El plan se componía de multitud de infracciones menores. Por cualquiera de ellas habrían despedido a un buen funcionario, encarcelado a uno malo y, si Miren aún constara como suficientemente vivo, lo habrían ejecutado por segunda vez, por respeto al procedimiento.
Tilia llevó el sello robado de la Oficina de la Última Inscripción. Y no solo uno. Durante los últimos días había robado otros tres porque, según ella, «si la ciudad roba personas, las personas también pueden robarle un poco a la ciudad».
Brunn Kal envió desde el depósito una lista de muertos que habían sobrevivido a la Primera Auditoría y, años después, habían muerto de muerte natural sin perder sus nombres. Adjuntó una nota: «No confundir con mis honrados difuntos».
Senna llegó sin voz. Escribía con tiza sobre una pizarra negra. Su primera frase fue: «No puedo cantar. Puedo escuchar». Resultó suficiente.
Kaspar Lom fue el último en presentarse. Parecía no haber dormido desde aquella noche en la imprenta y sufrir un arrepentimiento tardío.
Traía una lámina metálica.
«La que faltaba», dijo Kaspar. «De la imprenta de la campana. Imprimí las copias para el Senado, pero no incluí una en la lista.»
Rona cogió la lámina y la luz gris de las lámparas perdió intensidad al instante.
En el metal estaba grabado su nombre.
No como testigo.
Como primera víctima del Censo de Medianoche.
«¿Por qué yo?», preguntó.
Kaspar no levantó la vista.
«Porque recuerda lo que ellos no quieren que recuerde. Y porque el funcionario muerto la escucha cuando no se escucha a sí mismo.»
La voz del archivo dijo desde la garganta de Miren:
«La eliminación de Rona Veir aumentará la estabilidad del objeto.»
Tilia levantó el sello para golpearlo.
«Ahora mismo voy a aumentar yo la estabilidad de su garganta.»
Rona alzó una mano para detenerla.
No miraba a Miren, sino a su boca, a la espera de que el archivo volviera a hablar.
«Si soy la primera, significa que me necesitan», dijo.
«Usted ya es necesaria», respondió Miren con su propia voz. Había conseguido hablar durante una inspiración breve, antes de que el archivo volviera a apoderarse de su garganta.
Los dos se azoraron y no siguieron hablando.
Lida llegó con Mal y los cuarenta y siete trabajadores. No todos podían acudir, pero cada uno había enviado algo que demostraba un vínculo vivo: un botón, una ficha de deuda, un zapato de niño, la esquina arrancada de un certificado, un mechón de pelo, la llave de una habitación que la casa de deudas ya había alquilado a otra persona.
«Esto no constituye una prueba ante un tribunal», dijo Kaspar.
«Mejor», respondió Lida. «Hasta ahora, los tribunales no nos han ayudado.»
Todas las pequeñas falsificaciones, las formas de eludir las reglas, los sellos ilegales y las líneas salvadas funcionaban únicamente porque detrás había testigos vivos. Por separado, aquellas pruebas eran débiles, pero juntas formaban una cadena: una persona veía a otra, la recordaba y confirmaba su vínculo con ella.
Empezaron a redactar un protocolo alternativo de la ciudad: no una sola hoja ni una sola orden, sino toda una cadena de testimonios.
Rona anotaba los hechos. Tilia estampaba los sellos. Kaspar escogía el metal. Senna escuchaba en qué puntos del texto aparecía un sonido hueco. Brunn enviaba por el tubo los nombres de los muertos a quienes no podían utilizar como una mentira conveniente. Lida reunía los testimonios de los vivos como antes componía líneas con tipos de imprenta.
Después de aquello, hasta quienes estaban acostumbrados a ver únicamente cifras en los informes empezaron a distinguir a cuarenta y siete personas diferentes detrás del número.
El anciano cajista llevó la mitad de un tipo de plomo. Había entregado la otra mitad a su esposa la noche de la Primera Auditoría, para que ella pudiera demostrar que se lo habían llevado contra su voluntad. Hacía mucho que su esposa ya no estaba, pero ambas mitades encajaban por la fractura y confirmaban el vínculo entre dos cónyuges que el Senado nunca había registrado.
La mujer de la ficha de deuda roja llevó un botón infantil. Su hija había muerto siendo un bebé y la casa de deudas se había apresurado a declarar a la niña «gasto incompleto». La mujer no pedía que le devolvieran a su hija. Quería que nunca volvieran a dar de baja a un niño por su edad.
El muchacho con la quemadura en la mejilla llevó la llave de una habitación que ya habían realquilado tres veces. Según los documentos, no vivía allí, pero las marcas de la estatura de su hermano pequeño talladas en la pared demostraban lo contrario.
Ante un tribunal, aquellos objetos no demostraban nada. Pero cada uno vinculaba a una persona viva con otra persona, un lugar o un acontecimiento, de modo que el protocolo resultaba cada vez más convincente.
Kaspar contempló durante largo rato aquel montón de menudencias, y su expresión cambiaba con cada objeto.
«Los imprimí como ausencias», dijo.
Lida respondió sin enfado:
«Ahora imprímalos como presencia.»
Cogió la primera hoja y, por primera vez en muchos años, no alineó el borde con la regla. La dejó torcida para que se viera que había pasado por manos humanas.
Miren vigilaba que el archivo no rellenara los apartados que habían dejado vacíos para los testigos.
Al amanecer, el protocolo estaba listo.
En la última lámina quedaba sitio para un nombre. Miren ya sabía cuál iba a escribir.
Pero, antes de que pudiera decirlo en voz alta, todas las lámparas grises se apagaron a la vez.
Róvik surgió de la oscuridad.
«No he venido a estorbar», dijo.
Llevaba en la mano la ficha de su hermana, de la que ellos habían dado testimonio sin él.
«He venido a proponer un trato honrado.»
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