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EL HERRERO DE LA CIÉNAGA MALDITA

Capítulo 10. La ciénaga lucha sola

Llegan la novena noche después de la asamblea: dos naves sin luces, treinta guerreros cubiertos de hierro y, al frente, el centurión Kétil. Sus órdenes son sencillas: capturar vivo al herrero, quemar el astillero y actuar según las circunstancias en todo lo demás.

Pero los vigías los descubren antes de que los norteños vean la ciénaga.

Los pescadores que montan guardia aguardan por los canales en estrechas barcas talladas en troncos de álamo, indistinguibles de la madera muerta. Mediante hogueras convenidas transmiten el aviso al fortín: dos fuegos y luego uno –el enemigo avanza por el canal principal–. No dan la alarma. En la ciénaga apagan las luces innecesarias y se disponen a esperar, cada uno en su puesto, como les ha enseñado Kres: nada de heroicidades; haz lo que te toca.

Esperar es lo peor. En la oscuridad, sesenta personas escuchan la noche. Los muchachos que montan guardia tiemblan de frío y de miedo. Las mujeres permanecen con los niños en los refugios excavados, mientras Milava va de familia en familia, lleva agua y tranquiliza a la gente. Kres está junto a las puertas y repasa el plan por última vez: la calzada, la cuenta, las cuerdas, los fuegos. Si se ha equivocado en un solo punto, todos pagarán por ello.

Los norteños desembarcan al principio de la calzada, forman filas y avanzan hacia las hogueras lejanas, allí donde, según creen, duerme la aldea del hechicero. En realidad, son ollas llenas de brasas, colocadas al anochecer sobre montículos desiertos. La formación se alarga por la calzada y los primeros guerreros empiezan a hundirse.

Han retirado del entablado un tablón de cada dos, siguiendo la cuenta. Los de la ciénaga caminan guiándose por las muescas; los forasteros avanzan a oscuras. El primer guerrero cae hasta el pecho por un hueco entre los pilotes; el segundo acude en su ayuda y se hunde hasta la cintura. Las pesadas armaduras tiran de ambos hacia el fondo. Bajo el agua hay cuerdas tensadas con pequeños pesos de hueso. Cuando los norteños las rozan con los pies, los huesos empiezan a repiquetear por todas partes entre la niebla. Después grita un avetoro. En realidad es Viun, que sopla un reclamo de pastor, pero el sonido resulta tan lúgubre que hasta los guerreros curtidos se inquietan.

«¡No son espíritus!», brama Kétil en algún lugar entre la niebla. «¡Son hombres! ¡Mantened la formación!». Tiene razón, pero los guerreros no pueden cumplir la orden: no encuentran dónde apoyar los pies con firmeza.

La ciénaga lucha sola. Los hombres se limitan a ayudarla.

Los capturan con bicheros y lazos, como a siluros: con esfuerzo, empapados y sin gloria. Kétil lo comprende antes que los demás, reúne a varios guerreros a su alrededor y consigue abrirse paso hasta una elevación firme. En la lucha deja tullidos a dos habitantes de la ciénaga, que después llevan férulas hasta la cosecha. Solo consiguen detener al centurión echándole encima una red de pesca y abalanzándose sobre él entre cuatro. Los demás norteños, si no han quedado atrapados en el fango, retroceden hasta las naves y se retiran río abajo, abandonando a los suyos en la turbera.

Al amanecer hacen recuento de las pérdidas.

Once norteños han caído prisioneros, entre ellos el centurión. Sus armas no han matado a nadie en la ciénaga, pero sí ha habido una baja. Nekras, el damnificado por el incendio, el mismo hombre que lloró ante la reja del arado, intentó sacar a un norteño que se ahogaba, y ambos desaparecieron bajo el fondo movedizo: el pantano no distingue a los suyos. En medio del tumulto, alguien volcó una olla de brasas junto al horno bajo. Al llegar la mañana solo queda en pie la mitad del horno, y las reservas de carbón para un mes terminan de consumirse en un hoyo negro.

Buscan a Nekras con bicheros hasta mediodía y lo encuentran junto al norteño al que intentaba salvar. Lo entierran según el rito, entre lamentos. Su viuda no aúlla a voz en grito: ya agotó sus lágrimas sobre las cenizas de Bobrichi. Kres clava con sus propias manos la primera reja de Nekras, aquella ante la que lloró en su día, en uno de los pilotes del primer tramo del puente. Que el puente recuerde qué vida pagó por él.

Otra persona está a punto de morir. Con los guerreros viaja un escuálido tamborilero de doce años, encargado de marcar el ritmo de los remos, y es el primero en caer por un hueco del entablado. Ya ni siquiera grita; solo golpea la lenteja de agua con las palmas. Kres se arrastra hasta él por el terreno inestable, se tiende sobre las tablas y estira el cuerpo, como enseñan a avanzar sobre el fondo movedizo. Cuando el agua está a punto de tragarse al muchacho, lo saca de un tirón agarrándolo por el cuello de la ropa.

«Respira», le ordena Kres en la orilla. El muchacho respira y contempla al hechicero cojo que, por algún motivo, no lo ha dejado ahogarse.

Yórunn recorre la fila de prisioneros sentados sobre un tronco y se detiene ante Kétil al advertir la hebilla de bronce que lleva en el pecho. Tiene grabada el ala de un ave: la marca de Ari, su padre.

Se agacha, la examina y palidece. En el borde del ala aparecen las señales del año: así marcaba su padre todo lo que salía de sus manos. La señal es reciente. La hebilla fue forjada dos inviernos después de la noche en que el jarl mandó a Ari al fondo junto con su astillero.

O bien despojaron al maestro muerto hasta de su último cuño, o bien el maestro muerto está vivo.

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