Por la mañana, el parque estaba mojado, aunque no había llovido.
Los tablones junto a la taquilla se habían oscurecido, los carteles colgaban pesados, como ropa después de un mal lavado, y en los caminos brillaban finos charcos que Iliá no recordaba haber visto la noche anterior. Varia caminaba delante en silencio. Maia llevaba en las manos la bolsa con el móvil de Gleb Savin y no miraba hacia la Casa del Terror, como si temiera que esta la mirase primero.
Se habían llevado a Gleb aquella misma noche.
No gritó, no exigió que le devolvieran el móvil ni insultó a los adultos. Eso era peor. Iba sentado en el asiento trasero del coche oficial, con la chaqueta de Maia sobre las rodillas, y se sobresaltaba cada vez que en la ciudad tintineaba una moneda, un manojo de llaves o una cuchara contra un vaso. Antes de marcharse solo preguntó una cosa:
«Si corté la retransmisión, ¿eso cuenta?»
Iliá no supo qué responder.
El libro sí.
Gleb Savin. Portador vivo. Liberado.
Pero más abajo seguía la línea que aquella noche había hecho que Varia se apartase un paso de Iliá.
Iliá Lázarev. El nieto no debe saberlo.
«¿Saber qué?», preguntó Maia.
Nadie respondió. Porque los tres estaban mirando ya el viejo cajón de la taquilla.
La llave de Nina Pajómova descansaba sobre la mesa, entre la caja diurna y el libro nocturno. Era pequeña y oscura, con una etiqueta en la que la letra de Semión Ilich casi se había borrado con el tiempo. El día anterior, aquella llave había abierto el descuadre de otra persona. Hoy permanecía en silencio, pero Iliá oía en ella el mismo sonido que había oído en una mala grabación: el punto del empalme.
«El abuelo tenía un cajón», dijo.
Varia se volvió hacia él.
«No lo habías dicho».
«No sabía que existía».
Era casi verdad. Iliá recordaba el armario inferior de la taquilla. Recordaba que el abuelo guardaba allí un termo, un viejo soplete, un fajo de entradas y un trapo para el cristal. Pero detrás del fondo del armario no debía haber nada. Solo contrachapado, telarañas y la pared del pabellón.
Varia se agachó, pasó los dedos por la rendija y encontró enseguida lo que Iliá jamás habría advertido: una fina lengüeta de latón en torno a la cual la pintura se había desgastado hasta dejar el metal al descubierto.
«No es un escondite», dijo. «Está demasiado bien hecho. Alguien tenía que abrirlo a menudo».
La llave entró sin esfuerzo.
La cerradura no hizo ningún ruido. No chasqueó ni chirrió. El fondo del armario simplemente se desplazó hacia dentro y, desde la oscuridad, llegó un olor no a moho, sino a papel seco, validol y tabaco viejo.
Maia levantó el móvil para encender la linterna.
«No grabes», dijo Varia.
Maia bajó la mano.
Dentro no había dinero.
Eso fue lo primero que sacudió a Iliá. Ni él mismo sabía qué esperaba encontrar. Fajos de billetes, relojes de oro, pasaportes ajenos, algo evidente y sucio que le permitiera odiar al abuelo sin esfuerzo. Pero en el cajón había sobres atados con hilo. En cada uno figuraba, en lugar de un nombre, una breve anotación:
Viaje.
Medicinas.
Entierro.
Hasta la primavera.
Cambiar de apellido.
Varia sacó el primer sobre.
Contenía billetes de tren a Kírov, dos fotografías de unos niños y una nota: «No volver hasta que muera Kuzin. Tamara esperará en la estación. No gastar el dinero en las deudas del marido».
En el segundo había recetas, informes y el recibo de la operación de un niño al que correspondía esta anotación en el libro nocturno: «Hijo de la taquillera. No inscrito».
Nina Pajómova llevaba todo aquel tiempo junto a la puerta. Iliá no había visto cuándo llegó. La anciana no entró, se limitó a sujetarse al marco con una mano.
«No me lo dijo», dijo.
«¿El qué?», preguntó Maia.
«Que no fue un pariente quien sacó de allí a mi hijo. Yo creía que la hermana de mi marido había conseguido el dinero. Pero fue él».
Iliá quiso sentir alivio.
No pudo.
Los sobres estaban colocados con demasiado cuidado. Contenían demasiadas salvaciones ajenas, compradas sin explicaciones, sin el nombre del salvador, sin derecho a decir después: al menos lo intenté.
Y otra cosa resultaba demasiado evidente.
Si el abuelo había salvado a algunos, sabía a quiénes no había llegado a tiempo de salvar.
Varia no dijo una palabra. Fue abriendo un sobre tras otro hasta llegar a una carpeta gris sin inscripción. Dentro había copias de recibos. Todos a nombre de Semión Ilich Lázarev. Las cantidades variaban, y las fechas también. Pero a la derecha, en una esquina, se repetía el mismo signo: una pequeña marca de recuento, cuatro trazos y un quinto cruzándolos.
Maia soltó el aire:
«El sello de la comisión llevaba una igual».
Iliá cogió uno de los recibos. El papel era fino como un impreso médico. Con la letra del abuelo, ponía:
Recibido. Para el viaje de la familia Sinitsin. No tengo con qué devolverlo.
Más abajo, otra mano había añadido:
Saldar con silencio.
Varia alzó los ojos.
«¿Silencio sobre qué?»
Iliá ya había visto la siguiente carpeta.
Estaba al fondo del todo. Era gruesa y tenía un borde quemado. Solo llevaba una palabra:
Gordéiev.
Varia no intentó cogerla.
Al contrario, retrocedió.
«Ábrela», dijo.
Iliá la abrió.
En la carpeta no había ningún cadáver, ninguna confesión ni una respuesta bonita. Solo la copia de una orden de reparación de la sala eléctrica, la vieja placa de Andréi Gordéiev, igual que la que Varia había sacado del fondo del estanque, y un recibo.
Semión Ilich Lázarev había recibido dinero la noche de la desaparición de Andréi Gordéiev.
La cantidad era elevada. Tanto que Iliá creyó al principio que estaba viendo mal los ceros.
Varia no lloraba.
Eso lo asustó aún más.
«¿Qué hizo con el dinero?», preguntó ella.
Iliá empezó a buscar. Dio la vuelta a la carpeta, sacó una hoja que había dentro y extendió los recibos. Había billetes de tren para otra familia, un certificado del entierro de un ahogado sin nombre, tres recetas a nombre de otra persona y el pago de una habitación en una residencia.
Las cuentas cuadraban.
Y precisamente por eso nada de aquello lo justificaba.
«Salvó a alguien aquella misma noche», dijo Iliá.
Varia lo miró como si acabara de repetir las malas instrucciones de otra persona.
«¿Y a mi padre?»
No había respuesta.
Al fondo del cajón había una última nota. Estaba doblada en cuatro y envuelta en hilo, como si el abuelo hubiese querido que la encontraran al final, cuando ya no fuera posible volver a no saber.
Iliá desdobló el papel.
La letra de Semión Ilich era regular, propia de un anciano, pero no temblorosa.
Para mi nieto, si ha llegado hasta este cajón.
No me creas más que al papel.
Acepté dinero de quienes consideraban a las personas un coste. No para mí. Pero la mano que lo aceptó sigue sucia de todos modos. No toda la suciedad se limpia por haberle comprado después un billete a un niño.
Si llegas a saberlo todo, la Casa del Terror te expedirá una entrada.
No entres solo.
Iliá terminó de leer y comprendió que el abuelo, por primera vez en toda su vida, le había dicho la verdad sin trucos.
De la taquilla salió lentamente una entrada blanca.
No llevaba fecha.
Solo una línea:
El nieto ha sido advertido.
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