Un mensajero del clan llega con la primera hoja amarilla: Jort convoca al herrero a la asamblea. No se lo pide. Lo convoca.
Milava llega antes que el mensajero y cuenta lo que sucede en realidad. Torop le ha susurrado al oído al jarl y este, entre risas, ha transmitido al clan: en vez de tres cabezas como tributo, me llevaré una, la del herrero de la Ciénaga de la Herrumbre. Al fin y al cabo, no es nadie para vosotros. Un desterrado, un muerto según vuestro propio rito. Entregad al muerto y los vivos dormirán tranquilos.
«El clan va a decidirlo», dice Milava, aunque la respuesta se lee de antemano en su cara. «No vayas, Kres. Los viejos dicen que no es pecado entregar a un muerto».
Kres va. Se lleva a dos hombres y ordena a Yórunn que quede al mando. La decisión no le gusta en absoluto, pero no discute. Por el camino, Kres explica a sus compañeros que, si los habitantes de la ciénaga empiezan a esconderse del clan, este nunca los reconocerá como suyos. Pero, si acuden por voluntad propia a la asamblea con una propuesta, la conversación será distinta.
La aldea recibe al muerto de distintas maneras. Los niños corren tras él, pero no se acercan. Las mujeres escupen por encima del hombro y enseguida miran de soslayo el cuchillo de hierro que lleva al cinto. La vieja Gostiona, a quien Kres enderezó una hoz hace dos inviernos, le hace abiertamente una profunda reverencia, por llevar la contraria a sus vecinas: los viejos no tienen nada que perder. Junto al roble del clan reina tal silencio que se oye tintinear los amuletos del bastón del sacerdote.
Entra en el círculo del que lo desterraron un año atrás. Según el rito, Kres está muerto: los ancianos desvían la mirada y las mujeres tapan a los niños con los bajos de las faldas para protegerlos de él. Deja un saco ante el roble, lo desata y vuelca el hierro sobre la hierba: cinco rejas de arado, diez hoces y un hacha.
«Esto viene de la ciénaga», dice en medio del silencio que se ha hecho. «Es un regalo para el clan. Hasta un muerto puede ser generoso».
Nadie se ríe, aunque varias personas apenas logran contener la sonrisa.
La vieja Gostiona es la primera en salir de la fila. Recoge una hoz de la hierba, pasa con cuidado un dedo seco por la hoja y sisea: el filo le abre la piel al instante. Gostiona alza sobre la cabeza el dedo con una oscura gota de sangre y dice en voz alta:
«¡Corta!»
Después de aquello, el sacerdote ya no puede contener a la gente. Las mujeres se acercan a las hoces; los hombres, a las rejas. El hierro pasa de mano en mano mientras todos se asombran de su ligereza y su filo.
Jort permanece bajo el roble. Ha envejecido aún más durante el verano. Por fin, el sacerdote dice aquello para lo que ha convocado la asamblea: «El clan ha decidido que no te obligará a nada, pero tampoco te esconderá. Si el jarl viene a buscarte, el clan se mantendrá al margen. Tú no tienes clan, herrero. Entregarte no es pecado».
«Entonces yo hablaré y que el clan escuche», responde Kres, y se vuelve hacia el círculo, no hacia el sacerdote. «La ciénaga propone una alianza a la aldea. Antes de que nieve levantaremos aquí una empalizada como la nuestra. Os daremos hierro a crédito hasta la cosecha. En un año de hambre compartiremos el grano del escondrijo común. A cambio, nos daréis madera y hombres para construir. Y ni una sola persona de la aldea volverá a marcharse río abajo como tributo. Ni una sola. Ese es mi pacto. Pensadlo».
Estalla una disputa en el círculo. «¿Y quién levantará la empalizada? ¡Estamos en plena cosecha!», gritan desde las últimas filas. «El muerto la levantará», responden desde el otro extremo, y la primera risita de toda la asamblea recorre el círculo. «No se hacen pactos con un muerto», sentencia uno de los ancianos. «Pues la reja del muerto está bien viva», dice un hombre desde el borde. Entonces todos empiezan a hablar a la vez: aquel hombre usa desde la primavera una reja de Kres, y toda la aldea lo sabe.
Los jóvenes miran el hierro tendido sobre la hierba; los ancianos, a Jort. Todos esperan a que hable el sacerdote.
«La obediencia nos ha protegido», dice al fin. «El orgullo abrasó a los Turovichi».
«No fue el orgullo lo que abrasó a los Turovichi», dice Kres. «Los destruyeron la codicia del jarl y la desunión de los clanes. Al lobo no se le da de comer para que se vuelva manso. Al lobo se le mantiene fuera de las puertas. Yo propongo construir esas puertas».
No toman ninguna decisión. Por primera vez desde que alcanza la memoria de los vivos, el clan se marcha de una asamblea sin resolver nada: unos apoyan a Jort; otros, al herrero muerto y su hierro. Entonces Milava hace algo que nadie espera de ella: sale al centro, se inclina ante el círculo y dice con serenidad: «Me voy a la ciénaga. Quien venga conmigo, que se prepare antes del anochecer».
Siete familias se marchan con ella. Jort empieza a levantar el bastón, mueve los labios para pronunciar una maldición… y lo baja. No es capaz de maldecir a quienes se van. Lleva toda la vida salvándolos como buenamente sabe.
Al marcharse, Kres cruza la mirada con el sacerdote. No hay odio en ella, solo cansancio de viejo y duda. Por primera vez, Kres piensa que tal vez el propio Jort ya se pregunte si no lleva toda la vida equivocado.
Junto a la cerca de mimbre, mientras la aldea discute, Torop espera con dos norteños enviados como observadores y les traduce en voz baja las palabras del herrero. Según su traducción, Kres se ha jactado de que recibirá al jarl con hierro y hundirá sus naves en las aguas rojas.
Los norteños asienten y lo recuerdan. Para eso les pagan: para asentir y recordar.
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