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EL HERRERO DE LA CIÉNAGA MALDITA

Capítulo 4. La mujer de la cadena

La segunda tormenta de aquel verano es peor que la primera. Llega de noche desde el curso alto, quiebra árboles, empuja grandes masas de agua río abajo, y Kres escucha hasta el amanecer, a través de las paredes del refugio, el rugido de los rápidos más allá de la lejana lengua de tierra.

Por la mañana, el río devuelve lo que se ha llevado.

Por las aguas tranquilas bajo los rápidos flotan tablas. Claras, lisas, dispuestas unas sobre otras: no pertenecen a una canoa excavada en un tronco ni a una balsa. En el Bosque no se cepillaba madera así. Kres camina por la orilla recogiendo restos con un bichero, y en el tercer tronco varado la ve.

Una mujer cuelga del tronco, enganchada a él y boca arriba. Es joven, lleva el cabello suelto y viste ropas forasteras de lana teñida. Tiene la palma izquierda quemada y, atada con una correa a la muñeca derecha, una cadena de hierro chamuscada de unos diez eslabones: una cadena de ancla, pesada, que no levanta cualquiera. No parece respirar. Entonces toma aire: débilmente, con un estertor, una vez cada diez latidos.

Kres la saca del agua, la calienta junto a la estufa y le hace beber una infusión. Al anochecer le sube la fiebre, y durante tres días delira en una lengua parecida al graznido de un ave: palabras ásperas entre las que repite una y otra vez un nombre, Ari. Kres permanece sentado a su lado, cambia los paños húmedos de su frente y piensa que los espíritus de la ciénaga vuelven a gastar sus bromas: el clan lo envió allí para morir solo, y ahora hay dos personas en la ciénaga, ambas vivas.

Al cuarto día llega Milava. Viun se ha ido de la lengua, por supuesto: sabe guardar secretos ante cualquiera salvo ante quienes le dan de comer. La curandera viene a escondidas, bajo la lluvia, para que no la vean desde el río: trae hipérico seco, miel en una caja de corteza de abedul y su obstinación de siempre. Observa a la enferma y chasquea la lengua.

«Es norteña», dice Milava. «De los que queman aldeas. Así que estás cuidándola».

«De aquellos a quienes los suyos intentan ahogar», responde Kres. «El río destrozó su nave y a ella la arrastró hasta la orilla. No me corresponde decidir quién vive».

Milava machaca las hierbas, da de beber a la enferma y se marcha antes de que amanezca. Por la noche, la norteña abre por primera vez los ojos de verdad, sin delirio. Kres duerme junto a la estufa. Ella lo observa largo rato; después, en silencio, usando solo los dedos, saca de debajo del camastro el cuchillo corto de Kres, en el que ya se había fijado durante el día mirando entre las pestañas, y lo esconde bajo la piel, junto a la mano derecha.

Kres no está dormido. Lo ve. Y no se mueve.

«Que duerma con el cuchillo», piensa. «Así estará más tranquila».

Se recupera despacio. Milava vuelve otras dos veces: cambia los vendajes de la palma quemada, le da brebajes amargos y refunfuña que la ciénaga es húmeda y que el herrero y la ahogada son igual de obstinados. Yórunn escucha aquella lengua desconocida y vigila con recelo a la curandera. La tercera vez es ella quien tiende a Milava la mano quemada, pidiéndole que se la vendara.

Kres le enseña a decir «hacha»: ella pronuncia la palabra con dureza y de un modo extraño, como si la partiera de un golpe. Yórunn escucha sus intentos de pronunciar su nombre mordiéndose los labios, pero a la quinta vez no puede contenerse y se echa a reír. Su risa resulta inesperadamente clara. «Yórunn», repite por sílabas. «Yó-runn». «Eso es lo que digo», objeta Kres. No lo pronuncia ni remotamente así, pero decide no corregirse.

Una semana después, Yórunn ya puede sentarse, aunque apenas tienen una lengua común. Señalan con el dedo, dibujan con carbón sobre corteza de abedul y ríen de los errores del otro. Ella ve los primeros clavos y abrazaderas de Kres en el estante, hace girar un clavo entre los dedos y frunce el ceño. Pide carbón mediante gestos y dibuja sobre la corteza de abedul una nave larga, con filas de tablas superpuestas y puntos a lo largo de cada una.

Después ve en su caja el hallazgo de su padre: el remache retorcido con la marca del ala de ave. Y se queda inmóvil.

Sostiene el remache con cuidado, como si fuera una joya. Después señala con el dedo los puntos de su dibujo, el remache y su propio pecho. Y pronuncia tres palabras, despacio, para que él entienda al menos una:

«Ari. Mi padre».

Ari. El nombre que repetía durante su delirio. El artesano cuya marca apareció en el escondrijo de su padre, a mil verstas del mar del Norte.

Se llama Yórunn. Eso lo aprende Kres esa misma noche. Al día siguiente, ella coge la corteza de abedul y graba varias runas: duras como huellas de patas de cuervo. Y tacha la última con dos cortes oblicuos, con tanta fuerza que la corteza se rasga.

Él no sabe leer runas. Pero sabe leer el odio.

«¿Gúnnvald?», pregunta al azar, recordando el nombre que mencionó Torop.

Yórunn alza los ojos hacia él, y Kres siente frío durante un instante.

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