La Policía de Lámparas llegó ya al séptimo toque de la campana de la ciudad, mucho antes de lo habitual.
Normalmente no se daban prisa: primero llegaba un investigador de menor rango, luego un médico y, detrás, un hombre con una carpeta que pedía a todos que no entorpecieran el procedimiento. Pero aquella noche una luz blanca de faroles portátiles inundó de inmediato la escalera superior. El gas de las lámparas policiales ardía sin hollín ni calor, pero iluminaba todos los rincones para que ninguna prueba quedara en la sombra.
Rona Veir iba al frente.
Miren la conocía por los expedientes. Inspectora de la Policía de Lámparas, veintinueve años, dos amonestaciones por actuar por su cuenta, tres casos cerrados que sus superiores habrían preferido dejar abiertos. Leía las actas de abajo arriba porque las mentiras solían esconderse en las últimas líneas. Rona no parecía alta ni amenazadora, pero hablaba con tanta calma que resultaba especialmente difícil justificarse ante ella.
Rona miró el cuerpo, a Brunn, a Tilia y la ficha sujeta con las pinzas. En uno de sus dedos brillaba débilmente un fino anillo con cristal de lámpara: el símbolo del derecho a ver y prestar testimonio en nombre de la policía.
«¿Quién ha tocado el documento?»
«Yo», dijo Miren. «Solo con las pinzas».
«¿Quién ha tocado el cuerpo?»
«El cuerpo se ha movido solo».
Brunn soltó un bufido. Rona no sonrió.
«Miren Ost, queda usted detenido bajo sospecha de falsificación de una defunción, acceso ilegal a la planta del depósito de cadáveres y posible falsificación del certificado de su propia baja».
«¿De mi propia baja?»
Ella cogió la ficha, leyó la fecha y alzó los ojos.
«Un caso poco frecuente. Por lo general, la gente espera a morir antes de dejar de pagar impuestos».
«¿Ya ha decidido que lo he hecho yo?»
«De momento solo veo a una persona cuya firma figura en un documento imposible».
La acusación sonaba razonable, y por eso a Miren le resultaba más difícil rebatirla.
Lo llevaron arriba, a la sala de interrogatorios de la Oficina. A Tilia se la llevaron por separado, pero antes le dio tiempo a mostrarle a Miren el sello de repuesto que ocultaba en el puño. Así que la niña no había entregado la prueba a la policía. O era más lista de lo que parecía o aún más temeraria.
Cuatro lámparas iluminaban la sala de interrogatorios. Debajo de cada una había un tintero distinto. La tinta negra estaba destinada a los hechos; la azul, a las dudas; la roja, a las amenazas contra el Estado; y la verde, a los casos en que la situación jurídica de una persona no estaba clara.
Rona colocó el tintero verde ante Miren.
«Empecemos por lo sencillo. ¿Está usted vivo?»
«Mientras hable, procuro considerarme vivo».
«No se haga el gracioso».
«No es una gracia. Es una postura jurídica».
Ella dejó sobre la mesa un extracto del Registro de la ciudad. En el apartado del nombre figuraba Miren Ost. En el de estado: fallecido. En el de causa: baja administrativa antes de la confirmación del cuerpo. En el de bienes: precintar. En el de cargo: destituir. En el de derechos civiles: suspender.
El extracto acababa de emitirse.
Miren miraba el extracto y sentía que se le helaba la espalda. No lo asustaba la muerte, sino el procedimiento, pulcramente formalizado, que ya habían puesto en marcha.
Era posible esquivar un cuchillo, intentar curar una enfermedad, apagar un incendio o devolverle el golpe a un enemigo. Un documento seguía en vigor aunque la persona a la que privaba de derechos gritara que era injusto.
Así habían ejecutado a su padre.
No en la plaza, como se contó después. Primero lo ejecutaron sobre el papel: le retiraron la licencia de escribiente, el derecho a prestar testimonio, su lugar en la lista de artesanos vivos y la posibilidad de responder a la acusación. Después llevaron a su padre bajo la campana y ejecutaron la sentencia.
Rona reparó en cómo miraba el extracto.
«¿Sabía que iba a aparecer esta inscripción?»
«De haberlo sabido, me habría marchado ayer de Lambern».
«A los muertos no se les permite salir de la ciudad».
«Por eso he dicho ayer».
La puerta se abrió y entró Otto Krei, el jefe de la Policía de Lámparas. Era un hombre bien afeitado, de rostro pesado e inmóvil. No se sentó, como si temiera permanecer junto a los problemas ajenos más tiempo del necesario.
«Inspectora Veir, el detenido figura como fallecido. No podemos retenerlo en una celda común».
«Está respirando».
«La respiración no constituye motivo para revisar su estado».
Miren se rio por lo bajo. No porque tuviera gracia. Porque, de lo contrario, tendría que haber golpeado a aquel hombre, y probablemente a los muertos también los multaban por eso.
Otto lo miró con cortés repugnancia.
«Hasta que se esclarezcan los hechos, el ciudadano Ost quedará depositado en el almacén de pruebas».
Rona entrecerró los ojos.
«¿Quiere ponerlo en un estante?»
«Jurídicamente, es objeto del expediente».
Miren comprendió que aquella condición le otorgaba una ventaja inesperada. A una persona viva la habrían encerrado en una celda, interrogado y registrado. Una prueba solo necesitaba que la encerraran, la inventariaran y la dejaran allí hasta la mañana.
Se dejó llevar.
El almacén de pruebas estaba entre la armería y el archivo de delitos menores. Lo encerraron en una jaula estrecha con cajas de amuletos confiscados, sellos falsificados, ojos de cristal y un cuchillo nupcial que, a juzgar por la etiqueta, había sido declarado cómplice.
Una hora después, la Oficina quedó en silencio.
Dos horas después, el tubo de cobre de la pared chasqueó.
Tres horas después, cayó de él un cilindro del correo muerto, aunque en aquella habitación no debería haber habido ningún tubo.
Miren lo abrió con un fragmento de ojo de cristal. Dentro había una carta escrita en papel gris y barato. La caligrafía era antigua, angulosa e inclinada hacia la derecha. La había visto de niño en los márgenes de los formularios de prácticas con los que su padre le enseñaba a distinguir un error de una mentira.
La carta empezaba sin saludo.
«Si estás leyendo esto, significa que la ciudad ha encontrado por fin la línea en blanco que dejé».
Miren cerró los ojos.
Su padre llevaba doce años muerto.
La carta estaba fechada el día posterior a la ejecución.
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