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EL HERRERO DE LA CIÉNAGA MALDITA

Capítulo 16. La pesa

Llegan con las últimas aguas libres, en dos canoas: tres hombres fornidos con placas de bronce y otros cinco que los acompañan. Los mismos que en verano exigieron puntas de lanza. Ahora hablan de otro modo: más bajo y con mayor amenaza.

«Los Viazichi tienen los hoyos llenos, herrero. Es un clan rico, con grano de dos rozas. Susúrrale al jarl que ocultan parte del tributo: los sacudirá, cogerá el grano y se marchará del río hasta la primavera. Será un alivio para el río y para la ciénaga. Y los Viazichi… Ellos te expulsaron para que murieses, ¿lo has olvidado? El pago honra la deuda».

El consejo de la ciénaga se reúne esa misma noche junto a la fragua fría.

Personas a las que él conoce como gente de bien guardan silencio y no dicen «no». Una refugiada con cinco hijos mira a Kres directamente a los ojos. «Tengo cinco, herrero. Los Viazichi no son nadie para mí. Dime que soy una mala madre y me callaré». Nadie se lo dice. Entonces se levanta un anciano de los Turovichi que monta la guardia de invierno. «Escuchadme. El verano pasado nos acusaron del mismo modo. Les dijeron a nuestros vecinos que los Turovichi ocultábamos parte del tributo. Los vecinos siguen vivos y nosotros ya no existimos. Quien entregue al jarl los escondrijos de otros acabará siendo entregado también». Ambos dicen la verdad: la mujer quiere salvar a sus hijos y el anciano recuerda cómo pereció su clan. Hasta el viejo Koren mueve los labios durante largo rato antes de decir: «Es un asunto podrido, pero este invierno también viene podrido. Decide tú, herrero, y nosotros aceptaremos tu decisión».

Lo más fácil sería aceptar. Una sola palabra, y el jarl abandonaría aquel tramo del río, habría más comida en el caldero y los hijos de la refugiada podrían comer dos veces al día. Solo tendrían que traicionar a otro clan. Precisamente al que en su día creyó la calumnia y desterró a Kres.

«El jarl somete a unos clanes por medio de otros», dice Kres. «Si le entregamos a los Viazichi, no se convertirá en nuestro amigo. Solo nos obligará a seguir traicionando. Y cuando dejemos de serle útiles, acabará también con nosotros».

Recorre el círculo con la mirada y concluye en voz baja:

«El clan me expulsó, es verdad. Pero juré que no se llevarían a nadie más de este río como pago del tributo. No dije: salvo a quienes me hayan hecho daño. Si empiezo a buscar esa clase de resquicios, mi juramento no valdrá nada».

Los tres hombres de las placas se marchan enfurecidos. Con ellos abandonan la ciénaga cinco personas: dos familias de refugiados y un guardia. Kres los acompaña en persona hasta la pasarela de troncos. Les lleva la parte de sal que les corresponde, la pesa delante de todos y añade pescado seco para el camino. «Marchaos con vida», dice. «Y si queréis volver, os recibiremos». Los que se marchan rehúyen su mirada. A Kres le duele verlos: es la primera vez que no son forasteros quienes lo abandonan.

Soroka está junto a la pasarela de troncos, entre quienes han acudido a despedirlos. Ve cómo el herrero pesa con sus propias manos la sal para quienes lo abandonan y les da además pescado. Y por primera vez duda de lo que Torop le ha enseñado. El intérprete decía que toda persona está vendida a alguien y que la única diferencia es el precio. Pero Kres no compra a las personas ni se venga de quienes lo abandonan. Soroka intenta no pensar en ello, pero no lo consigue.

Y al amanecer lo despierta el silencio. Ese silencio. Peor que el toque de alarma.

El camastro de Yórunn está intacto: no ha ido a dormir. Junto a la grada, justo en medio del yunque, yace la fíbula de Ari. Todas las embarcaciones siguen allí, aunque tampoco habrían hecho falta. Al llegar la mañana, las franjas de hielo de ambas orillas se han unido en el centro del río. El hielo todavía es fino, pero una persona ligera podría cruzar por él hasta la otra orilla.

Soroka es el primero en enterarse, y a mediodía ya corre un rumor por la ciénaga: la norteña ha vuelto con los suyos y ha traicionado a Kres a cambio del astillero que le prometieron.

Viun, con los ojos hinchados de llorar y lleno de rabia, se planta ante Kres en medio del patio:

«¡Volverá! ¡Como aquella vez, en la barca! ¡Río abajo te lleva la corriente, pero ella remaba río arriba; lo vi con mis propios ojos! ¡Díselo a todos!»

Kres va solo hasta el borde del hielo. Hay un rastro: estrecho, ligero y regular, que atraviesa justo la franja más gris, donde el hielo aguanta a una persona, pero no a dos. Ha elegido una noche en la que nadie podía seguirla. Siempre lo elegía todo ella misma.

Permanece junto al borde apretando la fíbula hasta que el ala del pájaro se le clava en la palma. Recuerda la corteza de abedul con las runas y las palabras acerca de un servicio. Recuerda a Yórunn remando sola contra la corriente. Confía en ella, pero teme que solo quiera confiar y por eso se esté engañando. Piensa en ello todo el día y toda la noche.

«A trabajar», dice a los demás. «Al hielo le da igual quién confíe en quién».

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