Al caer la tarde, circulaban por Lambern dos versiones de lo sucedido.
Según la primera, cuarenta y siete trabajadores habían regresado milagrosamente de entre los muertos porque un auxiliar muerto encontró una laguna en la ley. Así lo contaban en los Arcos Bajos, junto a los calderos de potaje barato, cerca de las lavanderías y las tuberías de gas donde los niños se calentaban las manos. La gente pronunciaba con cautela la palabra «milagro», pero también con esperanza.
En la segunda versión, cuarenta y siete deudores habían cometido un fraude, la inspectora Rona Veir había ayudado a un falsificador muerto y la ciudad se veía amenazada por una revuelta de cuerpos impagados. Esa fue la versión que imprimieron los periódicos vespertinos de los Puentes Altos.
Róvik no prohibió que se contara la primera versión. Se aseguró de que todos los periódicos de la tarde imprimieran la segunda.
Los periódicos salieron con titulares igual de convenientes para Róvik:
«Un auxiliar muerto resucita las deudas».
«Los Arcos Bajos exigen el derecho a no pagar».
«El Ministerio del Censo evita el caos de versiones».
Miren leía los periódicos en un salón de té. No le permitieron sentarse a una mesa: a los muertos no les correspondía vajilla. Rona bebía té en una taza de latón junto al mostrador, y Tilia comía a propósito un bollo robado a la vista de todos.
«No te acusa de asesinato», dijo Rona.
«Porque un asesinato hay que demostrarlo».
«Y “caos de versiones” suena como si no hiciera falta demostrar nada».
Tilia se lamió los dedos.
«A mí me gusta más el primer periódico. Ahí das más miedo».
«Gracias».
«No era un cumplido. Los periódicos con gente aterradora se venden mejor».
Miren dejó el periódico. Para que los habitantes de la ciudad creyeran a los trabajadores, había que obligar a las casas de deudas a elegir en voz alta entre dos respuestas que las perjudicaban.
No fue a la redacción, sino a una casa de deudas.
Las casas de deudas de Lambern se alzaban en las limpias Calles Medias. Dentro olía a cera y a carpetas de cuero. Miren entró con cuarenta y siete copias de los certificados restituidos y una pregunta.
Tras el mostrador, un administrador con guantes finos abría las cartas con un cuchillo afilado. A su lado estaba Lida, con la piel agrietada de las manos desnudas, sujetando el certificado con tanta fuerza que la tinta le manchaba el pulgar.
«Si estas personas estaban muertas, ¿quién heredó sus deudas?»
El administrador, un hombre delgado con pestañas de muñeca de porcelana, miró a Rona.
«Esto es una provocación».
«Es una cuenta», dijo Rona.
«La inspectora Veir ha sido privada del derecho a prestar testimonio».
«Pero sigo sabiendo leer de maravilla».
Miren puso la primera hoja sobre la mesa. Lida Voss. Deuda por la vivienda, la tinta, el tratamiento del niño y la cuota de producción incumplida después del parto. El contrato estipulaba que, tras la muerte del deudor, su cuerpo, el trabajo que aún pudiera realizar y sus bienes pasarían a la casa de deudas. Pero si la defunción se formalizaba antes de la entrega, la deuda se consideraba saldada.
El administrador fue el primero en comprender adónde quería llegar Miren.
Si los cuarenta y siete estaban muertos, sus deudas habían muerto con ellos.
Si los cuarenta y siete estaban vivos, las casas de deudas retenían ilegalmente a personas vivas.
Con cualquiera de las dos respuestas, las casas de deudas perdían dinero.
A medianoche empezó a circular por la ciudad un nuevo rumor:
«Los muertos no pagan».
En los Arcos Bajos, la frase se repitió primero en susurros, luego entre risas y acabó convertida en canción. Los trabajadores que el día anterior temían salir del sótano estaban ahora plantados ante las puertas de las casas de deudas y exigían que anularan sus deudas. Lida Voss sostenía a Mal en brazos y enseñaba a los vecinos la hoja donde su nombre figuraba separado de las obligaciones de ella.
«Mira», le decía al niño, aunque aún no lo entendía. «Aquí figuras por separado».
Miren recordó aquellas palabras.
Una hora después, Róvik respondió, no con soldados y detenciones, sino con una nueva formulación.
En las paredes aparecieron avisos del ministerio: «Los sujetos restituidos mediante testimonio contaminado serán considerados sujetos en disputa hasta que concluya la revisión. Se desaconsejan de manera provisional las transacciones con ellos, los matrimonios, la contratación, la presentación de reclamaciones y la recepción de herencias».
No les prohibían vivir. Pero, después de semejante aviso, nadie querría contratarlos, hacer negocios con ellos ni admitir sus reclamaciones.
«Así es como actúa», dijo Rona. «No mata a una persona: consigue que todo el mundo tenga miedo de tratar con ella».
Miren contemplaba el aviso. La tercera letra bajo su piel le picaba y le recordaba la versión de sí mismo dispuesta a servir a Róvik.
Entre la multitud congregada junto a la pared, a un vendedor de periódicos se le abrió de pronto la boca y habló con las voces de tres periódicos a la vez:
«Sujetos en disputa. Sujetos en disputa. Sujetos en disputa exigen el derecho a ser considerados sujetos».
La gente se echó a reír, pensando que el muchacho remedaba los titulares.
Entonces su rostro se volvió liso.
Las risas se cortaron en seco.
Siguió hablando sin labios, sin ojos, sin expresión:
«La versión de la ciudad aguarda correcciones. Testigos ausentes. Campos abiertos».
Miren dio un paso al frente.
El muchacho sin rostro volvió hacia él la cara lisa y dijo con la voz del propio Miren:
«Después de medianoche no se puede confiar en mí».
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