La Casa del Duelo se alzaba entre el mercado de las flores y el antiguo depósito de gas. En un lugar los vivos compraban coronas; en el otro despedían a los muertos con música, y nadie en Lambern fingía que aquellas actividades no daban dinero.
La fachada era negra, pero no por la pintura. La cubrían miles de finas tablillas de madera quemada, cada una con el nombre tallado de una persona que había muerto sin familia. El viento movía las tablillas y llenaba la Casa del Duelo de un suave murmullo.
Senna Drom los esperaba en la sala principal.
Era joven, casi una niña, pero no necesitaba que sintieran lástima por ella. Sus ojos blancos miraban un poco más allá de Miren. Tenía los dedos apoyados en la tapa de un pequeño órgano. A su alrededor había cuencos de agua, y de cada sonido se extendían ondas por su superficie.
«El muerto sin rostro», dijo Senna. «El funcionario muerto. La niña sin inscripción. El viejo auditor del que hay demasiado. Una buena noche».
«¿Nos ve?», preguntó Tilia.
«No. Por eso no aparto la mirada».
Miren dejó sobre la mesa la ficha del cuerpo. Rona salió por una puerta lateral antes de que él pudiera retroceder.
La pistola que empuñaba apuntaba al hombro, no al corazón.
«Sabía que vendrían aquí», dijo Rona.
«¿Porque es una inspectora muy lista?»
«Porque todos los hombres que guardan un secreto sobre su padre muerto acaban yendo, tarde o temprano, adonde se habla con los muertos».
«Es buena», observó Marek en voz baja.
Rona no apartó la mirada de Miren.
«Se ha fugado del almacén de pruebas».
«Jurídicamente, me he trasladado».
«Puedo dispararle jurídicamente».
Senna pulsó la primera tecla. Un sonido grave atravesó la sala y el agua de los cuencos se abombó. Todos callaron.
«Si siguen discutiendo, las últimas palabras desaparecerán», dijo. «Y no canto dos veces para gente que se interrumpe sola».
El cuerpo sin rostro yacía en una sala contigua sobre una mesa de piedra, cubierto con una sábana hasta la barbilla. Senna no lo tocaba. Escuchaba las tuberías, las paredes, el agua y el aire sobre el rostro liso. En la Casa del Duelo creían que la última frase de una persona permanecía en el objeto más cercano: en un cristal, en el agua, en un botón o incluso en la garganta de un testigo. Las cantoras extraían aquellas palabras con la voz.
Senna empezó a cantar sin palabras.
Al principio, el estruendo de una fábrica llenó la sala: el chirrido de las correas, toses, el golpeteo de láminas metálicas. Después se oyeron decenas de voces cansadas y furiosas.
«Estamos vivos».
La frase sonó cuarenta y siete veces. La repetían voces masculinas, femeninas, roncas e infantiles, y con cada «estamos vivos» el agua de los cuencos se volvía más oscura.
Rona bajó la pistola.
«¿Quiénes son?»
Senna entonó una segunda nota. Esta vez habló una sola voz, serena e impasible:
«Deudores de los Arcos Bajos, declarados muertos antes del cobro definitivo del cuerpo, los bienes y el remanente de trabajo».
Miren sintió que la letra bajo la piel daba un tirón.
«Los dieron de baja estando vivos».
Rona ya estaba sacando una libreta.
«¿Dónde?»
La respuesta tardó en llegar. Senna palideció y un fino hilo de sangre le brotó del oído izquierdo. Le costaba averiguar la dirección exacta.
«La Imprenta de Deudas de Kaspar Lom», susurró. «Tercer taller de impresión. Bajo el mercado de la lana vieja».
Tilia dio un paso atrás.
«Yo he estado allí».
Miren se volvió hacia ella.
«¿Cuándo?»
«Cuando me dieron la carpeta».
Rona cerró la libreta.
«Ost, tengo que llevarlo a la policía. Pero, si esas cuarenta y siete personas están vivas, debemos encontrarlas antes del amanecer. Después, las casas de deudas formalizarán la herencia de los cuerpos, los bienes y los hijos».
«¿Me propone un trato?»
«Le propongo que demuestre que los cuarenta y siete están vivos. Entonces paralizaré su baja sobre el papel».
«Ya ha comenzado».
«Entonces introduciré un error burocrático en el procedimiento».
Por primera vez en toda la noche, Miren estuvo a punto de sonreír.
Senna levantó una mano. Le temblaban los dedos.
«Hay otra voz».
Pulsó la tercera tecla y el agua de los cuencos se volvió negra. Del silencio surgió la voz de una persona viva, segura y autoritaria. Su dueño estaba acostumbrado a que los demás callaran antes de que él empezara a hablar.
«Aprobada el acta de los cuarenta y siete. Firma: Adal Róvik, ministro del Censo».
Ni siquiera Rona dijo nada.
Fuera, al otro lado de las tablillas negras de la fachada, se oyeron numerosos pasos. La Policía de Lámparas estaba rodeando la Casa del Duelo.
Senna volvió el rostro ciego hacia Miren.
«Ahora, funcionario muerto, tendrá que demostrar que esas personas existen antes de que el ministro demuestre lo contrario».
Abrir en el lector