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LA LÍNEA EN BLANCO DE LAMBERN

Capítulo 10. La noche del corte de gas

Cuando se cortó el gas en Lambern, fue como si la ciudad regresara al pasado.

Se apagaron los faroles de los puentes y los puestos de policía, los letreros, las capillas de registro y las ventanas de las casas de deudas. En la oscuridad solo se oían el agua, la respiración y los pasos. Los habitantes de los Arcos Bajos estaban acostumbrados a arreglárselas sin luz; en los Puentes Altos cundió el pánico.

Rona intentó encender la lámpara policial, pero sin el anillo no funcionaba. El cristal del farol se empañó por dentro.

«¿Róvik?», preguntó Tilia.

«¿Quién más puede apagar una ciudad y llamar a eso una medida de precaución?», respondió Rona.

Del tubo del correo muerto cayó un cilindro. Llevaba el sello del Ministerio del Censo.

Miren lo abrió.

«Ante la amenaza de un caos de versiones, se procederá a una auditoría encubierta de los Arcos Bajos. Las personas en disputa deberán permanecer en el lugar donde hayan sido detectadas. Desplazarse sin luz se considerará una renuncia a prestar testimonio».

Lida y Mal estaban en los Arcos Bajos. A los cuarenta y siete trabajadores que acababan de recuperar sus derechos les habían ordenado quedarse a oscuras y esperar la decisión del ministerio.

Tilia ya estaba junto a la trampilla.

«Por las calles no llegaremos a tiempo».

«Entonces, ¿cómo llegamos?», preguntó Rona.

«Por los antiguos pasadizos de servicio».

Abrió la trampilla y de ella brotó un olor a cobre, humedad y papel viejo. Los tubos del correo muerto descendían bajo la Casa del Duelo, subían hacia las Calles Medias y se bifurcaban junto al antiguo colector de gas. Tilia conocía aquellos pasadizos tan bien como otros niños el camino a la panadería.

«Usted no cabrá por ahí», le dijo a Rona.

«Sí que quepo».

«Es adulta».

«Hoy es una condición provisional».

Miren se metió primero: la trampilla solo se había abierto por su condición de muerto. En la tapa de cobre estaba grabado: «Solo para los no entregados». Una persona viva se habría quemado, pero la mano de Miren solo notó frío. La M, la I y la R de su muñeca se oscurecieron.

En los tubos apenas había espacio. Tilia iba delante y, en cada recodo, comprobaba con el sello robado las marcas grabadas en las paredes. Rona avanzaba detrás de Miren y no pidió que se detuvieran ni una sola vez, aunque se golpeó dos veces en el hombro y estuvo a punto de gritar. Senna se había quedado con Perr para evitar que volviera a hablar con una voz ajena.

Los viejos tubos zumbaban con el movimiento de la ciudad sobre sus cabezas. Habían cortado el suministro de gas en algún punto más arriba y la presión había caído, por eso los faroles no se encendían.

«Aquí», dijo Tilia.

Salieron a un viejo colector. En la pared colgaba un cartel: «Cerrado desde la Primera Auditoría. Prohibida la entrada a los vivos».

«Qué oportuno», dijo Miren.

«No empiece a encariñarse con su condición», dijo Rona.

«Demasiado tarde. Abre puertas».

«Y luego esas puertas se cerrarán tras usted con la misma facilidad».

Al final del colector había una puerta de hierro sin pomo. No tenía cerradura. Solo un campo en blanco para el nombre del testigo.

Miren apoyó la palma. Nada.

Rona apoyó la suya. Nada.

Tilia, sin preguntar, estampó el sello robado en el campo.

La puerta se abrió.

«Ya os lo dije: no consto en ninguna parte», dijo. «A veces sirve de algo».

Tras la puerta había una imprenta que no se parecía en nada al establecimiento de Kaspar. En el de Kaspar atronaban las máquinas y trabajaba gente; allí reinaba un silencio absoluto. Las paredes de la enorme sala circular se estrechaban hacia arriba como el interior de una campana. En el centro colgaba un badajo de metal negro, rodeado de máquinas con finas láminas de metal oscuro. En algunas aún podían leerse los nombres; en otras los habían pulido hasta borrarlos. Algunas láminas seguían en blanco y dolía mirarlas.

«La Imprenta de la Campana», susurró Rona.

Miren solo sabía de ella por rumores. A los hijos de los escribientes les contaban que allí se habían impreso antaño los nombres de quienes sobrevivieron a la Primera Auditoría. Si el nombre de alguien no figuraba en una lámina de metal, esa persona podía vivir un día, un año o diez más, pero los libros de registro dejaban poco a poco de reconocerla.

En la máquina del fondo había una carpeta con el apellido Ost.

Miren se acercó despacio a la carpeta. Dentro no había ningún pliego de acusación ni pruebas de que su padre hubiera vendido la ciudad, como afirmaban las copias escolares.

Había un acta del rescate de un barrio.

El padre de Miren no figuraba como delincuente, sino como redactor de un testimonio ilegal. No había falsificado un certificado de defunción ni una coartada: había inscrito a unos testigos que en realidad no estuvieron allí. Gracias a aquella inscripción, las personas a las que iban a borrar conservaron sus nombres.

Y abajo, bajo la última línea de metal, aparecía aquel mismo campo en blanco:

«Futuro testigo: ________»

Junto al campo había una anotación reciente.

No era de su padre.

Era de Róvik.

Miren la leyó en voz alta, y su propia voz le pareció ajena:

«Mantener la vacante abierta hasta el Censo de Medianoche. Si aparece el hijo, utilizarlo en sustitución del testigo ausente».

Rona soltó un taco en voz baja y con la mayor naturalidad.

«Lo estaba esperando».

«Esperaba al hijo de mi padre», dijo Miren. «A la persona cuyo nombre puede rellenar el campo en blanco».

El primer golpe de la gran campana del Senado retumbó por encima de ellos, atravesando la piedra. El gas no volvió. En cambio, las máquinas que los rodeaban empezaron a despertar. Las láminas de metal se estremecieron y en una de ellas apareció una nueva línea:

«Auditoría encubierta iniciada. Arcos Bajos: preparar para su obsolescencia».

Tilia aferró el sello robado.

«Lida está allí».

Miren cerró la carpeta de su padre.

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