Ottisknovelas originales
LA LÍNEA EN BLANCO DE LAMBERN

Capítulo 16. La trampa moral

La solución parecía demasiado fácil, pero precisamente por eso Miren estuvo a punto de caer.

Bajo las letras M, I, R, E se abrió una nueva línea ante la mirada interior de Miren:

«Adal Róvik. Versión obsoleta. Fundamento: conflicto personal, ficha ilegal, repetición de la Primera Auditoría. Recomendación: borrar de la historia antes del Censo de Medianoche».

Borrar a Róvik.

No matarlo ni ejecutarlo. Limitarse a conseguir que la ciudad nunca tuviera un ministro capaz de declarar que ciertas personas suponían un peligro para todos los demás. El joven Adal seguiría siendo un niño con la ficha de su hermana y su versión posterior desaparecería. El Censo de Medianoche no se celebraría en la forma concebida por el ministro.

Una firma.

Miren veía con demasiada claridad cómo hacerlo. Tenía todo lo necesario: la canción de Senna, la ficha de la hermana, el testimonio de Rona y la campana de la Primera Auditoría. El precio sería elevado, pero estaba dispuesto a pagarlo si la ciudad seguía con vida.

Así razonaba la versión auditora. Róvik habría razonado exactamente igual en su lugar.

Miren levantó la pluma.

Rona no lo encañonó, no gritó ni dijo «no puedes». En vez de eso, abrió el cuaderno gris por la página donde aquella mañana había aparecido la frase sobre él.

«No confíes en Miren después de medianoche», leyó.

«Ahora no es medianoche».

«Y ya está buscando una salvedad que le permita aceptarlo».

El reproche era injusto, pero lo detuvo.

Miren soltó una risa breve, casi rabiosa.

«Tiene talento para elegir palabras repugnantes».

«Aprendo de la ciudad».

Perr volvió a hablar desde la mesa con la voz de su padre:

«Hijo, firma. Un hombre a cambio de todos».

«No se trata de un solo hombre», dijo Rona. «Con esa firma se apropiará del derecho a decidir quién permanece en la historia».

Miren miró a Rona; miró la mención en blanco de su madre que sostenía en la mano; miró a Senna, que ya no recordaba la risa de su hermana; a Tilia, aferrada al sello robado, y a Perr, a través de quien el Extrapágina hablaba con voces ajenas. Después bajó la mirada hacia las letras que tenía bajo la piel.

En lugar de la hoja de borrado, puso ante sí la ficha de la hermana de Róvik.

La misma que, en la sala bajo el Senado, había desaparecido por un instante bajo el cuaderno gris mientras Róvik les enseñaba el mapa de la grieta. Ante la Casa del Duelo, Rona se la había metido a Miren en la mano y solo había dicho: «No me pregunte si estoy orgullosa de mí misma».

Ahora la ficha descansaba sobre la tapa del órgano.

«¿Qué está haciendo?», preguntó Senna.

«No estoy borrando a nadie».

Miren cogió la pluma. La versión auditora que llevaba dentro dio una sacudida e intentó hacerle volver a su decisión anterior.

Escribió:

«Hermana de Adal Róvik. No restituida. Pero queda atestiguada como alguien a quien perdió un hombre que la recordaba de forma ilegal».

Aquella inscripción no devolvía a la niña, no anulaba la Auditoría ni exculpaba a Róvik. Pero ahora otras personas daban testimonio de la memoria de su hermana. El ministro ya no podía invocarla como un secreto que solo él conocía y que le otorgaba el derecho a decidir por toda la ciudad.

Rona añadió al lado una marca extraoficial del cuaderno gris.

Senna, casi sin voz, dijo:

«Doy testimonio de la pérdida».

Tilia estampó el sello robado en una esquina de la ficha.

La campana bajo la ciudad respondió.

La ficha tembló y se internó en un tubo del correo muerto, como si la devolvieran a su dueño. Pero la inscripción ya estaba hecha. Róvik podía volver a sostener la ficha entre las manos, pero la historia de su hermana ya no le pertenecía solo a él.

En algún lugar bajo el Senado, en la sala del mapa de cristal, Adal Róvik dejó de ser el único guardián de la memoria de su hermana. Seguía siendo ministro, pero ahora su mentira personal formaba parte de un asunto común.

Perr dejó de sonreír. El Extrapágina siseó en su garganta con voz de periódico:

«Enmienda incorrecta. Enmienda incorrecta. Los testigos están contaminados».

Miren se inclinó hacia él.

«Pero están vivos».

El rostro de Perr volvió por completo durante un instante: un chiquillo asustado, hambriento, extenuado, vivo. Susurró:

«Quiero volver a casa».

«Lo anotaremos», dijo Rona.

Aún no sabían cómo salvarlos a todos y cerrar la grieta. Pero podían ir dejando constancia del nombre y el testimonio de cada persona viva, para que Róvik y la ciudad no pudieran borrarla sin que nadie se diera cuenta.

A la entrada de la Casa del Duelo, las lámparas policiales volvieron a encenderse. Pero la luz no era azul.

Era gris.

En cada lámpara apareció la misma fórmula:

«Censo de Medianoche confirmado. Plazo: cuatro días».

Rona cerró el cuaderno.

«Sabe lo que hemos hecho».

Miren miró la ficha de la hermana de Róvik. Ya había una nueva inscripción en ella.

«Sí», dijo. «Y ahora sabe que podemos volver a hacerlo».

Abrir en el lector