Mubai observó el regreso de Xinghe desde el balcón de la casa vecina. Su exmujer había entrado en la villa como una pariente indigente a la que pretendían echar a la calle y había salido convertida en la dueña. El cambio lo intrigaba más de lo que quería admitir.
Más tarde la alcanzó en coche y le comunicó que pronto sería el cumpleaños de Xi Lin.
«Puedes venir».
Durante tres años, no se había atrevido a ver a su hijo. No quería que la recordase como la mujer enferma e indefensa en la que se había convertido tras el divorcio. Ahora volvía a tener una casa, sus recuerdos y dinero propio.
«Iré».
Xinghe trasladó a Chengwu y a Xia Zhi a la villa, compró un portátil nuevo a su hermano y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que su familia deshiciera el equipaje con la certeza de que no tendrían que marcharse a los pocos días.
En el foro privado ya la esperaba una nueva sorpresa: la corporación Xi buscaba a 001. Mubai le proponía colaborar. Xinghe lo rechazó con la misma cortesía con la que poco antes le había devuelto el cheque. La familia Xi ya ocupaba demasiado espacio en su vida; no pensaba dejar entrar también a la corporación.
Al día siguiente, dos hombres propinaron una paliza a Xia Zhi en un punto ciego de las cámaras. Creían que, sin grabación, tampoco habría pistas. Xinghe reconstruyó su recorrido mediante las cámaras cercanas y reconoció a los guardaespaldas de Cui Ming, el marido de su hermanastra Wushuang.
Eligió una respuesta acorde con su profesión.
El programa de protección de la empresa de Cui Ming se llamaba King Kong Internet Security. Xinghe lanzó un virus inofensivo que solo atacaba ese programa. No robaba datos ni destruía archivos: se limitaba a hacer que el ordenador se colgara con frecuencia. Los usuarios no tardaron en descubrir un remedio infalible: desinstalar el programa.
La empresa perdía clientes y un importante contrato con la corporación Xi. La recompensa por eliminar el virus ascendió a diez millones de yuanes.
Entonces 001 respondió a la oferta.
Xinghe eliminó su propio virus, tuvo la amabilidad de enumerar varias vulnerabilidades y cobró diez millones. Cui Ming, agradecido, añadió otro millón con la esperanza de seguir colaborando. Xinghe no había querido aceptar dinero de su exmarido. Aceptarlo del hombre que había ordenado apalear a su hermano resultó mucho más fácil.
Compró un coche rojo y se preparó para reencontrarse con su hijo. Entretanto, Tianxin preparaba la humillación pública de la pobre exmujer de Mubai. Ambas estaban satisfechas con su plan. La única diferencia era que el de Xinghe funcionaba.
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