guié el levantamiento, mi nombre figura en el registro de contratación. No te necesito, antiguo topógrafo».
Se desplazó en el trineo para hacerle sitio.
«Pero con dos personas el trineo avanza más estable. Sube. Esto no es perdón».
Prókop ató su trineo con el baúl detrás del de Aiga y subió.
Los renos se pusieron en marcha. El tiro se lanzó hacia el fuerte, donde ya estaban montando en la plaza, ante la residencia del gobernador, unas mesas largas para las hojas del Levantamiento General.
En algún lugar de allí, en uno de los convoyes, viajaban los borradores con su nombre.
En algún lugar de allí, Zótik decidía de qué lado se pondría.
En algún lugar de allí, Stroyev ya sabía que iban de camino y no hacía nada por impedirlo.
Prókop iba sentado en un trineo ajeno junto a una mujer que no lo había perdonado, pero que aun así había ido a buscarlo. Sostenía sobre las rodillas el baúl de su padre y sentía que estaba donde debía estar. Por primera vez desde el día en que la oficina se negó a devolver Quemada. O quizá por primera vez desde los ocho años.
Un hombre borrado de las listas iba a la inspección para defender a quienes también habían sido borrados.
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