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EL HERRERO DE LA CIÉNAGA MALDITA

Capítulo 12. La cosecha

El centeno madura todo a la vez, como ocurre después de un verano cruel: en una sola semana amarillean tanto los campos junto a la elevación como el nuevo claro ganado al bosque por el fuego.

La cosecha comienza según la costumbre: la mayor de las mujeres, Milava, ata la primera gavilla y la ofrece al abuelo del campo, como se ha hecho desde siempre, para que la tierra sepa que le han dado las gracias. Las segadoras avanzan en filas y sobre el campo se alza una canción antigua y prolongada, una de esas que no se cantan con la voz, sino con la memoria. Yórunn no sabe segar, pero ata las gavillas como si fueran aparejos de un barco: para que no se suelten jamás. Las mujeres se ríen mientras le explican que una gavilla no es una vela y no hace falta apretarla tanto. Al final de la cosecha ya se las arregla sin ayuda y nadie se vuelve para mirar a la norteña en el campo: ya es de los suyos, y punto.

Ahí termina la vieja costumbre y empieza lo nuevo: las hoces de hierro. Toda la ciénaga completa en ocho días la cosecha que antes exigía dos semanas. Las mujeres, que han segado el centeno toda la vida con hoces de piedra y hueso, enderezan la espalda cuando aún hay luz y no dan crédito.

Kres no considera al jarl su principal enemigo, sino al invierno. Según sus cálculos, tendrán que alimentar a sesenta y cuatro personas durante doscientos días fríos. Secan pescado y setas en tendederos, ponen arándanos rojos a remojo en cubas, pican col y la dejan fermentar. Guardan el grano en tres hoyos, de acuerdo con su antigua norma: nunca conservarlo todo en un solo lugar. Almacenan un tercio más de leña y carbón del que necesitan. Las reservas, dice Kres, son más fiables que cualquier augurio.

El fortín está casi terminado: las puertas cuelgan de goznes forjados, hay dos torres en las esquinas de la herradura y prometen cerrar la empalizada antes de la primera nevada. Viun hace un censo y anuncia con orgullo junto a la hoguera nocturna: sesenta y cuatro personas, ocho vacas, dos caballos, once barcas y un barco. A medio construir, pero suyo.

Los clanes del Bosque temen a la ciénaga, pero necesitan su hierro. De día la maldicen en las asambleas: es un lugar de hechicería, enfurece a los dioses, atraerá al jarl. De noche llegan canoas de esos mismos clanes. La gente cambia centeno, miel y lino por rejas de arado y hoces; pide que todo se haga con discreción, para que no se enteren los mayores. Kres comercia con todos al mismo precio, sin distinguir entre los suyos y los forasteros.

«De día nos maldicen y de noche vienen en barca», se ríe el viejo Koren. «Eso significa que nos respetan».

Toda la ciénaga participa en la cocción del primer pan de la nueva cosecha, y Milava lleva hasta el fuego común una hogaza sobre un paño bordado. Kres la corta. Da el primer pedazo al viejo Koren, el mayor de la ciénaga; después, a los niños, y luego a todos los demás por turno. Para él deja el último currusco. Así lo hacía su padre: primero daba de comer a los demás y después comía él.

Cuando recibe su pedazo, Yórunn no se lo come de inmediato. Parte la mitad y la deja en silencio sobre el paño: en su tierra se hace así por quienes están en el mar. Por quienes no han regresado o aún no han regresado. Nadie pregunta para quién lo ha dejado, si para su padre o para su hogar. En la ciénaga ya han aprendido a no hacerle esa clase de preguntas.

El barco bajo el cobertizo está casi terminado. El casco llega ya hasta la traca superior y los remaches recorren los costados en hileras regulares. Junto a una hoguera de otoño, Viun anuncia solemnemente con voz quebrada: «El novecientos ochenta y tres». Faltan diecisiete para llegar a mil. En la ciénaga ya discuten qué nombre ponerle al barco; Yórunn no interviene en las disputas, solo sonríe.

Cada día proponen una decena de nombres. El viejo Koren defiende «Lucio»: es de río, tiene dientes y es nuestro. Viun exige uno temible, como «Trueno». Milava aconseja que no discutan: un barco, dice, es como una criatura; él mismo dirá su nombre cuando aprenda a andar. Yórunn escucha en silencio. Solo ella sabe qué nombre grabará en la roda, y guarda el secreto como se guarda el último eslabón de la cadena de su padre.

El otoño es despejado y apacible. Por las mañanas, la escarcha encanece la ciénaga, los canales humean y el golpe solitario de un hacha se oye desde la calzada hasta las puertas. Todos saben que ha vencido el plazo del tributo. Cada nuevo día sin velas trae alivio, pero nadie se engaña: el jarl tiene que venir.

A la mañana siguiente, el primer día de la caída de las hojas, el vigía grita desde la torre. Es un hombre adulto, no Viun, y eso lo vuelve aún más aterrador:

«¡Velas en el río! ¡Diez! ¡Diez velas!»

Kres sube a la torre y cuenta en silencio, como tiene por costumbre. Diez naves remontan el río en formación regular, con los remos acompasados, y en el mástil de la primera cuelga un escudo pintado de blanco: señal de paz, señal de negociación.

Gúnnvald ha venido cuando vence el plazo del tributo, como prometió. No viene a quemar. Viene a comprar: con cientos de guerreros a su espalda y un escudo blanco en el mástil.

En un solo verano, Kres ha aprendido cuál de las dos cosas da más miedo.

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