Después de la taquilla, el parque quedó más silencioso.
No más vacío. Más silencioso, exactamente.
Hasta las cintas rojas de la entrada susurraban con más cuidado. Maia Kráieva pidió que la relevasen por la tarde, pero no se marchó. Se sentó en la vieja taquilla, cerró el registro de incidencias y dijo que tomaría notas aparte, a mano.
«¿Por qué a mano?», preguntó Iliá.
«Porque, si meto esto en el sistema, el sistema hará como si yo estuviera enferma».
Varia permanecía junto a las puertas de la Casa del Terror, mirando el apellido de su padre en el libro de caja. Durante todo el día solo habló de cuestiones prácticas. Cables, interruptor, cinta, llave. Ni una pregunta sobre Andréi Gordéiev. Iliá no la apremió. Por primera vez comprendió que, en un lugar así, la confianza no se construía con palabras. Allí confiar a veces consistía simplemente en no meter la mano en una herida reciente.
Román Zúiev llegó al anochecer.
No llevó una amenaza, sino un foco portátil, dos extintores y unos carteles provisionales con la inscripción «Prohibido el paso». Lo dejó todo junto a la verja y dijo:
«Ya que no pensáis marcharos, al menos procurad que nadie muera de forma estúpida».
Iliá esperaba que hubiese trampa.
La trampa era que la ayuda era auténtica.
Román Zúiev sabía ser útil justo cuando eso lo volvía más peligroso. No presionó a Varia después de que se negara. No discutió con Maia. Se limitó a fotografiar las cintas rojas, anotar la hora y decir que al día siguiente la ciudad tendría noticia de una nueva infracción.
«¿Cuál?», preguntó Iliá.
«Acceso no autorizado a una instalación clausurada con la participación de una testigo de edad avanzada».
«¿Se refiere a Nina?»
«Me refiero a la responsabilidad. Usted lo llama verdad, Iliá. En los documentos será explotación de una persona vulnerable dentro de un pabellón peligroso. Los documentos no saben tener miedo de los fantasmas. Pero se les da de maravilla tener miedo de los procesos penales».
Se marchó antes de medianoche.
Y casi inmediatamente después sonó un clarín en el parque.
No era el timbre de fichar. Ni la caja registradora. Era un agudo clarín de pioneros, tan limpio y animoso que produjo más frío que cualquier chirrido. La Casa del Terror abrió la entrada principal. Tras la puerta no había ningún taller ni ninguna taquilla. Había una formación escolar.
El asfalto estaba mojado. Del mástil colgaba una bandera roja aunque no soplaba el viento. A ambos lados del camino había niños con camisas blancas. No se les veía la cara. Solo las nucas, los cuellos mojados y los pañuelos rojos, que colgaban demasiado pesados, como si acabasen de sacarlos del agua.
Maia Kráieva fue la primera en dar un paso al frente.
«Si esto es un montaje para grabar un vídeo, voy a pegarle a alguien con el atestado».
«Cuando aquí graban un vídeo, suelen gritar más», dijo Varia.
Iliá escuchaba el clarín.
El clarín no tenía aliento. La nota se mantenía uniforme, pero detrás había un miedo infantil comprimido hasta convertirse en un solo sonido.
En el patio había una maestra. Tenía el rostro mal dibujado, como en una vieja lámina escolar: sonrisa, ojos, colorete. Pero las manos eran de verdad. Sostenían un registro de asistencia.
«Destacamento», dijo con una voz en la que no había ningún adulto. «A pasar lista».
El primer apellido.
Silencio.
El segundo.
Silencio.
El tercero.
En algún punto de la fila tembló un pañuelo mojado.
Maia dijo:
«Aquí no hay nadie».
La maestra volvió la cabeza hacia ella. La sonrisa de papel no se movió.
«Entonces responda por los ausentes».
Varia susurró:
«No lo haga».
Maia ya había abierto la boca.
Iliá alcanzó a tapar el registro con la palma. No porque hubiese entendido del todo la regla. Sencillamente, después de la nave, sabía que, si la Casa pedía un nombre, nadie debía responder con el de otra persona.
El clarín se cortó de golpe.
En la primera hoja del registro aparecieron unas palabras:
No se puede responder por un ausente.
La maestra volvió a pasar lista.
Esta vez Iliá no intentó leerlo todo. Escuchó. Después de cada apellido surgía un leve sonido en el aire: una gota sobre el asfalto, el chirrido de la puerta de un autobús, el golpe de un tacón, una inspiración breve. Cada ausente había dejado su propio rastro.
Entonces sonó un nombre:
Olia Mélnik.
Y desde el final de la formación respondió la voz de una mujer adulta:
«Presente».
Todos los niños volvieron la cabeza al mismo tiempo.
Donde debería haber estado una niña había una anciana con un abrigo de andar por casa. No era un fantasma. Estaba viva. Llevaba un pañuelo rojo mojado sobre el abrigo y tenía el rostro de quien llevaba muchos años despertándose cada noche en aquella formación.
Maia exhaló:
«Klava Sinítsyna».
La mujer se tapó la boca con ambas manos, como si la respuesta se le hubiese escapado contra su voluntad.
La sonrisa de la maestra se ensanchó.
«Respuesta aceptada».
Klava Sinítsyna perdió la voz.
Intentaba decir algo, pero de su garganta solo salía un susurro infantil. No era el suyo. Era el de la niña por la que había respondido una vez.
El registro pasó de página solo.
En la nueva página había el sello de una comisión que, según Maia, no constaba en el archivo municipal.
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