Ottisknovelas originales
LA LÍNEA EN BLANCO DE LAMBERN

Capítulo 15. La canción sin la última palabra

La Casa del Duelo ya cantaba antes de que entraran.

No Senna. La propia casa. Las placas negras de la fachada temblaban por el viento, el gas subterráneo y los pasos de la Policía de Lámparas, que había rodeado la calle. En cada placa figuraba el nombre de una persona que había muerto sin familiares. Aquella noche, los nombres se fundían en un zumbido inquieto y discordante.

Otto Krei esperaba ante la puerta con un destacamento.

«La casa está cerrada por orden del ministerio».

Rona pasó de largo.

«Los inspectores suspendidos oyen mal las órdenes».

Él la agarró del brazo. La versión auditora que Miren llevaba dentro propuso al instante declarar a Otto temporalmente inexistente para abrirse paso y no perder tiempo. La solución parecía rápida e incluso justa.

Miren cerró los dedos hasta hacerse daño y no firmó nada.

Rona se soltó sin ayuda.

«No lo haga», le dijo a Miren sin siquiera volverse. «Le he visto la cara».

En la sala principal, Senna estaba sentada ante un pequeño órgano. Frente a ella yacía Perr, con el rostro apenas sujeto en su sitio, como una máscara mal pegada. Respiraba, pero cada respiración dejaba letras grises sobre la sábana.

«Han empezado por él», dijo Senna. «Es la vía más fácil para llegar hasta la vieja voz».

«¿Qué voz?»

«La que buscáis los dos».

Miren lo comprendió.

Su padre.

Rona también lo comprendió y no intentó detenerlo. Sabía lo peligroso que era para Miren oír la voz de su padre, pero le permitió tomar la decisión por sí mismo.

Senna apoyó los dedos en las teclas.

«Para cantar la Primera Auditoría, tendré que entregar el último sonido que conservo de cuando aún veía».

«¿Cuál?», preguntó Tilia.

Senna esbozó una sonrisa.

«La risa de mi hermana. De antes de quedarme ciega».

Tilia se encogió y bajó la mirada.

«No lo hagas».

«Tengo que hacerlo», dijo Senna. «De lo contrario, harán con la ciudad lo mismo que ya hicieron con nosotras: obligarán a todos a callar como a ellos les convenga».

La canción no empezó con palabras. Primero llegó el sonido del agua en las tuberías. Después, la tos de un niño, el golpe sordo de una campana y la voz del padre de Miren.

No pedía perdón.

«El testigo debe estar vivo», dijo la voz de su padre. «Si dejáis solo a quienes os convienen, la ciudad será exacta y estará muerta».

Otra voz, joven, casi infantil, respondió:

«Si los dejamos a todos, la grieta entrará en la ciudad».

Adal. Aún no era ministro, sino un niño con la ficha ilegal de su hermana en el bolsillo.

La sala cambió bajo el efecto de la canción. Ante ellos apareció la misma imprenta circular, tal como era durante la Primera Auditoría. El padre de Miren estaba junto a la campana; la madre de Rona dirigía una lámpara hacia el metal; el joven Adal apretaba contra el pecho la ficha de su hermana. La comisión exigía dejar una sola versión. Los testigos exigían preservar la verdad viva.

Y entonces el padre de Miren cometió un delito.

Inscribió a los testigos allí donde la comisión ya había dejado un campo en blanco. Falsificó el documento que debía demostrar que no había personas vivas. Sabía que algún día lo ejecutarían por ello y, aun así, firmó.

La madre de Rona desvió la lámpara para darle tiempo.

El joven Adal lo vio y también tomó una decisión.

Solo los delató después de que la grieta se cerrara, la ciudad sobreviviera y los testigos quedaran preservados al menos en una copia ilegal. Muchos años después, construyó un orden en el que solo él tenía derecho a tomar una decisión semejante.

La voz de Senna era cada vez más tenue.

Senna palidecía. Aún recordaba que en otro tiempo había oído reír a su hermana, pero el sonido mismo ya desaparecía de su memoria.

En la sábana de Perr apareció una frase:

«El padre de Miren fue un testigo al que habían recortado del protocolo».

Rona estaba furiosa, pero siguió trazando cada letra con cuidado.

Miren ya no esperaba una absolución sencilla para su padre. De niño había soñado con oír que era inocente. Ahora resultaba que había quebrantado la ley a sabiendas para salvar a personas, y aceptar aquella verdad era más difícil.

Senna pulsó la última nota.

Perr abrió los ojos.

Habló con la voz del padre de Miren:

«Hijo, firma el vacío».

Miren se quedó paralizado.

La voz era idéntica a la auténtica. Así era exactamente como Miren la recordaba de la infancia, cuando su padre le enseñaba a no fiarse del papel bonito: la misma ronquera en la última palabra, el mismo cansancio.

Rona le dio un golpe en la mano.

No muy fuerte. Lo suficiente para que parpadeara.

«No es él».

Perr sonrió con una sonrisa ajena, aunque su cara ya había recuperado su aspecto habitual.

«El testigo discrepa. El testigo está contaminado. El testigo quiere recuperar a su madre».

Rona palideció.

El Extrapágina ya hablaba del dolor de ella.

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