A medianoche regresó la lluvia.
No caía a cántaros. Flotaba en el aire como un fino polvo de agua que humedecía el pelo y las mangas antes de que uno se diera cuenta de que se había mojado. El estanque situado detrás de la Casa del Terror era casi negro. De día flotaban en él bolsas, lenteja de agua y botellas vacías. De noche, su superficie se había vuelto lisa como el cristal de la ventanilla de la taquilla.
Maia trajo una linterna. Varia, una cuerda. Iliá quiso decir que nadie iba a meterse en el agua, pero no lo hizo. Después de dos noches en la Casa del Terror, aquellas frases ya no sonaban a prudencia, sino a una petición para que el lugar demostrara lo contrario.
La puerta no se abrió en el pabellón.
Apareció justo al borde del agua.
Vieja, verde, con la pintura descascarillada y un letrero que decía «Entrada de servicio». Tras la puerta no había un pasillo, sino el mismo estanque, solo que más profundo. La orilla descendía por unos escalones que no existían en el parque real. En el último había una entrada mojada.
Iliá se inclinó.
En la entrada ponía:
Entrada. Un adulto. No existió.
El agua subió un dedo.
Maia dijo en voz baja:
«¿Puede repetir?»
«No hace falta», dijo Varia con demasiada brusquedad.
Pero la regla ya había despertado.
Una voz surgió del agua. Masculina, entrecortada por el agua, pero furiosa:
«Yo existí».
Iliá cogió la entrada con dos dedos.
El agua subió otro dedo.
Aparecieron círculos en la superficie. En cada uno había una imagen breve: un coche junto al estanque de noche, sacos llenos de papeles, dos hombres con gabardina, una pequeña farola del parque que alguien rompía de una pedrada. Después, un hombre con chaqueta de trabajo detrás de unos arbustos. Había visto demasiado y había comprendido demasiado tarde lo que había visto.
«¿Es su padre?», le preguntó Maia a Varia.
Varia no respondió.
Miraba al hombre del agua como si intentara obligar a aquel rostro a resultarle conocido.
La imagen tembló. El hombre se volvió. No era Andréi Gordéiev.
Varia soltó el aire.
Iliá no supo si era alivio o un dolor nuevo.
La voz del agua dijo:
«No me encontraron porque no podían encontrarme. Si me hubieran encontrado, habrían encontrado los sacos. Si hubieran encontrado los sacos, habrían encontrado las listas. Si hubieran encontrado las listas…»
No terminó la frase.
Desde la orilla, en la oscuridad, respondió otra voz. Seca, vieja, ajena:
«Él no existió».
El agua llegó al primer escalón.
Maia se volvió.
Nadie.
La voz repitió:
«No hubo ningún hombre. No hubo ninguna entrada. No había ningún estanque en el inventario».
El agua llegó al segundo escalón.
Varia le lanzó la cuerda a Iliá.
«Átesela a la cintura».
«No voy a meterme».
«Lo hará si ella se lo pide».
«¿Quién?»
Varia ya bajaba hacia el agua.
Iliá lo entendió demasiado tarde. En el escalón inferior, ella no había visto el rostro del ahogado. Había visto una pequeña placa metálica encajada entre las piedras. Llevaba un número grabado.
Y las iniciales: A. G.
Andréi Gordéiev.
Varia entró en el agua hasta las rodillas.
«¡Varia!»
«No es él», dijo. «Pero esto es suyo».
La voz de la oscuridad volvió a decir:
«No existió».
El agua le llegó a la cintura.
Iliá saltó tras ella sin pensarlo. El frío le golpeó el pecho y lo dejó sin aire. La cuerda le dio un tirón en la cintura. Maia gritó algo desde arriba. El agua era poco profunda e infinita a la vez: sus pies tocaban los escalones, pero algo tiraba de su cuerpo hacia el fondo, hacia donde yacían los papeles mojados.
Varia alcanzó la placa.
El agua le cubrió la boca.
Iliá la agarró de la chaqueta y tiró de ella hacia atrás. Durante un segundo le pareció que no tiraba de una mujer, sino del parque entero: la taquilla, el taller, la formación, el libro del abuelo, los sobres ajenos, todas las palabras «no existió» que la ciudad había pronunciado durante décadas, hasta que se convirtieron en agua.
Maia y la cuerda consiguieron sacarlos hasta los escalones.
Varia tosía mientras apretaba la placa contra el pecho.
Iliá estaba tumbado a su lado y oía cómo retrocedía el agua.
No porque la deuda estuviera saldada.
Sino porque la Casa del Terror había conseguido testigos.
La entrada mojada que tenía en la mano ya no se emborronaba. En el reverso apareció un nombre:
Serguéi Lomín. Ahogado. Pendiente.
Y al lado, en el borde, una fina línea arañada formaba el número de Andréi Gordéiev.
Varia miraba la placa.
«Estuvo aquí», dijo.
«Sí», dijo Iliá.
«¿Y el abuelo lo sabía?»
Iliá no respondió.
Aquel silencio costó más que cualquier respuesta.
Varia se levantó sola. No aceptó su mano. No porque lo despreciara. Sino porque, de haberla aceptado, tal vez no habría podido seguir enfadada.
A su espalda, la puerta del estanque se cerró.
Y en la taquilla, muy lejos, más allá de los árboles mojados, algo tintineó.
No la caja registradora.
El teléfono.
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